El último golpe de mano del congreso liberal demostró lo cíclica que es la Constitución, a sus 20 años de edad. César Gaviria, expresidente de Colombia, en 1991 tuvo la dicha de presentar como hecho patriota el nacimiento de la nueva Constitución. Dos décadas después, su hijo Simón, además de ser el presidente de la Cámara de Representantes es nombrado jefe del Partido Liberal. El cuerpo colegiado autor de la Constitución de 1991, seguramente, nunca pensó en la colcha de retazos en que se convertiría la carta magna de los colombianos, construida desde divergentes ópticas.
La deshilachada colcha ha sido objeto de muchas enmiendas, aprobadas con el quórum necesario y a pupitrazo limpio (a veces antes de ir a la cárcel), especialmente, en el régimen anterior en el que se ferió significativamente la riqueza mineral del suelo patrio, sin medir consecuencias.
La democracia colombiana, compuesta por votantes y abstencionistas, mantiene los restos de la Constitución, pues hasta la tutela ha sido amilanada por la aparición de la regla fiscal (Ley 1473 de julio 5 de 2011), normatividad que dispensa los pagos o restituciones monetarias cuando sea el caso.
Teniendo en cuenta los 20 años de la Constitución, queda pendiente el estudio profundo sobre la realidad colombiana para apartar lo político e ideológico de lo económico. No puede un pueblo, amparado en una Constitución, ir perdiendo cada día sus valores, principalmente desde el económico hasta los más excelsos, siguiendo en la teoría, en el debate sin final, dando palos de ciego cuando la realidad económica es de mucha riqueza. Deben replantearse la tradición y la práctica efectuada hasta ahora, en la que ha primado lo sublime, haciendo piruetas ideológicas para mantener dormido al pueblo. Pero, qué de la plata para salud, educación, vivienda y para la satisfacción de necesidades básicas? (Entre otras cosas los universitarios no fueron al congreso, porque la unidad nacional, promotora del blindaje del gobierno de turno no les aprobaría nada de las peticiones de carácter económico en el Senado y por eso decidieron cambiar el ciclo).
Estas escaramuzas son evidentes y han sido logradas desde la Constitución para hacer leyes en contra del pueblo. Por ejemplo, la Ley 100, que ha producido más muertes, con paseos incluidos, que el conflicto armado, beneficiando a los dueños de los grandes negocios desde la salud, quienes algunos fungen como honorables senadores de la república. Esto, sin pensar en la reelección automática con notarías a bordo, pues todo vale.
Cambiar el ciclo de lo ideológico a lo económico es como iniciar la nueva creación: la tierra, la madre tierra (Koguis) origen y medio ambiente, principio de la vida y a partir de ella, las normas para que la tierra siguiera adelante y diera asiento a la evolución humana, debe convertirse en el punto de partida de la nueva Colombia por construir. Partiendo de ese concepto se podrá entender lo público, cambiándose el ciclo de la privatización que inició hace 20 años, en que el Estado empieza a perder la dimensión de lo público para que unos pocos usufructúen la gran riqueza desde la administración que debería ser pública.
Los colombianos, por la educación básica, deben saber de las riquezas materiales contenidas en el país, cambiar el ciclo en el que apenas el 5 % de los habitantes maneja la información de la riqueza natural y con esta solo piensan en explotación para exportar sin pensar siquiera en las grandes trasformaciones que aquí mismo se pueden dar a esta materia prima.
La Constitución es cíclica, favorece a quienes la hacen girar sin perder el control político, porque los giradores saben toda la riqueza que debe esconderse desde lo político. Entonces, Colombia seguirá disputándose el primer puesto en inequidad con Haití o Angola, cuando se obliga a vivir con el neoliberalismo aplicado para pendejos. Así, hace 20 años se anunciaban el revolcón y la apertura económica. Hoy, hay revolcón, pero de ríos y montañas acabando con la infraestructura con escaso o nulos avances para entrar al mundo competitivo del TLC.
EUGENIO PACÍFICO CARRERO
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