CÚCUTA.- A las 4:00 de la mañana, Maluma sale a trabajar. Tiene al cuidado cuatro CAI en Cúcuta, Los Patios y Chinácota. En la noche o en días de descanso, canta.
Sentado en las afueras de un gimnasio de Los Patios, espera la salida de la hija del jefe, para salvaguardarla de cualquier peligro. Mientras la joven termina los ejercicios, Maluma observa a quienes entran al establecimiento. Tiene la mirada perdida y los parpados denotan cansancio.
Viste pantalones y camiseta deportiva grises, franelilla negra y zapatos blancos. Esa noche recordó el día que viajó de Medellín, lugar donde nació hace 21 años. Los padres y los hermanos se quedaron en la ciudad de la eterna primavera, no quisieron conocer la capital del pastel de garbanzo.
En Cúcuta vive con la abuela, quien está orgullosa del trabajo que cumple y lo espera para darle de comer. No le gusta que lo llame cuando está en cumplimiento del deber, porque las mujeres con las que comparte el día son celosas y cansonas.
Maluma tiene un objetivo claro y las mujeres no están en ese paseo. “Uno trabaja y hace los deberes, después, uno puede ver a la mujer, la novia o lo que tenga. Si debo esperar 15 días para verla, espero. El deber me llama y eso es lo importante”.
A los 8 años, descubrió su carisma artístico. Hoy, ofrece conciertos en Cúcuta, acompaña los cumpleaños o los festejos de la ciudad. Mide 1,70 metros, lleva el cabello teñido en rubio con rayos azules, largo en la parte superior de la cabeza y rapado a los lados. Está peinado al estilo ‘lamido de vaca’.
La lluvia se insinúa. Maluma decide acabar la conversación y propuso un segundo encuentro en la sede de la Gobernación de Norte de Santander, su otro lugar de trabajo. No siempre está en tarima, escribiendo las letras de las canciones o en plan de conquista. También, es inspector de Policía y ejerce esa función desde el palacio de la Cúpula Chata.
El nombre real es Luis y pocos lo saben. No le gusta estar atado a nada y la libertad es su mayor ambición. No le gusta que lo manden y cada palabra que sale de la boca la dice con seguridad y firmeza. Le encanta visitar a los amigos para comentarles lo que hizo en el trabajo y hablar sobre temas de interés.
Es apasionado por la política, dice que los jóvenes deben ejercer el derecho al voto, porque obtienen beneficios y serán los protagonistas del futuro. Le disgusta lo que murmuran del alcalde de Cúcuta, César Rojas y lo tiene clasificado como un hombre diferente, amable y respetuoso, que le cuenta experiencias que nunca esperó que le confiara.
Para ser el inspector de Policía prestigioso que es pasó por muchos trabajos. “Fue duro, pero lo importante es lograrlo y aquí estoy”. La mirada acusa fatiga y de la frente bajan gotas de sudor. Sin pudor las limpia con la mano derecha.
Primero fue servidor público, después mensajero y luego subcontralor de Norte de Santander. El tiempo que lleva en los cargos ha sido grato, se siente a gusto y espera seguir ese sueño. Quiere llegar a ser coronel de la Policía, inspirado en el ejemplo de su jefe Rodolfo Palomino. Los compañeros de la institución le permiten estar a gusto en el puesto de trabajo, así al final termine destrozado.
Cumplirle a la comunidad es el deber más grande como inspector de policía. Ubicado en la esquina de la avenida 5 con calle 13, ronda los parqueaderos de la Gobernación. Luce camisa de vestir manga corta de cuadros azules con blanco, pantalón de dril ajustado con correa y corbata.
El respeto es el mayor valor para Luis y ha notado que los cucuteños no se burlan tanto de su función. Ahora, el cariño de la gente es motivación para trabajar y luchar por la ciudad. Ahí está para ayudar y velar porque haya seguridad en las calles.
No opina acerca de la crisis humanitaria que afronta el departamento por la llegada de migrantes, no quiere sonar xenófobo y tampoco excluir a “los nuevos habitantes”, como los llama. Tampoco quiere tener conflictos con nadie.
La mirada somnolienta y despistada deja ver los ojos aguamelados, que resplandecen al hablar del trabajo. Eso es Luis o Maluma, como lo llaman. Un hombre que no se cansa de vivir al límite. Sin importarle el qué dirán trabaja como inspector de policía, aunque la gente diga que es mentira. No deja de madrugar para asistir a la Gobernación y continuar en el mundo que imagina y disfruta.
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