CÚCUTA.- Los casi 30.000 aficionados que asistieron al General Santander, el 9 de marzo por la noche, estaban desconsolados, tristes y meditabundos, cuando de pronto ‘saltó la liebre’ desde el ángulo menos pensado y los pone a gritar, cantar y llorar.
Corría el minuto 92 del partido Cúcuta Deportivo – Deportes Tolima, correspondiente a la sexta fecha del torneo de fútbol profesional colombiano. En ese instante ocurrió el milagro que cada cual se lo achacará al santo de su devoción. El marcador y el tiempo daban para el reparto equitativo de puntos.
El argentino Soria, de magistral zapatazo al arco abrió el marcador para regocijo de presentes y ausentes. En el estadio el estallido de júbilo salto las tribunas y lo escucharon los vecinos y los que viven más lejos. Ese grito salió de lo profundo del cuerpo, y solo así puede ser porque es un gol motilón.
El técnico uruguayo Sanguinetti acomodó las líneas, no para defender el marcador positivo sino para aumentarlo. Adelante forcejearon Fígoli, Hernández y Uribe para cumplir los deseos del entrenador. No ocurrió así y los delanteros dilapidaron las opciones calaras que tuvieron para avasallar a la visita.
El medio campo cumplía las órdenes, marcaba, quitaba el balón, organizaba las jugadas para arrimar a los goleadores al arco, pegaban una que otra patada, recibían una que otra patada. Y los aficionados ahí, alentando, aupando, hinchando.
Estacio tranquilo, seguro, veterano, con reflejos a toda prueba, evitando que le anotaran el segundo gol en el torneo. Tuvo dos voladas para la foto, el recuerdo y la felicitación. Lo demás es deber cumplido.
Hasta que se dio lo que no se quería que llagara. El empate lo marcó Chará, descuido de la defensa, confianza de los mediocamapistas, despiste del portero, pifia del entrenador, silencio en los graderíos. Hasta las niñas bastoneras de la Caja quedaron atónitas, sin fuerzas para batir los pompones rojinegros, sin ganas para ponerse de pie y mostrar el uniforme corto de porristas y sin deseos de alentar a los jugadores con sus cánticos y brinquitos.
Las bengalas y las chispitas no podían devolverse para la casa. La Banda del Indio decidió prenderlas, montar el espectáculo pirotécnico, inundar de otro humo la tribuna Sur, animar el ambiente, quemar los restos de lo ganado en la semana y asustar a los tolimenses.
“El empate estaba pactado”, concluyó el compadre en el análisis postrero del partido. La afición pidió a Mendoza. Ojalá no se vuelva costumbre porque Stivenson puede sentirse grande y necesario para el equipo. Eso le daría dolores de cabeza a Sanguinetti. El hombre entró displicente, caminó la cancha, entregó mal el balón, regateó poco, no se juntó con los compañeros ni con adversarios, estaba ido del encuentro.
Pero así es el fútbol. El técnico le tiene fe, los aficionados le tomaron confianza, los rivales le están cogiendo miedo y los compañeros lo tienen por talismán. En el último de los tres minutos agregados tomó el balón, giró 360 grados y pateó. El balón tomó velocidad hacia la portería y los tolimenses tuvieron que ir al fondo de red para sacarlo y llevarlo al centro de la cancha.
Mendoza, en una inusual celebración corrió al banco, se sentó en la silla que ocupa como suplente, señaló el número que lleva a la espalda y compartió el gol con la tribuna. ¿Cuál es el mensaje? ¿Es una provocación al entrenador? ¿Es el agradecimiento a Sanguinetti por ponerlo a jugar 20 minutos? ¿Es el reclamo para que lo tenga en cuenta en la titular?
Al final, hombres y mujeres, niños y adultos, salieron satisfechos, con el corazón pegado al pecho, con la garganta irritada, con las groserías a flor de piel, con el regocijo marcado en el rostro, con muchas ideas dando vueltas por la cabeza, con ganas de beber cerveza, con la cartera vacía para cumplir ese último deseo.
Así es el fútbol, cuando lo imposible se hace realidad en un espabilar y más cuando se tiene de este lado a un jugador como Stivenson Mendoza. Próximo rival, Millonarios. En Bogotá nos vemos.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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