CÚCUTA.- En la avenida Los Libertadores, en Cúcuta, está el teatro Las Cascadas, construido para la presentación de espectáculos culturales, la recreación y el disfrute de los cucuteños. A las 6:00 de la tarde, se convierte en lugar turístico, sitio ideal para los enamorados, escondrijo para compinches y lugar de trabajo para vendedores que pretenden un sueldo en la noche.
Tres parejitas, en la parte superior de las gradas, se alumbran con luces de neón verde, pegadas a la espalda, en busca de felicidad. Entre tanto, los compinches dan botes, hablan, bromean y piden limosna para ir a comprar ‘un poco de felicidad’.
Una hora más tarde, aparece el vendedor ambulante que se sienta en las gradas inferiores, saca del bolso globos de colores y el inflador para darles forma a los pequeños gaticos plásticos. Los enamorados y los compinches dejan sus quehaceres para mostrar admiración por la agilidad con la que el hombre trabaja.
Los compinches se cansan de dar botes, se sientan, entrecruzan las piernas y como dos niños inocentes en cuerpos adultos prestan atención. Al rato, deciden irse, como en una marcha nupcial, hacia el patinadero a comenzar la labor. El vendedor de globos termina los gaticos, guarda los materiales en el bolso, se persigna y emprende el rumbo en busca de clientes infantiles para llenarlos de felicidad. Las parejas comienzan a descender del lugar y se van. El teatro Las Cascadas, en pleno corazón nocturno de Cúcuta, queda solo.
Este es punto de referencia y de encuentro para muchos parranderos. Grupos de amigos se reúnen unos instantes para cuadrar a dónde ir a disfrutar de la noche. Cuatro mujeres y un hombre salen de un taxi. Entre empujones, manoteos y bromas abren el baúl y comienzan a sacar ropa. Como si estuvieran en un vestidor o en la intimidad de la alcoba, las jovencitas cambian de vestido. Beben un par de cervezas, se montan al automóvil amarillo y parten.
Los carros bajan y suben a la velocidad que quieran darles los conductores. Los caminantes van por el andén. La vendedora de un puesto de comidas rápidas no está convencida de la seguridad del lugar. “Esto se ha convertido en nido de viciosos, porque no hay actos culturales. Hay que pedir muchos permisos en la Alcaldía para hacer algo”, es su queja.
Los policías pasan en las patrullas, no se bajan, recorren la avenida en el vehículo oficial. Los transeúntes, miran y pasan de largo, saben que en el teatro no venden cultura.
Al frente, se levanta el monumento ‘La paloma de la paz’. Está elaborado con las armas blancas que los desertores del mal entregaron un día cualquiera, cansados de hurtar, robar, atracar, asaltar, asustar, intimidar. Simboliza el decaimiento de los violentos y el repudio de la comunidad por lo malo.
Lo irónico es que aquellos que todavía no están convencidos del mal que causan, le arrancan cuchillos, puñales, punzones y los utilizan para cometer fechorías.
Pero la paz no simboliza solo esto. En el caso de los compinches, paz sería tener un lugar para rehabilitarse; para el vendedor ambulante, conseguir un trabajo digno y con salario, primas y prestaciones; para las pasajeras del taxi, contar con un hogar donde les brinden educación, y para las parejas, tener un sitio especial para no tener que esconderse entre la oscuridad.
Eso sí se llamaría paz. Mientras tanto, seguirán vigentes en el teatro Las Cascadas los habitantes ocasionales y nocturnos, y la fatídica y trágica soledad.
BELKYS LORENA GÉLVEZ
Estudiante de Lengua Castellana y Comunicación
Universidad de Pamplona – Cread Cúcuta
Contraluz.CO Sólo Periodismo