En un mundo dominado por los intereses particulares, donde priman la individualidad, el egoísmo, la insolidaridad y la corrupción hablar de ética significa ponernos en un plano superior. El origen de la ética, cuyo fin principal es el estudio de lo correcto o equivocado del comportamiento humano, sabemos que se remonta a la antigua Grecia, donde el gran Platón inició la reflexión filosófica, pero que hoy se ha desvirtuado.
Y ese cambio drástico en la sociedad infortunadamente se produce en el mismo seno familiar. Ejemplos muy claros que nos indican el comportamiento ético: cuando el padre envía a decir a los hijos que no se encuentra en casa los enseña a mentir; cuando el padre o la madre es infiel, enseña a engañar; cuando el padre o la madre se ufana y le enseña a los hijos a vender productos con exageradas ganancias, le enseña a explotar; cuando un padre, vinculado al sector oficial mediante contratos aumenta los precios de los materiales, o usa unos de menor calidad, enseña a ser deshonestos.
Son tantos los modelos que evidencian la enfermedad mental de la sociedad que estos socavan el inconsciente y los niños, por ser más vulnerables y receptores, asumen como naturales. Una sociedad en la que prima el preconcepto de que “todo vale”, de “el fin justifica los medios”, no puede menos que minar lo más sagrado: la moral.
Relacionándose con otras disciplinas, como la antropología, el derecho, la sociología, la sicología, la ética marca el camino del bien, del accionar humano para llevarnos a comportamientos deseables, acordes con la naturaleza del hombre como ser inteligente y dominante del mundo.
De allí la observación de la ética normativa, o deontología, que nos enseña que hacer el bien es nuestro deber. Y en esto último radica que Colombia vaya quitándose de esos puestos deshonrosos de corrupción.
Asumamos que es nuestro compromiso moral que las actividades propias, rutinarias de nuestro trabajo o familiares deben estar enmarcadas dentro del bien, sin menoscabar a otros, sin explotar, sin robar.
Y un papel preponderante lo tiene la educación. Hay que reforzar la ética en las instituciones, hay que darle la importancia merecida, inculcar desde la primera infancia todos los principios que favorezcan al mayor número de personas y no a unos cuantos.
No sigamos al pie de la letra lo que escribió Platón, en La República, que solo a los gobernantes les pertenece el privilegio de mentir, a fin de engañar al enemigo o a los ciudadanos en beneficio del Estado. Pareciera que nuestros gobernantes estuvieran apegados a estos pensamientos y la virtud y la moderación en la vida no fueran conocidos por ellos.
Isbelia Gamboa Fajardo.
Foto: ABCpedia
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