El presidente Gustavo Petro se comporta como niño caprichoso que quiere una cosa y si se la niegan, entonces, quiere otra y así sucesivamente. No para de hacer inventos para mantener distraída a la opinión que se desgasta en discutir cada ocurrencia presidencial.
La reforma laboral no fue aprobada como la propuso el ministerio del Trabajo, entonces, apareció el decretazo convocando a consulta popular que, a todas luces, no cumplía con la normatividad vigente, no obstante, las extensas explicaciones dadas por el último paracaidista de este Gobierno, el ministro de justicia Eduardo Montealegre, o el ministro del interior Armando Benedetti. Ninguno logró convencer ni al Congreso de la República, ni a los ciudadanos con argumentación categórica.
El Congreso rescató esa reforma. La votó, aprobó y concilió, quedando muy parecida a la del Gobierno, razón por la cual el decretazo fue derogado y con ello cesó la amenaza de enjuiciamiento por prevaricato, tanto al Presidente como a los ministros obligados a firmar. En el entretanto, se propuso también con autoría del recién llegado al cargo de ministro de Justicia, una asamblea constituyente respaldada por la firma de ocho millones de colombianos. Otra vez, sin que se cumpliera ninguno de los preceptos que existen para tal convocatoria.
La discusión, también, se dio en muchos estrados y escenarios. Esa no es una fórmula viable para modificar la Constitución colombiana que apenas tiene 34 años, que no se ajusta al pensamiento del actual Presidente. Se recuerda que esa carta magna que nos gobierna tuvo presidencia colegiada y uno de los miembros perteneció al M-19, movimiento guerrillero del cual emergió Petro y que no ha olvidado. Por eso, de cuando en cuando, saca la bandera de ese grupo que, sin embargo, hace pocos días la cambió por una de muerte.
En días más recientes nombró en el alto cargo de jefe de gabinete ministerial a Alfredo Saade, quien se presenta como ministro de algún grupo religioso, no reconocido como tal por algún movimiento cristiano. El asunto es que se impuso a la canciller Laura Sarabia, desconoció su criterio con relación al asunto de los pasaportes, estando de acuerdo con el Presidente y todo parece indicar que este documento internacional será fabricado en Portugal. Antes, se dijo que los haría la Imprenta Nacional. Solo fue un invento de pasillo. Al final, esta situación desembocó en la renuncia de la Canciller, quien expresó en la dimisión: “en los últimos días se han tomado decisiones que no comparto y que, por coherencia personal y respeto institucional, no puedo acompañar”.
Todos los días tenemos un nuevo tema escandaloso, sin que se haya resuelto el anterior. Entre otras cosas, hay un manto de dudas serias en relación con el viaje de Petro a Manta (Ecuador) que con justicia merecen ser despejadas. Se acerca el año final de esta administración y la esperanza para quienes todavía creen en ella es que la dirección que se imponga a los asuntos del Gobierno sea la correcta. Con tantos y repetidos bandazos, es poco posible.
- O. Pabón
@paboncito
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