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CRÓNICA. El contrabando llega en canoa

ARAUCA – Arauca.- Domingo 9:30 de la mañana. En el barrio Libertador está  ‘El paso de las canoas’, el mismo Malecón. Es un lugar a la orilla del río donde estacionan las canoas con motor y que parecen lanchas  pequeñas. Trasportan a la gente que quiere ir para El Amparo, pueblo venezolano al otro lado de la frontera.

Los transeúntes encuentran aquí el espacio ideal para dejar motos, carros y  bicicletas. Le pagan mil pesos a un joven por cuidarlas y se despreocupan del vehículo. Los cambistas de bolívares están separados  cada 25 metros y permanecen expectantes del que llega para ofrecerle la moneda venezolana. La  vendedora de café, avena, agua de panela y empanadas aguarda a los viajeros para ofrecerles los alimentos callejeros.

El Malecón  se divide en dos partes. El Paso Grande, adonde llega la gente.  La mayoría de araucanos pasa al otro lado del río para hacer compras, a comer carne a la llanera y a tomar cerveza, porque todavía les sale más barato. Desde El Amparo llegan hombres y mujeres con pollo, pescado, leche, avena, arroz, aceite, azúcar y más productos de la canasta familiar. El movimiento crece los fines de semana. El otro, es El Mirador, está  a 100 metros de este sitio. Allá están los canoeros que trasportan electrodomésticos, bombonas y mercancía grande en cantidad.

El Gobierno remodeló El Paso Grande, en el 2010, pero los trabajos no sirvieron. El abandono es notorio. La Alcaldía no dispone planes de limpieza y los vendedores tratan de mantenerlo limpio para que no se convierta en basurero. Cerca hay dos casetas desocupadas que los marihuaneros y los indígenas las usan para meter vicio.  Los vendedores hablaron con el Gobernador para que los dejara abrirlas. Respondió que el que pague $ 350.000  mensuales, por cada una, puede utilizarlas.

Las canoas  grandes (chalanas) tienen capacidad para 30 pasajeros. Al subirse reciben el salvavidas y pagan 50 bolívares o 500 pesos por el pasaje. Los problemas no faltan y corren por cuenta de los guardias. A un hombre le quitaron varias bombonas de gas. Dejó en el lado venezolano la canoa con la que trabaja y lo preocupa, porque los uniformados pueden decomisársela y no se la devuelven.

La labor de estos hombres, a veces, resulta complicada. “Cuando se les da la gana de joder a esos guardias no dejan trabajar”. En el 2014, un canoero murió cuando un guardia lo detuvo para quitarle la mercancía. No obedeció la orden, prendió el motor y huyó. El uniformado le disparó. El caso quedó así, nadie respondió.

Los contrabandistas compran herramientas al por mayor en una ferretería. La semana pasada, los soldados venezolanos agarraron a seis y se los llevaron para la marina. Les impusieron una multa de 30 millones de bolívares para liberarlos. No pagaron, aprovecharon un descuido de los militares y escaparon. Se tiraron de cabeza al río y los soldados descargaron los fusiles disparándole al agua. Un pescador que no tenía nada que ver con el problema recibió un tiro en una pierna. Nadie respondió.

Los domingos hay más tranquilidad, porque los uniformados casi no trabajan. Entre semana es diferente y “toca que estar en la jugada”. Funcionarios del consulado colombiano visitan constantemente el lugar. Pero los problemas no tienen solución. Del trabajo en las canoas se benefician más de 50 familias.

Son las 12:00 del día. El Mirador es el otro lugar donde están las canoas.   El techo de las casas es de cinc y las paredes de tablas. Unas, sirven como comedores;  otras, como cantinas, con cancha de tejo, equipo de sonido y enfriador para la cerveza. Cuando los canoeros terminan el trabajo, coronan la mercancía y tienen el día ganado se reúnen para celebrar.

La gente no llega con la expectativa de cruzar al otro lado del río. Viene en busca de los canoeros y entrega la lista de lo que quiere que le traigan de El Amparo. Al regreso, vuelven con lo que el cliente necesita y cobran la comisión. Los precios varían. Si es mercado, cobran $ 3000, si son electrodomésticos, va de $ 10.000 a $ 15.000.

Así funciona el paso de las canoas en Arauca, ciudad capital.

YORDY MEDINA

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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