– Mis amigos de universidad ahora con doctores, mientras yo limpio mierda –
La frase está llena de resentimiento social. Una sonrisa apareció para disimular la frustración y la rabia que produce esta realidad. Las gafas blancas alcanzan a esconder la expresión triste de los ojos. Las palabras no se entrecortan; al contrario, brotan con facilidad.
Roberto nació en Guacas (Santander). Por las historias vividas debe tener 40 años. En la secuencia del relato aparece una mujer, que lo cambia por un hombre de menos edad. No hay hijos, los padres se esfuman en el recuerdo y la familia desaparece sin rastro.
La soledad es la compañera que le queda luego de declararse alcohólico, de haber pasado unos días tirado en cualquier parque cucuteño a la espera de nada y sin alicientes para continuar vivo. ‘La Tomatera’ lo tuvo como inquilino y varios indigentes lo acogieron como amigo. Por lo menos mientras explotaban la novatada.
Una mano que creyó compañera lo engañó, lo arrastró a la mendicidad y lo dejó solo porque no tenía alma de pordiosero. El tiempo le dio otra oportunidad y encontró refugio en una fundación para seres humanos con problemas por consumo de alcohol. A esa ayuda la llama Dios.
La historia no es tan larga en años como en vivencias. El recorrido comenzó cuando recién cumplió 18 años y se graduó bachiller en el pueblo natal. La madre lo indujo al trabajo y la única opción laboral que halló fue enrolarse a la Policía, en Bogotá.
El título alcanzado en el colegio le sirvió para ser asignado al cuidado de las delegaciones diplomáticas que tienen sede en la capital del país. En las embajadas pasó los meses necesarios para conocer otro mundo y adentrarse en las bebidas alcohólicas.
– Tomaba de todo.
No le hacía el quite a la cerveza, al aguardiente, al ron o a las marcas extranjeras. Cualquiera era buena para sentirse mejor. A pesar de esas comodidades y de esos momentos lujuriosos el destino le tenía preparada la sorpresa para la que no estaba preparado.
Una embarrada de los compañeros en casa de los extranjeros lo sacó de la unidad a la que estaba asignado. El giro fue mayúsculo cuando lo enviaron a Norte de Santander. Aquí, lo mandaron al monte, a cuidar la soledad de sus compañeros y a imponer autoridad donde no era necesaria.
La bebida era su aliada. En las noches de guardia una botella de aguardiente permanecía a su lado hasta desocuparla. La madrugaba llegaba con otro afán y mayores ansias de consumir licor. El día servía para descansar y planear la próxima borrachera. Así trascurrió el tiempo. Sin novedad en el frente.
La guerrilla merodeaba el caserío y planeaba atacar la sede policial. En el trabajo de inteligencia que hicieron los subversivos para decir la fecha de la toma, encontraron que el pueblo tenía buenos afectos por los agentes. Especialmente, por ‘El Loco’. Ese policía era cordial, amigable y hablador. No merecía un susto de ese tamaño.
– La tienda quedaba al frente del puesto. Uno iba y al primero que veía lo saludaba con una cerveza.
Llegar al negocio no costaba mayor esfuerzo. Solo había que pasar la calle y en segundos estaba en la puerta de ingreso. El problema era salir del sitio. Una botella seguía a la otra hasta perder el juicio. A nadie le importaban el uniforme verde y el fusil. Todos eran amigos y vivían en condiciones idénticas.
Roberto, cuando le daban los arrebatos, agarraba un caballo y recorría los caminos rurales sin atender las sugerencias de colegas o habitantes del pueblo. Prendía un cigarrillo y en la mano llevaba la infaltable botella. Siempre regresó bien, aunque en ocasiones era tal la borrachera que tenían que bajarlo de la montura y llevarlo a dormir.
Al día siguiente no había vergüenza, solo el relato de lo vivido que se matizaba con risas y reconocimientos por la aventura. La rutina seguía en la tienda. De esos momentos recordó uno especial.
– Estábamos bebiendo y llegaron unos muchachos desconocidos. Los invitamos a cerveza y se quedaron todo el día. En la noche se fueron sin decir nada. No supimos quiénes era. Al otro día me dijeron, uno de esos hombres con los que estaba anoche era ‘Rubén Zamora’ (comandante en ese entonces del frente 33 de las Farc).
Los superiores nunca conocieron de esa anécdota. Ahora, la recordó en el fragor de la nueva amistad, porque siempre fue así, dicharachero, hablador, amigable y sin cortapisas para decir lo que se le antoja.
Roberto tomó la pala para regresar al trabajo. Forma parte de la cuadrilla de obreros que por estos días limpia el canal del barrio La Cabrera. Sonrió. El brillo de los ojos volvió a vérsele por entre las gafas blancas. Extendió la mano para despedirse.
– Gracias por escucharme – dijo y se fue. Caminó rápido en busca de los compañeros de fundación, unos alcohólicos y otros drogadictos. Iba contento porque repitió la historia de su vida.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo



Tremenda pagina. Estoy contento de haber la encontrado. Es bueno leer algo interesante