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HABITANTES DEL RÍO (1). “Aquí, escondiéndonos de la sociedad”

CÚCUTA.- “Aquí, escondiéndonos de la sociedad”, dijo ‘El Cole’ mientras sostenía un cigarrillo en la mano derecha. Al principio no quería dejarse ver, no por vergüenza ni por temor a represalias, solo lo hacía porque jugaba a las escondidas con la realidad que no le pertenece.

Está metido dentro de algo así como un ‘iglú’ rupestre de verano. No es un rancho, ni nada que se le parezca. No tiene paredes, techo, ventanas ni puertas. No tiene estructura de rancho. Es lo que se ha dado en llamar ‘cambuche’ y que la Real Academia rechaza como palabra que pueda utilizarse para darle nombre. Los chilenos tienen una acepción parecida, la llaman ‘cambucho’, y significa  “Habitación muy pequeña”. Pero esto tampoco es una habitación.

Saca la cabeza por entre los trapos que sirven de puerta. Se anima y comienza a asomarse como un ovíparo cuando quiere dejar el cascarón que lo ha mantenido durante la formación. La calvicie pronunciada, el pecho desnudo y la dentadura blanca contrastan. No parece un hombre normal hecho para vivir en estas condiciones. Otro chupón al cigarrillo y la primera muestra de humor negro, antisocial, despreciativo por lo que hay más allá de esos plásticos que lo protegen del sol ardiente cucuteño. “Vivo en mi casa, acá vengo a pescar”.

Emilio es un hombre de estatura escasa. No está mal vestido para la ocasión, lleva gafas, bluyín y camisa. Habla tranquilo y responde a las preguntas con serenidad. “No sirvo para vivir entre tanta gente”. Por eso lleva largos años metido en el monte, alejado de lo que ‘El Cole’ llama con ironía “sociedad”. Estuvo un tiempo en las calles de Cúcuta rebuscándose el pan diario y de allí pasó a la soledad que ahora lo acompaña en este otro ‘cambuche’.

Tiene afán por dejar este mundo en el que se ha metido por su condición económica miserable. Es reciclador de profesión y de vez en cuando consumidor de drogas. De pertenencias no puede hablar, porque no las tiene. Si acaso unos plásticos que consiguió en alguna salida a la ciudad y que se han convertido en el bien preciado. Las nuevas construcciones usan ‘draivol’ para las paredes, aquí cualquier material sirve para simularlas.

Fredy estaba dormido y lo despertó la llegada de los intrusos a su mundo. Tiene los ojos azules, es flaco hasta más no decir, a la mano derecha le faltan los dedos anular y corazón, la mirada es triste y el cuerpo débil. A pesar de esa imagen refleja deseos de continuar con vida y se queja porque ‘El Muelas’, jíbaro de profesión, le prendió fuego al monte seco y acabó con el rancho. Actúo en venganza porque no lo dejaron vender la droga en ese lugar, escondido de la policía y metido entre la maleza para que los consumidores no sintieran la mirada escrutadora de los transeúntes por la Avenida del Río.

Sobre unos ladrillos que algún día recogió de una construcción cercana tiene acomodados, en perfecto orden, los juguetes de los hijos que no se ven en el lugar. Un transformer rojo y un carrito esperan por ese niño que  no ha de llegar para divertirse juntos. Cerca, el balón blanco pequeño aguarda por el pie que lo despierte de ese letargo en el que está sumido y lo haga valer como objeto.

En los brazos, la piernas, el resto del cuerpo siente que lleva las “secuelas de la vida” en forma de cicatrices que no van a curar a pesar de estar cerradas y sanas. Ahí, ha pasado las últimas horas de su existencia que cuenta por décadas. Lleva 20 años metido entre ese matorral del que no quiere salir. La bicicleta, recostada sobre un tronco que hace de columna para sostener los plásticos, lo acompaña en los pocos recorridos por las calles pavimentadas de la ciudad. Por ahora permanecerá detenida, como tiene detenida la vida este hombre, al que por el color de los ojos apodan ‘El Gato’.

Farid no pasa de 55 años, pero demuestra 80. Está enfermo y maloliente. Así como perdió las ganas por volver a ver a su hermana perdió la dentadura. En medio del dolor causado por las caries decidió arrancarse, uno a uno, dientes y muelas. La cara la cubre con una barba de meses sin cortar, los labios se pegan al querer hablar y las palabras salen con dificultad. Está acabado, tiene apariencia de tuberculoso.

El ranchejo está dividido en dos ‘habitaciones’. Una para el hijo, que no está, y otra para Farid. En esa especie de ‘dormitorios’, la cama es un colchón viejo, deteriorado, roto, recogido en alguna andanza en busca de material reciclable. La cocina no parece serlo y a las dos jarras que cuelgan de un tronco no les cabe una gota más de tizne.

La apariencia es lastimera. Son cuatro hombres que han perdido la vida mientras viven en este ambiente inhumano. El papa Juan Pablo II en una ocasión acabó con el misterio de la existencia del infierno. Dijo que no existe y muchos lanzaron cohetes en señal de alegría, porque, seguro, no irían a parar allá. Si estos seres humanos hubieran escuchado con atención las palabras del ahora santo las habrían refutado, porque el infierno es justo donde viven.

Aquí, entre la maleza, a un costado de la Avenida del Río, cerca al Pamplonita, permanecerán ‘El Cole’, Emilio, Fredy y Farid escondiéndose de la sociedad, no por vergüenza, sino porque a la sociedad es a la que le da vergüenza reconocer que estos hombres existen y que no los tiene tabulados, ni registrados, ni inscritos como ciudadanos en las extensas listas oficiales.

(Farid (foto) murió a los pocos días en el hospital Erasmo Meoz. No aguantó más el sufrimiento y el alma decidió separarse del cuerpo mortal que le correspondió en suerte.  Hoy, hace parte del recuerdo y de esta historia sacada de la vida real).

PARTE – 2. Cúcuta, dos décadas sin vida

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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