Verdes campos colorean la montaña de lo que un día fue Gramalote. A lo lejos se ve la torre de la iglesia aún en pie, en recuerdo de que allí existió vida. Quedan ilusiones, recuerdos y algo seguro es que siempre estará en la memoria de los gramaloteros.
Al aproximarse a las ruinas, a cada lado de la carretera aparecen los escombros cubiertos por ramas que han crecido con el paso del tiempo. Nostalgia y tristeza surgen por aquel pueblo maltratado por la fuerza de la naturaleza. Al ver las grandes grietas se siente crujir la tierra.
El crecimiento del tártago es equivalente a los cinco años trascurridos desde la tragedia y es la prueba de la maldición anunciada tiempo atrás. Una luz de esperanza se percibe a varias cuadras del parque. Al llegar, aparece el caserío donde habitan niños, adultos y abuelos. La pared de una casa deshabitada y a punto de caer conserva la placa que marca la división entre lo que la avalancha se llevó y la parte del pueblo que se mantiene en pie. La Lomita, dice el letrero.
Medio centenar de familias viven en ese sector y se niegan a abandonarlo. El terreno no es seguro y los habitantes prefieren quedarse ahí, bajo su responsabilidad, que salir. El amor por el pueblo que los vio nacer es más fuerte que el miedo y las adversidades.
“Llevamos tres años aquí, en La Lomita, y nada ha pasado. Aquí estamos y aquí nos quedaremos”, dijo uno de los residentes en ese lugar y resignado por lo que vendrá. El ambiente es agradable, se siente el calor humano característico de los gramaloteros. La Lomita es la esperanza del pueblo y ahí está el patrimonio de Gramalote.
Carretera arriba, a aparece el Instituto técnico Agropecuario que mantiene las actividades en normalidad. En una pequeña casa, frente al colegio, viven Irene Merchán y Cesar Rincón, raizares del municipio. Ayudan en el cuidado de la institución. “Al principio, sentía un nudo en la garganta y no tenía esperanzas, porque veía que arriba, donde iba a ser Gramalote, seguía el rastrojo igual”, dijo la mujer.
Muchos de los gramaloteros perdieron la ilusión al ver que no les daban soluciones a los problemas que afrontan desde el 17 de diciembre de 2010. Después de estudiar varios terrenos, se consolidó la construcción en la vereda Miraflores. “Después de este golpe tan terrible, de haber sufrido y de haber perdido tanto, ahorita estamos con mucha esperanza, porque vemos que Gramalote es una realidad”.
Irene Merchán habla y las lágrimas escurren por las mejillas al ver el proyecto de la construcción del nuevo Gramalote. “Debemos agradecerle al Gobierno, pues no tenía la obligación de darnos el nuevo pueblo, porque no fueron la guerrilla ni los paramilitares los que lo tumbaron, fue la naturaleza”.
Un punto a favor de los gramaloteros es que se generaron proyectos para la solución a la trágica destrucción. La tragedia se llevó las ilusiones del pueblo que soñaba con ver a los hijos crecer con las tradiciones ancestrales. La catástrofe provocó la división y la pérdida del calor humano. El anuncio de la construcción del casco urbano llenó de vida a hombres y mujeres.
El nuevo Gramalote es una realidad. Las familias esperan con ansias las obras. Esta etapa es un otro comienzo para la reconstrucción de lo inmaterial. “Dios nos cortó el palo, nos lo cortó muy feo, pero nos está dando algo mejor. Eso nos hace vivir con esperanza todos los días”. Irene es testigo de la realidad de la construcción del pueblo. La espera para los gramaloteros no es problema y están dispuestos a soportarla por ver el nuevo hogar.
Francy Liliana Urrea
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
Contraluz.CO Sólo Periodismo