CÚCUTA.- A la entrada, la primera sorpresa la da la calculadora Monroe, que data de 1927. La máquina aparece antigua, pero no vieja, y arranca palabras de admiración por el valor que representa. Alguien la guardó en casa con cuidado y ahora está expuesta como reliquia en el Museo de Desarrollo Tecnológico.
Darle rienda suelta a la idea que surgió en el salón de clase de la Universidad Simón Bolívar demoró dos años. Mientras trascurrían los meses, los estudiantes avanzaron en concretar el montaje y buscar las piezas que conformarían la exhibición. Solo faltaba el permiso y al final se consiguió.
La inquietud de los jóvenes, guiados por el ingeniero y docente Frank Sáenz, tenía como finalidad conocer la historia de la tecnología, profundizar en el conocimiento de esos elementos que sirvieron para la comunicación y hacer un recorrido en el tiempo para proyectar el futuro.
En un salón del primer piso de la institución de formación superior están los 66 objetos que permiten volver al pasado para comprender el presente.
Improsistemas, el Sena, la biblioteca pública y algunas empresas se vincularon a la consolidación del museo con el aporte de aparatos que tenían arrumados o que estaban el borde de ser declarados chatarra. Los promotores del espacio los recuperaron del cajón de la basura y hoy están elegantes metidos en las vitrinas de exposiciones.
El barrido histórico comienza con la primera etapa, en la que se entiende que la tecnología parte desde el hombre de las cavernas. En los estantes aparecen cuadernos de los 60, con tablas de multiplicar; libros en los que una generación atrás aprendió a leer y tableros con tizas de colores en los que se conocieron las operaciones matemáticas. Están detenidos en los años.
Antes de la llegada de los computadores los cucuteños disfrutaban el aprendizaje en globos terráqueos, mapas coloridos, enciclopedias y textos con portadas duras. Escuchaban música en tocadiscos, se enteraban de lo que ocurría en el mundo en radios de tubos y escribían en máquinas de escribir manuales.
La televisión era en blanco y negro, las cámaras fotográficas usaban rollo, las copias se sacaban en mimeógrafos, los teléfonos eran grandes y pesados, los mensajes se enviaban por telegrama y todavía se escribían cartas.
El primer asomo tecnológico se vio con la aparición de los buscapersonas, aparatos que trasmitían mensajes inmediatos sin importar la distancia. Llegaron los betamax que revolucionaron el cine en casa, los videojuegos se hicieron populares, la música se grabó en casetes y los equipos de sonido los combinaron con los discos en acetato.
Hasta que se conocieron las primeras computadoras con disquete, la telefonía se volvió celular, los discos compactos se acompañaron de los discman, las películas aparecieron en DVD, las impresoras comenzaron a hacer ruido en las oficinas. El mundo de la informática se abrió paso.
A la generación actual le correspondió navegar en el ciberespacio. La internet revolucionó la comunicación. El escáner dejó atrás a las fotocopiadoras, surgieron las impresoras de tinta y las multifuncionales, el láser tomó asiento entre los inventos, la tecnología se volvió audiovisual y surgieron las redes sociales.
Ese recorrido por el ayer de las comunicaciones demora 30 minutos. El visitante al Museo de Desarrollo Tecnológico sale con el pensamiento puesto en el pasado y proyectándolo en los años.
La despedida obligada es otra mirada a la calculadora Monroe para compararla con las funciones que tienen los teléfonos móviles que reúnen al mundo en un aparato de 10 centímetros de largo, por 6 centímetros de ancho y un centímetro de alto.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Fotos: MARIO CAICEDO
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