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El Día del Idioma

Llegó, empapado por las lluvias de abril, el Día del Idioma  y trae como Don Quijote tantas abolladuras en la armadura y tantos desdenes a su identidad, que bien vale la pena retomarlo en los orígenes, y como si fuéramos  sus escuderos, curarlo de tanto desatino, de tanta y tan repetida desazón con que lo escribimos y lo hablamos.

El idioma es identidad. Desde los tiempos de don Antonio de Nebrija hasta hoy han corrido mucha palabra y mucho discurso bajo el puente de las bocas de quienes lo hablamos sin saber que las palabras son oro, son luz, son vida. Es posible que nuestra ignorancia del idioma nos haya llevado a olvidar ese caudal fresco de palabras que nos regalan  y que nos ofrecen un mundo lleno de mil posibilidades, de frescos aromas, de increíbles sonidos, de suaves tactos, de indescriptibles alcances, pues, si algo hay bello en el universo de la comunicación es nuestra lengua materna.

El Lorosaurio no pudo quedarse callado, sabiendo que habla y escribe con dificultad se empecinó en cacarear esta preocupante verdad, referida a la pérdida acelerada que nuestros jóvenes y muchos adultos hemos ido acrecentando, en cuanto a buen uso y manejo del idioma concierne.

Después de dar mil vueltas en el fatigante mar del insomnio y luego de las pesadillas que produce el pecado de la ignorancia idiomática, por fin, la frágil memoria me trajo entre los albores del 23, un nombre que se había difuminado entre los pasadizos ocultos de las sombras del pasado, y como una ráfaga de luz, encendió, en mitad de mi ansiedad un acápite con  unos versos sueltos, que casi de la mano me llevaron como lazarillos a recordar a mis maestros  de Lengua Castellana y en especial a don Jairo Chaparro, (honor donde se encuentre), quien en una fresca mañana sabanera me habló de don José Muñoz cota Ibáñez, y de uno de los poemas más bellos que le haya escrito poeta alguno a la madre lengua y que hoy adjunto como homenaje a quienes dedican su vida a combatir la barbarie que se cierne sobre el idioma  por un desatino pavoroso de todos nosotros idiolectos ingratos que hemos permitido la llegada al idioma de expresiones como  “guey”, “que onda”, “carnal”, “parcero”, “chamo”, “Ñómpiro”, “pollada,” “Ñángara”, “mi perro”, “chumbimba”, “traqueto” para referirnos a nuestros semejantes, junto a  otras muchas que verdaderamente suenan frondio, como “colóquese de pie”, “vaso con agua”, “sisas”, “de acuerdo a…” que han ido haciendo carrera especialmente en los medios de comunicación y naturalmente entre los hablantes de todos los estratos, en su proporción.

Creemos que un bálsamo de buena poesía y algunas sugerencias hechas por el maestro José Muñoz Cota Ibáñez, pueden llegar a aliviar al menos por un día y en su día a esta maltrecha madre lengua,  que todos usamos y destruimos diariamente sin que se nos dé absolutamente nada, porque desafortunadamente la costumbre, así sea mala, hace ley, y en estos tiempos abunda la ley del mal hablar y del mal escribir incluyendo en cabeza de lista al Lorosaurio. El siguiente es el decálogo que el Maestro Muñoz Cota nos dejó, después de haber ganado el concurso mundial de mejor orador joven. Adjunto va el poema Lengua de maravilla, feliz día del idioma. Feliz lectura.

                                            Decálogo del jóven orador

1. Hablar en público, y hablar bien, es un privilegio; pero al mismo tiempo es una responsabilidad.

2. El orador señala caminos, tiene el compromiso de no equivocarse.

3. Que no hable quien no sepa lo que dice.

4. El orador estudia y pule su lenguaje.

5. Persuadir y conmover son tiempos unidos del estilo discursivo.

6. Los enemigos de la oratoria son los tartamudos de la conciencia.

7. Tarde o temprano el orador habla en nombre de la patria.

8. Conciencia y expresión, son ejercicio vital.

9. La oratoria de los jóvenes ni se empeña ni se vende.

10. No subas a la tribuna sin una causa justa que defender; no bajes de ella, sin la certidumbre de la dignidad cumplida.

El lorosaurio

CARLOS LUIS IBÁÑEZ

carlosluisibaez@yahoo.com

 

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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