Hace algunos años cuando decidí venir a vivir a la capital del país para iniciar mis estudios universitarios y buscar más y mejores oportunidades, nunca me imaginé que el sentimiento de querer estar en Cúcuta durante las festividades decembrinas sería tan fuerte, y es que bien dicen por ahí “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.
Para nosotros, los cucuteños de corazón, esta época está enmarcada por las animadas Novenas de Aguinaldos en donde en compañía de familiares y amigos no sólo se ora, sino que se celebra y comparte tener la fortuna de gozar de buena salud y haber sido bendecido durante el año que está a punto de culminar. No puede faltar el acostumbrado recorrido por los parques públicos de la ciudad, así como por los tradicionales barrios en donde sus habitantes no escatiman en gastos y esfuerzos por mostrar su creatividad e iluminar hasta el último rincón. La pólvora, por su parte, aunque debo decir que no es de mi agrado, abunda al igual que la competencia en la elaboración del mejor “año viejo” y la cuadra con la música más fuerte. Qué decir de las delicias culinarias propias de la región: hayacas, buñuelos con dulce de higo, pan navideño, natilla.
Acá, todo es diferente. El “dulce Jesús mío, mi niño adorado” se canta con otro ritmo; la decoración es más sobria, pero de igual manera vistosa y elegante; la pólvora por fortuna está prohibida; las hayacas son tamales y tienen arroz y zanahoria; el pan navideño es un ponqué dulce con frutas cristalizadas y aunque el clima se torna frío y lluvioso la celebración no se detiene. Normalmente, las dos primeras semanas de diciembre son de mucho movimiento, destaca la afluencia de compradores que en masa se dirigen a los centros comerciales y a las calles con el afán de ir tachando regalos de su lista. Con posterioridad la ciudad empieza a quedar deshabitada, pues hay quienes prefieren ir a sus ciudades de origen a compartir en familia o quizá cambiar de ambiente aprovechando las vacaciones.
En las empresas es típico organizar novenas-desayuno o novenas-onces para compartir y despejarse un poco. Las familias también se reúnen para orar unidos y entre grupos de amigos no puede faltar la llamada novena bailable.
La amabilidad de los capitalinos y la hospitalidad en cada lugar al que asisto han logrado hacerme sentir como en casa pues estar lejos no es fácil. La alegría de la gente y su compromiso con las festividades, así como su espíritu navideño, son realmente arrasadores. En definitiva, esta es una época para compartir en paz y armonía y es precisamente eso lo que he vivido durante este mes.
Bogotá y su lindo ambiente navideño me han cautivado. Sin embargo, debo reconocer que el amor por la tierra que me vio crecer sigue intacto a pesar de mi ausencia prolongada y la distancia que nos separa. Es por esto y mucho más que en esta Navidad no dudaré en visitar a mi familia en la frontera para compartir con ellos la alegría propia de esta linda fecha y, claro está, los deliciosos platos que tanto extraño y añoro, pues el buen hijo siempre vuelve a casa.
De corazón les deseo a todos felices fiestas y mis mejores deseos.
LILIANA PABÓN DUARTE
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