El origen de todos los conflictos es la deshonestidad. El hombre, a lo largo de la historia, ha manifestado sus divergencias encubriendo la verdad. Una verdad que debería estar presente en nuestros actos para evitar la descomposición moral de la sociedad.
Una mente honesta conduce a la edificación del ser humano correcto, pilar de nuestra especie. Lo contrario a esto es lo que irremediablemente conduce al caos, no sólo familiar, sino también laboral y gubernamental. La presencia de seres con mente deshonesta es la que crea confusión, desorden, y lleva a numerosos conflictos.
Colombia, duele reconocerlo, está lleno de muchas de estas mentes cuando desde la primera infancia se le inculca al niño que la supervivencia está al acudir a la “viveza” y al ser “más listos que los otros” sin importar ultrajar.
Al llegar a la adultez, los que se inclinan por la política, ven la oportunidad de aplicar este condicionamiento. La corrupción se manifiesta en el robo de los recursos estatales en detrimento de la mayoría de nacionales con el panorama triste de falta de oportunidades, malos servicios de salud, educación y vías.
Si esta cultura de querer estar por encima de otros a toda costa fuera desvaneciéndose conformaríamos otra nación. Una nación donde los ciudadanos con una conciencia honesta llevarían a la estructura del país humano y por qué no, paradisíaco.
La honestidad, pilar de toda relación, se expresa cuando aún a costa de citar la verdad, perdemos. La verdad en nuestras relaciones familiares y laborales debe ser una constante. El ocultamiento de ciertas acciones, que nuestra conciencia reconoce como erradas, llena de inquietud y zozobra. Permanecer en este estado conduce al debilitamiento físico y mental. Lo anterior, cuando quedan rezagos de una conciencia. Si esta se ha perdido, las verdades de la razón, o sea aquellas que dependen del significado que otorgamos a los conceptos, es la predominante hacia la negación de la moral.
El filósofo Friedrich Nietzsche, en uno de sus escritos, analizó las actitudes morales y estableció, según su época, dos clases de hombres: los señores y los siervos. Los primeros, despreciaban lo débil, la cobardía, el temor y la compasión. Apreciaban lo superior, fuerte y dominante. Los segundos, eran oprimidos y débiles, conservaban la humildad y la sencillez. Esta apreciación se aplica en nuestra sociedad, sin la connotación de “señores y siervos”, sino de “políticos y asalariados”.
Cuando el hombre entienda que la esencia de la vida son la verdad y la honestidad, el planeta vivirá en paz. Una paz que deseamos para todos y que ojalá sea compromiso para este 2013.
ISBELIA GAMBOA FAJARDO
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