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FORO UNIVERSITARIO. Zonas de reserva campesina vistas desde el aula

VILLA DEL ROSARIO – Norte de Santander.- ¿Cuál es el papel de la universidad dentro de la sociedad y la construcción de paz?  Es trascendental la pregunta, compleja, objeto de discusión y debate. A esta situación debemos sumarle la historia colombiana, un poco de política y medios de difusión de información. Con esta mezcla tendremos como resultado una cuestión mucho más profunda a la inicial. ¿Cómo debemos actuar como estudiantes? ¿Es importante nuestra posición y valida nuestra argumentación? Lo cierto es que, más allá de que le consideren importante o no, el movimiento estudiantil ha proporcionado al proceso social colombiano un tinte particular y especial, porque ha indagado, confrontado, propuesto, rechazado, construido todo cuanto ha podido. Siempre ha tratado de buscar respuestas a esas preguntas. La mayoría de las veces, ha sido el movimiento estudiantil el que desde el claustro ha generado inquietudes sobre si la forma en la que se mueven la nación y el mundo es la correcta. Esto sin antes plantear salidas al problema.

Los movimientos estudiantiles son parte fundamental en toda sociedad. Gracias al espíritu de propuesta y la necesidad de movilización, la juventud ideológica, mezclada con la de antaño, de entrega al bienestar de los que no gozan al igual que otros de ciertos beneficios básicos, incluidos los del colectivo universitario, lucha de la mano por justicia y equidad.

La educación en Colombia es como una gran obra literaria, a veces fantasía pura; otras, una comedia escrita por muchos literatos, unos con entrega y pasión, otros con poco talento. Claro, no faltan los villanos, esos que siempre tienen pretensiones individuales; por ejemplo, esos que no son de corazón grande, los de mano firme (o eso creen), de los que arreglan los problemas al filo del acero y al espesor ardiente del plomo. Villanos que quieren controlar todo cuanto camine o respire, de los que creen que el mundo les pertenece y que debe ser explotado cuanto más se pueda. Aquellos que piensan que la vida es suya y que todo el panorama gira en su entorno; que son los mesías del mundo y tenemos que entregarles cuenta; que la pacha mama no pudo tener mejor acierto cuando les permitió existir. Piensan que la confianza inversionista es más importante que ponerle pan en la mesa a los que no pueden conseguirlo y hay que protegerla a toda costa, incluso mostrarse como los amigos de la nación.

La tragedia de la educación colombiana, también goza de buenos héroes, de los que le ponen el pecho a la situación y hablan de economía, de política, los que entienden la heterogeneidad de la humanidad, son librepensadores, arriesgados, decididos, aprendieron a ser libres, por lo menos más de lo que los oscuros poderes les permiten. No se puede encadenar su mente, de ideas antibalas, fluyen como el aire, son naturales, son fuego viviente, conocimiento y sabiduría en carne pura. Sin embargo, a diferencia de cualquier obra de suspenso y acción, son los héroes los que caen por cientos, y los villanos por unidades, y los que no, cada cuatro años, son respaldados por miles. Esa es la Zoociedad que nos mostraba Jaime Garzón.

Por muchos años, los estudiantes han logrado arreglos y pensado modelos de educación que subsanan las deficiencias generadas por los modelos creados por el político de turno. Han luchado por lograr mayor interés del Gobierno, mejor trato, libertad extensa, plena, y el reconocimiento de un proceso que lleva años gestándose, liderado por los movimientos educativos que buscan un arma letal contra esos parásitos de la patria, una bomba que deja secuelas en la corrupción y el elitismo, la ignorancia, la exclusión y la destrucción de la sociedad y de la tierra. Esa arma se llama conciencia y es más mortífera de lo que parece, porque pone fin a la explotación, a la autodestrucción, y el oligarca no tendrá autodefensa.

Conciencia de los problemas que vive nuestro pueblo, de todos aquellos abusos que sufre, de las malas políticas, los robos, los elefantes blancos, el latifundismo, el saqueo de los industrializados, la plusvalía, la miseria que solo es culpa de los que más fichas tienen en el juego de poderes, mientras que los colombianos esperan en vilo las migajas absurdas que estos próceres de la comarca se dignen arrojarles. Conciencia hacia lo que les damos y recibimos, la suciedad de las instituciones, doble moral, procesos de supuesto desarrollo y no se piensa lo que realmente significa desarrollo, el campo y el campesino. Este es un punto clave en Colombia.

La tenencia de la tierra, el latifundio, lo público y el exceso de lo privado, asuntos que han generado conflicto en el país y de lo que muchos estudiantes son conscientes, quieren difundir el mensaje, para que los pobladores logren entender en dónde radica la cuestión, el pro y el contra, para que decidan, protejan, amen y defiendan, pero es difícil cuando existe un medio difusionista informativo que sataniza, mata y controla a favor del poderoso.

Por muchos años, la cuestión agraria ha sido de vital importancia para el panorama del país. A pesar de esto, muchas políticas no han buscado el apoyo al campo; todo lo contrario, han desestabilizado la participación agraria, la han manipulado para lograr paradigmas que olvidan y destruyen el imaginario del campesino y de lo natural y orgánico, leyes y prácticas verticales que se dedican a erradicar por completo un concepto de lo ancestral, con el discurso de lo moderno, del desarrollo, un vergonzoso ideario que solo beneficia a los grandes hacendados y terratenientes. Esta mezcla de políticas paupérrimas, sumada a la satanización y apaciguamiento mediático han generado insurrecciones campesinas, que buscaron y en algunos casos buscan al igual que los estudiantes en su materia, un cambio que beneficie al campesinado, una emancipación que entienda los procesos agrarios de manera heterogénea y más horizontal, sin aniquilar la diferencia, una dependencia propia, desarrollo desde el pueblo campirano para la aplicación del pueblo rural.

El conflicto armado en Colombia nace en respuesta a la mala praxis política de mediados del siglo XX, pero en gran parte responde a la cuestión agraria, tras reformas que trasforman al campesino real en el campesino ideal, que es selectivo en los cultivos y está dispuesto a producir sólo lo que en el mercado internacional es necesario, lo que las elites necesitan, olvidándose de la soberanía alimentaria, de los que están dispuestos a dejar de cultivar para permitir que multinacionales exploten la tierra y saquen minerales, que olviden por completo la lucha de muchos ancestros por la protección de la tierra, de los pueblos indígenas, de esos a los que se les puede lavar el cerebro haciéndoles creer que lo que necesitan es un bello condominio, un centro comercial o en su defecto una sucursal de Pacífic o la Drummond para que explote los recursos del territorio, en vez de una zona de reserva campesina que le permita cultivar tranquilamente, sin daño alguno al ecosistema, que le genere una estabilidad económica sostenible y duradera, una equidad y hermandad con la humanidad y sus colegas rurales, con seguridad y paz con verdadera justicia social y sobre todo le permita recuperar esa soberanía alimentaria que ha perdido con los años con el terrateniente respirándole en la nuca, sin preocupaciones por la competencia desmedida, eso jamás, nunca, porque eso sería estancar la evolución y volver a la edad de piedra. Nunca el consumo se pondrá en peligro, aunque esto signifique la pérdida final de la poca conexión del hombre con la tierra, esa que lo creó, endulzándole con una pizca de explotación, esto le dará mejor sabor a la receta.

Pero la naturaleza les tiene a sus enemigos un mensaje. Es que no sólo el campesino y el indígena son fuertes, también es sabio, entiende su terreno, comprende su contexto y el nuestro, sabe lo que quiere y no se detendrá de proponer salidas a ese conflicto, que también es político y social, que le ha marginado y desplazado, que le ha pisoteado. Saldrá de entre las ruinas y estará siempre ahí, como una fuerte muralla.

Para volver al punto inicial, podremos contestarnos esa fuerte pregunta ¿Cuál es el papel de la universidad dentro de la sociedad y la construcción de paz? ¿Cómo puede el profesional del siglo XXI ayudar a construir país? La conciencia de las masas, entonces, será un punto clave. Cuando los que ahora son nadie, son invisibles, se movilicen y busquen una emancipación, serán algo, alguien, no una masa, y entonces como regalo de la vida nada los detendrá, jamás. Este precedente quedará en la historia y celebraremos el día que los pueblos se unen para beneficio y sea el desarrollo heterogéneo y horizontal el que predomine, alejado de la ostentosidad, la autodestrucción, la muerte y el llanto, plagado de movimientos sociales y culturales, inyectado con amor a la naturaleza y al humano, paz y justicia. Hasta entonces todo será una utopía. Es en este punto en el que el que el universitario debe prepararse e informarse, proponer, entender el contexto, buscar la verdad, velar para construir el futuro, darse cuenta de que es quien forma parte del presente, y que debe evitar a toda costa que se demuela, que vienen generaciones y que juzgarán nuestros actos. Debemos responderles, guardarles, educarles, pero antes es necesario que lo hagamos. Agradezcamos a la vida que es solo una y la nuestra no es la única. Es hora de la movilización, de la conciencia, de la lucha, de darle sentido a nuestro camino. Es entonces el universitario un foco del escenario de la creación, de la verdad, y quien debe llevar como bandera el respeto por la naturaleza y el campo, en apoyo a la reserva forestal y campesina.

JONATHAN FUENTES

Comunicador social en formación

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

 Foto: www.contraluzcucuta.co

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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