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REPORTAJE. La dimensión artística de la muerte

 

CÚCUTA.- ¿Qué pasaría si al leer esto suena el teléfono celular o fijo para informarle que un ser querido ha fallecido? ¿Cómo reaccionaría si de un día para otro una enfermedad terminal le quita la esperanza de vivir? ¿Qué se le viene a la mente cuando en los noticieros informan a diario a cerca de muertes violentas, suicidios y tragedias? ¿Cuál es su reacción al ver tanto amarillismo en los medios de comunicación porque la muerte es un negocio?

La muerte hace parte de la existencia humana y puede ser natural como la vejez o la enfermedad o inducida por medios violentos como el homicidio. Detrás de este proceso se encuentran hombres y mujeres que trabajan para que el dolor se convierta en casi un rito religioso o cultural y dejan ver, por última vez, al ser querido lo menos triste posible. Pero es el miedo generado en el inconsciente humano el que hace que no se esté preparado para escuchar esa palabra o incluso imaginarse en ese estado.

Existe diversidad de  oficios desconocidos por la sociedad, en los que los especialistas deciden emprender, en medio de la vida, un encuentro diario con la muerte. Todos los días, alguien quiere sentir y oler la muerte. Es un trabajo en el que puede verse cómo los orgullosos no cargan con las riquezas ni los pobres se sienten inferiores.

En medio de los estigmas sociales, la imagen trasciende y es por eso que los tanatopractores, profesionales o técnicos, ejercen como oficio la limpieza, preservación, embalsamiento, restauración, reconstrucción y cuidado estético del difunto.

Para este proceso es necesario conocer la diferencia entre la tanatopraxia y la tanatoestética, que aunque tienen el fin de reducir el impacto emocional de los familiares para dejar el cuerpo con un mejor aspecto posible, tienen funciones y técnicas distintas.

Cuando un ser humano muere de manera natural, llegan de clínicas, hospitales o la casa. La funeraria lo recoge, se diligencian los papeles pertinentes y comienza la labor. El cuerpo está en la camilla, los trajes son idénticos a los que utilizan los médicos. Son usados por seguridad por los tanatoprácticos, con el respectivo tapabocas. El ejercicio comienza con la arteria femoral, en la que se inyecta formol (compuesto químico cuya función es hacer que el cuerpo se endurezca y pueda perdurar de dos a tres días). Mientras por la vena se desangra, seguido se abre un orificio entre el esternón y el estómago para extraer sangre, agua y formol.

Las víctimas de la violencia son recogidas por la Fiscalía o la Sijin  (Seccional de Investigación Criminal). Se termina el procedimiento en la Unidad de Reacción Inmediata (URI), donde se hace la documentación. A partir de ese momento, la funeraria tiene la función de retirar el cuerpo y empezar la preparación.

Los casos más violentos son accidentes de tránsito, cuando tienen baleada la cara o les aplastan la cabeza con una piedra, hasta aquellos que por una herida de machete debemos reconstruirles el rostro. Algunos   cuerpos llegan en estado de descomposición y necesitan un procedimiento distinto. El uso de cidronela y alcanfor es esencial para que el olor no se propague. Con una bolsa de polietileno se sella el cuerpo para que pueda ser velado.

El tanopractor  abre el cuerpo, inyecta el químico, abre la cabeza para sacar parte del cráneo,  extrae el cerebro y el cerebelo,  se endurece el rostro por la vena aorta  y  se abre el cuerpo para picar los órganos internos. A este proceso se le suma formol, una capa de aserrín y una capa de algodón para preservar el cadáver. Por la parte  inferior del cuerpo se extraen los líquidos sobrantes.

Los casos son complejos de entender y explicar, pero hacen parte de la cotidianidad de este trabajo. Es entonces cuando no se puede confundir tanatopráctico con el tanatólogo. Este último es un especialista que ayuda a la persona que sufrió la pérdida, con un proceso de duelo, para que pueda volver a conseguir la paz y la tranquilidad. Dos trabajos, uno que prepara el adiós y otro que ayuda a aceptarlo.

La última imagen que se deja es esencial, por eso existe la tanatoestética que son los ejercicios que se efectúan para maquillar a los muertos. El último recuerdo que queda en la mente debe ser lo mejor posible. El tanopractor tiene una labor de higiene y limpieza, de estética y de belleza. Cabe preguntar ¿le gustaría que lo maquillaran cuando muera?

Un tanopractor definió la tanatoéstetica como “la reconstrucción facial y la última visión que se le da al fallecido en su lugar de velación, para que se deje la palabra muerto a un lado y usted lo vea desde otro aspecto, para que sea una restauración al fallecido, para que al familiar se le quite la psicosis y quede una impresión diferente”.

El químico que se le inyecta al cadáver  está revuelto con 500 mililitros de formol y dos galones de agua con un polvillo rojo que absorben los poros y se empieza a ver sonrosado. Si hay impactos de bala en la cara o en la parte del cráneo se deben reconstruir y rellenar los orificios con masilla y así dejar el cadáver con buen aspecto.

Los bebés, por lo general, no se maquillan, porque la piel es tersa. Los niños no han perdido el brillo. En los mayores, la cara puede quedar limpia de arrugas, todo depende de lo que el cliente prefiera. En algunas ocasiones, cuando son muy delgadas, se rellena y se cambia la forma para que no se vean demacrados.

El procedimiento se trasforma en un culto en el que el tanatopráctico dialoga con el finado, pide permiso al alma antes de iniciar. En el caso de los niños les cantan. Gustavo Ramírez (*) tanatopractor dijo que “preservo como si fuera un rito. Es como  si quisiera hablarles, porque dicen que el alma, mientras hacemos esto, está presente. A los niños les canto, ‘a ver déjese arreglar’; con cariño los visto, ‘a ver la manito’; cuando están pegados, les digo ‘suéltense’,  y en me funciona. Eso no me hace perder la sensibilidad, mucha gente me hace llorar, más con muerte violenta”.

El maquillaje es el que utilizan las mujeres: lápiz, sombras, rubor y polvos. Como toque final, el vestuario lo facilitan los familiares. En ocasiones se usan hábitos o trajes elegantes. Es, entonces, cuando la muerte tiene rostro…

PAULA PEÑA y ÁNGEL GARCÍA

Estudiantes de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: octavioprensa.com

*Cambiado el nombre por petición de la fuente

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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