CÚCUTA.- Pareciera imposible de creer, pero en el mismo lugar y bajo el mismo nombre se aprecian dos partes contrapuestas de un parque. Algo absurdo de no notar para cualquiera que se detenga a mirar el paisaje. Una es el Yin, y la otra es el Yang.
En las calles 8 y 9 entre avenidas 3 y 4, el parque Nacional es un sitio transitado. Su corazón está lleno del verde vivo de las plantas y su alrededor refugia a vendedores de minutos y de dulces, zapateros que trabajan con cuidado y dedicación, emboladores que esperan ansiosos, tinterillos que hacen sonar las máquinas de escribir y policías que aseguran la tranquilidad en el lugar.
Hace tiempo, el sitio era una plazuela donde se celebraban las corridas de toros durante las fiestas Julianas, para evocar el Grito de Independencia. Pronto, dio un giro inesperado. Para conmemorar el centenario de la muerte del general Francisco de Paula Santander el municipio donó el espacio para que se construyera el edificio Santander.
La calle 8A divide el parque y cada lado tiene algo característico. Por una parte, en medio del paisaje natural, se encuentra la bola gigante a la que se le debe el sobrenombre de ‘Parque de la Bola”. Es algo más que una simple esfera, es una donación de la colonia italiana para Cúcuta. Antes, era una fuente que refrescaba en el día. Al pasar los años, quitaron el servicio lo que ocasionó la destrucción de la naturaleza representada por 11 enormes palmas. Al secarse debieron ser cortadas por precaución y para evitar el peligro para los transeúntes.
El ambiente en el parque es agradable, pero no acogedor. Debe ser porque la infraestructura no lo permite. No hay bancas para sentarse. La gente sólo se detiene si necesita algún producto de los vendedores o un papel de los hombres con las máquinas de escribir han creado un espacio de trabajo bajo carpas negras que los protegen del sol.
Este lado es el que se conoce como parque Nacional; el otro está en el olvido y en el abandono. Al cruzar la calle la realidad cambia por completo. El verde se apaga y el paisaje se trasforma. Un olor desagradable llena el lugar. Orines por aquí, orines por allá. No hay un rincón de este lado que huela bien.
Aquí aparece el edificio donde antes funcionaba la oficina de correos y que tiene un gran letrero que dice Dian. Casi todas las oficinas están vacías y abandonadas. A un lado, sobre lo que parece un pasillo, duermen varios hombres en diferentes posiciones, pero con la misma suciedad. Se acomodan encima de pequeños cartones coloridos. El mal olor y el descuido del lugar lo producen estos seres que no sólo duermen, sino que orinan y defecan en donde pueden, y parece que pueden en todas partes.
Es fácil verlos sentados aferrados a una pequeña bolsa negra que inflan y desinflan con la boca. La bolsa contiene súper, pegamento que usan para alterar los sentidos y que poco a poco les quema las neuronas, hasta dejarlos en la miseria humana.
Descansan casi al frente del CAI. Los policías no pueden sacarlos, o tal vez pueden pero no saben a dónde llevarlos, pues no cometen ningún delito, sólo son el reflejo de la realidad social colombiana. Cuando los encuentran con marihuana los llevan para judicializarlos. Al otro día, quedan libres y vuelven al lugar. En Colombia la dosis personal está permitida. Esto hace que el parque sea inseguro de día, pero ¿cómo es de noche?
Vida nocturna
Bajo un manto negro que cubre el cielo y con una frescura que libera el cuerpo después de un día de calor, se abre la noche y termina la jornada de trabajo para vendedores ambulantes o dueños de negocios. Panaderías, locales del centro comercial Palacio Nacional, droguerías, restaurantes, estacionamientos y cooperativas cierran presurosos las puertas para darle paso a otro ritmo de vida.
En la noche nadie transita por los senderos del parque por temor, y es que nuevas personas se apropian del espacio, las mismas que de día permanecen al margen como insinuando timidez. Se trasforman como si la luna los encantara. No se sienten rechazados. Se creen los dueños del lugar, un gran espacio para hacer de las suyas. Se trata de los indigentes que aprovechan la oscuridad para hacer lo que en el día no pueden.
Conocen que en ese momento la actividad de los policías es más intensa y como el CAI no está solo para cuidar del parque, sino desde la Diagonal Santander hasta la calle 11 y desde la avenida 0 hasta la 7, se hace difícil perseguir callejeros cuando hay una gran responsabilidad.
Detrás del edificio de la Dian se aprecia otro escenario. Hombres que juegan a ser mujeres y se gastan la vida en conseguirlo. Pero cómo hacerlo si el sexo de un ser humano no puede cambiar. Ni la ciencia ha podido con eso, por más cirugías a las que se sometan, siempre su esencia será la misma.
Los travestis toman posesión de la calle. Venden su cuerpo a quien lo apetezca. Cuando la venta se pone difícil recurren al plan b: ofrecer sexo oral a los hombres que caminan por el lugar y quienes caen en su trampa, que son bastantes, terminan sin un peso en el bolsillo porque los roban.
Aunque el Gobierno sabe lo que sucede en este parque no ha hecho nada por cambiarlo. Se le han presentado peticiones para que este lugar salga de la inmundicia en la que se encuentra. Se ha pedido que en las noches esté más iluminado para que no haya delincuencia y todo lo que produce temor a los ciudadanos al transitar por allí. Se necesitan bancas para que los cucuteños disfruten y compartan un rato en familia. Claro está que antes se deberían reubicar los drogadictos para que este parque se convierta en sitio acogedor donde se pueda gozar de la naturaleza.
ANDREA PAOLA NOVOA
PAULA RODRÍGUEZ
Estudiantes de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
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