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El uniforme abre muchas puertas: coronel Eliécer Camacho

CÚCUTA.- Eliécer Camacho Jiménez tiene pinta de defensa centro en fútbol o de poste en basquetbol. En estatura puede alcanzar los 180 centímetros. La chaqueta verde que lleva puesta lo hace ver robusto. La verdad es que en la juventud vivida en Facatativá (Cundinamarca) fue un deportista normal, sin destacarse.

Nació el 8 de agosto de 1967, y cuando tenía seis años quedó huérfano de padre. La madre es pensionada como profesora. En el pueblo natal estudió primaria y bachillerato. Es el único varón de la familia, tiene cuatro hermanas que le han dado siete sobrinos.

En enero de 1988, decidió dejar atrás la patria chica y emprender el rumbo hacia el futuro. Hoy, 24 años después, está casado, tiene dos hijos, Sebastián (14) y Valentina (11), y el tercero viene en camino. Dentro de tres meses llegará al mundo y todavía no le han buscado el nombre, aunque en casa han barajado algunos.

El teniente coronel Camacho Jiménez es el comandante de la Policía Norte de Santander. Está próximo a cumplir el cuarto de siglo de servicio. Ha recorrido Bolívar, Antioquia, Santander y Bogotá. La última década estuvo en la Policía Judicial (Dijín y antinarcóticos). De la Judicial de Bogotá lo asignaron al departamento.

–         Esa es mi historia. Como buen cundiboyacense, en mi juventud, me gustaba el tejo, aunque no fui de los fuertes.

   

Visto con detenimiento, este oficial es buena gente, amable y pausado al hablar. Algunas frases las remata con una leve sonrisa, a manera de puntos suspensivos, para dar a entender que no ha completado la oración y que quedan palabras por decir.

En un viaje a Bogotá vio a algunos agentes y quedó impresionado por el uniforme. No tiene policías ni militares en la familia, por lo que no sabe a ciencia cierta de dónde le nació el gusto por la institución. Solo recuerda que   alguien cercano a la madre lo animó a vestirse de policía.

A los 19 años, tomó la decisión de su vida. Va a completar 25 años y desearía llegar hasta el rango de general, sueño con el que empieza la carrera la mayoría de los agentes.

–         El barrio en el que me crié era alegre. Jugábamos al paralizado, ponchado, libertado, carritos y todos esos juegos que ahora no se ven, porque a los muchachos los absorbió la tecnología.

Antes de tomar rumbo definitivo era un joven normal. Iba a rumbas, tomaba trago, paseaba a los pueblos cercanos y no era mujeriego. Las novias no las cuenta por cantidades. Mejor que darse esos placeres mundanos aprendió a actuar con disciplina.

En el estudio no fue el alumno aplicado, de cinco en conducta. Lo molestaron la física y la trigonometría, le gustaban el español y el inglés. Perdió algunos años, hasta que llegó a la etapa del juicio y se alineó.

Al ingresar a la institución cambió de mentalidad y le llegó la preocupación de prepararse, de estudiar y de ocupar buenos puestos. Es administrador de empresas y tiene especializaciones y diplomados, que le han valido para ascender. Vivió año y medio en Texas (Estados Unidos) como oficial.

Es consciente de que el uniforme da poder, que si no se controla desemboca en abusos, en comportamientos contrarios a los valores. Si es bien utilizado es magnífico por la ayuda que puede dárseles a la comunidad y a la familia.

–         Si el poder del uniforme se utiliza bien, sin desbordarse, es bueno. Abre muchas puertas.

En la proyección de la existencia se ve reflejado en cualquiera de los tres hijos y le gustaría que uno de ellos tomara como opción de vida la Policía. El mayor, cuando hablan del futuro, deja ver el gusto paterno heredado por el verde oliva. No habrá presión, simplemente se dará por elección.

   

A esta altura de los años el teniente coronel Eliécer Camacho estima que la carrera es bonita, noble, buena para seguir y se tiene la posibilidad de prestar el servicio a la comunidad. Todos los bienes materiales que posee se los debe a la institución.

‘Todas las mañanas, cuando sale el sol’ solo tiene tiempo para pensar en el trabajo del día, que se extiende hasta las 9:30 de la noche; en los hombres que tiene al mando, y en los problemas propios de la organización uniformada.

Lo preocupa el comportamiento de los subalternos, que incursionen en actividades no santas, que cometan errores por dejarse llevar por la tentación. Lo ponen a cavilar los homicidios, los accidentes, los hurtos, las lesiones personales. Los delitos en general.

–         Tengo una gran fuerza de voluntad y los problemas me alimentan y me gusta ir a mirarlos, para ‘frentearlos’. Ponerles el pecho es la mejor manera de pararlos y no echar para atrás. El miembro de la policía que no lo sienta así, está totalmente fuera del contexto.

En la casa, luego de 15 años de casado, ha encontrado respaldo a ese gusto que le tiene a la Policía. A cambio de reproches hay comprensión. En los dos años de novios, la esposa aprendió a verlo comprometido y decidió apoyarlo antes que criticarlo.

A la responsabilidad que le exige la institución le saca tiempo para dedicarlo al hogar. En el comedor se han discutido asuntos que tocan con el mañana, como el retiro voluntario o el seguir adelante en busca de la corona.

El comandante da órdenes a cientos de hombres y mujeres, pero el hombre de civil deja que en la casa mande la mujer. Y está convencido de que el hogar en manos femeninas surgen, porque los machos son manisueltos con el dinero. Sin ponérsele firme a la esposa, obedece y acata.

En el ropero tiene colgados 20 uniformes que usa en diferentes ocasiones, acompañados de siete vestidos de paño, porque recién salió de la Policía Judicial. Le gustan los bluyines para descansar, pantalones de pana y de dril y camisas ligeras para sentirse relajado.

–         La responsabilidad como comandante es grande por el compromiso, por tantas situaciones que ocurren, por la cantidad de misiones. Ser comandante no es difícil.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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