Han trascurrido otros 365 días desde cuando nos reunidos alrededor del altar y prometimos no volver a faltarle a Dios, como Padre universal, y a Jesucristo como redentor. En aquel momento tomamos el compromiso de la fidelidad y rechazamos cualquier atisbo de engaño. Las palabras y los pensamientos fueron nuestros, dichos con plena libertad de conciencia y seguros de que los cumpliríamos, porque no queríamos ver sufrir más al Hijo del Hombre por nuestras culpas. Pero no fue así.
Hoy, volvemos cargados de resentimientos, porque no se han cumplido nuestros deseos; de engaños, porque volvimos a pecar a sabiendas del mal que nos hacemos; de sufrimientos, porque lo material pesa más que lo espiritual, y de pereza en el corazón, porque no hemos sabido perdonar a quienes nos han ofendido. Nuestro mundo interior, al igual que el que prometimos abandonar hace un año, es oscuro y creemos que todo está consumado.
La desesperanza aflora en nuestros días y las ganas de vivir en paz se alejan con cada minuto vivido. No miramos a nuestro alrededor para deleitarnos con esas imágenes coloridas que representan la presencia de Dios en nuestra vida, ni nos percatamos de esos rayos de luz que nos alumbran a cada instante. Vemos solo las ruinas provocadas por nuestro comportamiento y solo observamos la destrucción que hemos dejado a nuestro paso. La falta de fe nos lleva a pensar que todo está acabado.
A los amigos, esos hombres y mujeres que crecieron a nuestro lado y que nos animaron a luchar por la vida, los vemos distantes y los apartamos para darles paso a otras diversiones, a otros dadores de malsana alegría. Los diálogos constructivos alrededor de Dios no forman parte del diario vivir. Las conversaciones saludables para el alma han sido remplazadas por otras fuentes de inspiración modernas, cibernéticas y proporcionadas por las redes sociales. Esto ocurre en nuestra vida porque estamos seguros de todo está cumplido.
Olvidamos que somos hechos a imagen y semejanza del Creador. Maltratamos el templo que se nos ha dado para cuidar y lo llenamos de grafitis, de mensajes, de dibujos, de mamarrachos. A la belleza física, a esa que se acaba con el trascurrir inexorable de los años, le rendimos el culto que sea necesario, porque la apariencia exterior es la que vale para mostrar en cualquier espacio público o en la soledad de lo privado. Luego, con desdén expresamos que todo está acabado.
Los seres humanos somos dados a culpar a Dios de nuestras desdichas. Basta con recordar el último de los favores pedidos para afirmar en positivo que Dios no nos quiere, que no nos escucha, que nos tiene abandonados. En ningún momento nos detenemos a pensar en que tenemos más de lo que necesitamos para vivir, en que a lo largo de la vida se nos ha dado lo suficiente para estar alegres, en que se nos han proporcionado bienes materiales para pertenecer a la sociedad y en que la felicidad no solo está cifrada en pesos.
El sacrificio de Jesús en la cruz tiene otro significado y un mensaje diferente. Para el que cree, los días no son pesados, lentos ni largos. Las horas en el hogar, mientras se comparte en la familia, trascurren tranquilas; en la calle, cuando caminamos o vamos en el carro, los minutos se llenan de felicidad; en la empresa el reloj va rápido y el tiempo nos apura para cumplir con nuestro trabajo. Reconocemos la dicha que nos proporciona Dios al darnos la vida en familia, disfrutamos del sosiego que siempre acude a la cita cotidiana, porque estamos afanados por conseguir la bendición de Dios. Así creemos que no todo está terminado, que falta mucho por hacer.
Jesús no se sintió derrotado al morir crucificado y su grito antes de entregar el espíritu al Padre no fue de vencido por la muerte, sino de triunfo porque regresaba a su reino para gobernar desde allí y por siempre. Entonces, para que no trascurran otros 365 días en medio de ese olvido hacia Dios y de ese rechazo por lo divino, interroguemos a nuestro corazón y preguntémosle sin temor ¿qué es lo que está consumado? ¿Qué ha acabado con nuestra vida? ¿Qué hemos hecho para no dejar que todo se consuma sin darnos otra oportunidad? Dios nos entregó a Jesucristo para que nos rescatara del pecado. ¿Yo qué le he entregado a Dios en compensación por el sacrificio en la cruz?
La Diócesis nos traza un plan de salvación y nos llena de mensajes cada mes en busca de nuestra conversión. La parroquia nos ofrece grupos eclesiales para acercarnos a Dios. La Iglesia nos invita a la oración constante y a estar vigilantes para cuando Cristo venga. Oportunidades sí se nos han ofrecido para no pensar que todo está acabado. Reflexionemos de nuevo. ¿Dónde empezó a consumarse nuestra vida?
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: blog.richmond.edu
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