Inicio / Aula Universitaria / El sombrero perdió la batalla, pero no la guerra

El sombrero perdió la batalla, pero no la guerra

La Capilla del Carmen estaba abarrotada de feligreses. Jesús Ruiz permanecía en el umbral de la entrada mientras cumplía el ritual de oración. Vestía pantalón negro y camisola blanca. Llevaba puesto un sombrero Barvisio gris. Lo hacía ver elegante e imponente en aquella época, 1953.  Las vestimentas eran pesadas y sencillas, difíciles de cuidar. La chaqueta de dril se rompía fácilmente y el pantalón de paño inglés se limpiaba constantemente. Se valoraba la indumentaria y la prenda más importante era el sombrero, símbolo de hombría y distinción.

El hombre me mira y recuerda “aquellos años”.

–         En ese entonces, era valioso un Fedora – comentó.

 Quería expresar su punto de vista, pero no le presté atención. Me concentré en los borsalinos, fedoras, montenos, guadanos exhibidos y con partículas de polvo. Imaginé  un retrato en plano general del Parque Colón, concurrido por transeúntes y salpicado por docenas de sombreros clásicos.

Hoy, la plazoleta está casi vacía y escasamente uno que otro sombrero aparece.

Un sujeto que vive del rebusque cruza la calle, lleva puesto un sombrero campesino. Pasa un patrullero y lleva un gorro verde, para protegerse de los rayos del sol.  ‘Tiño’, uno de los tantos jóvenes que utiliza gorra, camina relajado y con pasos escuetos. Su estilo es rapero, se pone la cachucha por vanidad y por dárselas de malo. Es irreverente, refleja rebeldía con la visera de la gorra hacia atrás.

   

La abundancia de gorras contamina mis ojos. Los colores son fuertes y sicodélicos. Esta  lleva la mata de marihuana;  esa,  una rosa roja atravesada por la espada. Los estilos son llamativos e ingeniosos, los precios oscilan entre $8.000 y $20.000. Eso explica las más de 5.000 unidades que se venden mensualmente en la ciudad.

Todo lo contrario pasa con los sombreros. Los precios son entre $50.000 y $200.000.

– ¿Cuántos sombreros vende? – pregunté.

– No hermano… – respondió Hernando Santos, dueño del local Sanburg.

– ¿Cuántos?- repetí.

– Escasamente, tres al mes.

La respuesta me impactó. Mis labios formaron un círculo. No sabía si sentir lástima o asombro. Cinco mil contra tres al mes, es una comparación lamentable. ¿Cómo hace esta gente para sobrevivir? Menos mal vende otra mercancía.

La evolución y la selección natural establecen que las condiciones del medio ambiente favorecen la reproducción de otros. Seguramente, el sombrero perdió la batalla, pero no la guerra.

   

Jesús Ruiz, tiene varios dientes caídos, manchas en la piel y una frondosa curvatura en la columna. Sale de la iglesia y se dirige al parque Santander. Está cansado. No hay hombres con sombreros, solo él. Deambula por la calle y se topa con muchos jóvenes. “Atuendos extravagantes y coloridos, parecen maricas”. Me miro. Llevo camisa amarilla y pantalón blanco, no digo nada.

 El sol está en su punto clímax. Son las 11:00 de la mañana. El hombre se sienta en una banca. Acompaña a sus amigos, está pensionado y no tiene preocupaciones. La única molestia es no hacer nada. Lleva el sombrero Barvisio gris, aunque desgastado en los bordes.  Charlamos sobre su época y los sombreros:

–         Ahora los jóvenes creen que regalándole a uno un sombrero de cumpleaños, uno se va sentir feliz, que va –una mueca de repudio aparece en el rostro.

Me demoré unos segundos para de comprender.

A pesar de que la sociedad clasifique a los sombreros como anticuados, al igual que a los ancianos, detrás hay un arte de armar, construir y coser. También un pensamiento, una idea y un ser humano.

Matilde me mostró su capacidad para coser y arreglar ropa. Es atenta. Explicó las partes del sombrero:

–         El sombrero comprende de cinco partes: La corona, los bordes que la rodean, la parte interna, el cinto y la visera.

El diseño de la gorra es sencillo: una visera que cubre del sol y la cubierta que protege la cabeza. Es más simple el modelo de la gorra que el del sombrero, por eso se fabrican más. Hay menos gasto y menor inversión.

Es 1945, Jesús Ruiz recibió la primera comunión. Correteó con los amigos por entre los bancos del templo. Afuera, lo esperaba la figura paterna. Le dio un abrazo y le puso sobre su cabecita de cabellos lisos y delicados el sombrero Barvisio gris.

– Gracias papá-  dijo entusiasmado el muchacho.

– ¡Esto te hará ver como un hombre!- exclamó el padre con orgullo.

JUAN DIEGO AGUIRRE

ditailo@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

Podría Interesarle

RECUPERARTE. Programa para impulsar la transformación urbana de Cúcuta

CÚCUTA. El alcalde Jorge Acevedo recorrió las obras del programa Recuperarte, con el propósito de …

Un comentario

  1. Daniel J. Arevalo

    Buena realidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.