– ¿Extrañas tu casa?
– No, porque pude sacar a mi perrita ‘Milu’ por el río y no la soltaba – fue la respuesta inocente de Liz, de 8 años, a pesar de la situación vivida y sobre la que no entiende mucho. Hoy, se siente feliz por estar con la mascota que el papá le regaló de cumpleaños.
Joaquín Eduardo González, funcionario, habla sobre los momentos compartidos en la frontera por 360 deportados ubicados en el colegio Inem. A diario recorre el albergue para brindarles a los afectados un lugar para refugiarse mientras se soluciona el problema ocasionado por la expulsión de colombianos ordenada por el presidente venezolano Nicolás Maduro. Les entrega las ayudas que el Gobierno ha prometido para mejorarles el bienestar.
En el albergue hay niños de brazos, adultos y hombres y mujeres de la tercera edad expuestos a cualquier tipo de enfermedad. El agua no es potable, las condiciones sanitarias no son las adecuadas y los dormitorios no son los que quisieran. Deben adaptarse a convivir en condiciones difíciles.
La Cruz Roja ha estado al pendiente de la comunidad afectada, las jornadas de vacunación se efectuaron para evitar brotes o un virus que puedan expandirse. Para tener comunicación con los familiares en otra región del país, o que permanecen al otro lado de la frontera, una empresa de telefonía ha prestado el servicio y ha permitido el acercamiento con los seres queridos.
Joaquín organizó un minicampeonato de fútbol para mantenerlos entretenidos. “Si no los pongo a hacer algo, se vuelven locos”. A niños y padres los incentiva a practicar deporte, a ayudar a organizar el lugar y a limpiar. Mientras juegan comparten en conjunto risas, caídas y talento.00
Los pequeños demuestran la inocencia entre risas y juegos, porque no entienden lo que de verdad sucede, creen que es momentáneo y que en cualquier momento volverán al hogar. Los adultos, en cambio, muestran nostalgia e incertidumbre al saber que el hogar cambio ciento por ciento. Pasaron de dormir en un cuarto y en una cama, a descansar bajo una carpa, sin ventilación y junto a extrañas.
Son 180 carpas para más de 360 colombianos que por miedo huyeron de San Antonio del Táchira para refugiarse en su país. Aquí, esperan que el Gobierno pueda darles una nueva vivienda, un nuevo futuro y un nuevo trabajo para seguir la vida como la tenían en territorio venezolano.
Por la mente de Liz, al despertar cada mañana, pasan la tierra, el polvo, los pocos juguetes que pudo traer, la amiga y la mascota Milu. Al empezar otro día vuelve a la rutina de reunirse con los amiguitos que conoció en el albergue. Esperan el comienzo de las clases didácticas que les ofrecen jóvenes de una caja de compensación. Después, a divertirse. Los mayores tienen preocupaciones, entre las que destaca la búsqueda de la nueva vivienda en Cúcuta o donde sea.
LINA CONTRERAS y FRANKLYN GUTIÉRREZ
Estudiantes de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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