CÚCUTA.- Oscar Chávez tuvo el primer contacto con un paciente de sida, en 1985, en Río de Janeiro. Veintiséis años después recordó cómo ese hombre postrado en la cama era rechazado por la comunidad hospitalaria a la que pertenecía. Esa vivencia corresponde a los días en los que cursaba la especialización en Brasil como infectólogo. Hoy, pertenece al grupo de médicos vinculados al Hospital Universitario Erasmo Meoz.
Empezó a ver pacientes con sida en 1988. La mayoría moría. Una década después, llegaron a Colombia los medicamentos contra el síndrome de inmunodeficiencia adquirida y la perspectiva cambió. Ahora, con las medicinas modernas, la enfermedad no se cura, pero se mantiene controlada.
Al paciente se le pueden ofrecer sobrevidas de 30 o 40 años. Todo depende del juicio para la toma de la droga. Cada día aparecen medicamentos que mejoran el pronóstico de sobrevivencia y les permiten llevar una vida corriente. Trabajan, estudian, tienen familia y se mueven en un círculo normal de amistades.
– No existe una cura. En el país hay los medicamentos que se utilizan en el primer mundo y los tratamientos son buenos.
Este primero de diciembre, se conmemora el Día Mundial de la lucha contra el Sida. Las actividades programadas se dedican a dar a conocer la epidemia global causada por la extensión de la infección del VIH. La fecha fue escogida porque el primer caso fue diagnosticado el primero de diciembre de 1981.
En los 30 años de trabajo para detener este mal, se han adelantado campañas, jornadas, llamados, alertas y mensajes de urgencia. Los resultados no son alentadores a la hora de hacer el balance retrospectivo. Los esfuerzos han decaído para estimular la prevención.
No hay esducación continua para la comunidad, campo que debe mejorar y liderar el Ministerio de Salud, en el país, y el Instituto Departamental de Salud, en Norte de Santander.
– En Cúcuta cada vez vemos más pacientes con sida. Estamos viendo, regularmente en la consulta de Urgencia, pacientes nuevos y los diagnosticados que se complican.
En la ciudad han crecido los números. El grupo de mayor afectación son jóvenes y hombres y mujeres en edad productiva. La edad de los enfermos se mueve entre los 18 y los 40 años. Se calcula que hay un gran número de pacientes que no tienen manifestaciones de la enfermedad y que no se han diagnosticado.
Esas personas necesitan tratamiento y no lo han recibido, porque el síndrome no se ha desarrollado.
En cuanto a la incidencia por sexo, la enfermedad no tiene prevalencia específica por grupo. El problema no es la orientación sexual del individuo, que puede ser homosexual, heterosexual, transexual, bisexual o metrosexual, sino la promiscuidad. Esa diversidad es la que en última instancia llevará a la adopción de actividades de riesgo, de sexo no protegido y que lleven a la infección.
El hospital tiene un programa pequeño de consulta externa y de control. La mayoría de enfermos los manejan las ARS y las EPS, por medio de particulares.
– El paciente de sida todavía recibe estigmatización. Hay muchos que no entienden que son personas que sufren una enfermedad, como cualquier otra.
Los enfermos no infectan con el habla, ni al compartir espacio en el trabajo o en un ambiente público. Hay ignorancia acerca de las maneras de trasmisión del síndrome, que es solo por relaciones sexuales, por vía intravenosa y por madres embarazadas infectadas con el VIH.
El sida, así como no respeta los gustos sexuales tampoco se fija en los estratos sociales. Es bien democrático, puede desarrollarse en cualquier ser humano sin mirar las condiciones económicas. Muchos pacientes sienten temor del rechazo social y de la estigmatización.
La buena nueva en medio de este panorama, es que se ha reducido el número de niños contagiados en el vientre de la madre. La mujer se somete a protocolo de manejo en el parto y a la criatura recién nacida. Ese proceso disminuye la trasmisión del síndrome.
– Ahora es raro ver a un niño infectado. Eso es muy bueno. Esa estrategia ha sido excelente.
En esos 26 años de tratar con pacientes con sida, Oscar Chávez no ha tenido miedo de contagiarse. No lleva la cuenta sobre cuántos hombres y mujeres infectados ha atendido. Es una lista que sería larga hacerla. Solo recuerda que son “muchos, pero muchos”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Fotos: MARIO CAICEDO
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