CÚCUTA.- Más de 14 puntos cucuteños resultaron afectados por las lluvias del 3 y 4 de mayo. Los barrios con mayores problemas son Sabana Verde, San Rafael, Torcoroma y San Luis.
Los habitantes de esos sectores vivieron momentos de pánico, no duermen, los niños se enferman, las casas se derrumban, las familias se separan, las escenas dantescas aparecen con el nacer del nuevo día, las noches son de película de terror y las experiencias desgarradoras se graban en la mente.
En los ojos y en la piel quedan las marcas de ser damnificado. Ahí quedó la huella de cuando Luis Gamboa engrosó la lista de perjudicados por el invierno en Cúcuta.
A las 7:30 de la noche, Luis afanaba a la esposa y a los dos hijos, de 10 y 5 años, para que salieran de la casa. Esa noche irían a visitar a la abuela. Cuando se asomaron a la puerta e intentaron abrirla el agua, el lodo y las piedras estaban tocándola.
“En segundos se inundó la casa”, dijo Margarita Rojas, con acento ocañero marcado. El brillo en los ojos verdes no es de alegría sino de sufrimiento. La tristeza se apoderó de esta mujer y el llanto brotó como la lluvia de la noche del sábado.
Esas horas las pasó en busca de refugio para los niños. Los enseres se perdieron entre el barro. Las aspas del ventilador revolvían el agua como una licuadora; la licuadora se hundió como si fuera la piedra de macerar los ajos, y la piedra de macerar los ajos se convirtió en la tranca que no dejó cerrar la puerta.
Todo estaba al revés. La sala se veía patas arriba, la ropa del closet goteaba agua marrón, el viejo reloj de pared que Margarita heredó de la abuela estaba enterrado en el lodo, el sanitario y el lavamanos se partieron. ‘Lucas, el perro, tampoco aguanto el agua que lo alcanzó en el dormitorio, lo mandó contra la pared y cuando salió a flote, no volvió a ladrar.
Sharon y Kevin
Kevin, de 10 años, no ha podido dormir. La noche del sábado, sintió la fuerza de la naturaleza. No ha querido dormir, quizá, por miedo, aunque dice no tenerlo.
Luis y Margarita intentan rescatar algo de lo que la lluvia no daño. Kevin libra una lucha para sacar del lodo el carro blanco de policía que le trajo el Niño Dios la última Navidad. La sirena sobresale de entre el barro que lo cubre. Se ayuda con una cuchara metálica que llegó hasta un rincón de la sala.
El jueves, fue la última vez que usó el juguete. Kevin no habrá soñado con ser bombero, módico o alguna otra profesión. Sin serlo, les salvo la vida a cinco policías que estaban la noche del sábado dentro de la patrulla que cubrió el barro.
Tampoco sabe qué es la zootecnia o la veterinaria. Pero también salvó un perro, un cocodrilo, una serpiente, tres cochinitos y un simio. Se los arrebato al barro que asaltó la caja de juguetes.
Tiene a los rescatados a salvo y llenos de tierra. Solo le falta sacar la patrulla para llevarlos a la sección de lavado. En otro bloque cubierto por el barro, están una cartilla de colorear que no estreno, le daría vida el domingo después del almuerzo para aniquilar el fin de semana y volver el lunes al jardín. Cada domingo lo hace.
Debajo de la cartilla están los colores, más enterrados que la patrulla de policía. Ha recuperado sus tesoros uno a uno, con el mismo esfuerzo que algún día sus papás los compraron.
A Sharon parece no importarle las muñecas, los cintos para los cabellos, ni los zapatos que flotan en el cuarto. La prioridad es ‘Lucas’. Sharon sí durmió. Se levantó a las 8:00, buscó las sandalias de entrecasa y no las encontró. No había dormido en su cama, estaba donde la abuela, cuadras arriba. Bajo a prisa a la casa de los padres y desde entonces solo espera que ‘Lucas’, recostado contra la puerta que deja ver el patio trasero de la casa, se levante para que jueguen a llevar y traer cualquiera de los animales que rescató Kevin del barro.
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