CÚCUTA.- El joven de cabello afro y estatura mínima cruza la calle para asistir al primer día de trabajo en la barbería de Medina. Se siente nervioso. La melena le cubre parte de rostro y evita el contacto visual directo. Al entrar el aire se cuela por la puerta y el salón conserva algo del frío que acompaña el amanecer.
Medina, hombre cordial, asoma el brazo derecho a través de las cortinas artesanales. El sencillo movimiento hace que los cascabeles resuenen en el recinto y el singular Ildefonso se estremece. Lo recibe con un cálido y respetuoso abrazo para darle tranquilidad.
La facultad de maraquero que sus piernas apropiaron empieza a fallar, el joven se siente como en casa. La mujer de Medina lo recibe con simpatía y la sorprende el particular peinado del nuevo peluquero. Acaricia con suavidad los rizos que se le escapan del afro deslizándoseles por la frente y ahí, en ese momento, el minúsculo Ildefonso es bautizado por la mujer.
- Usted está como muy pequeño. Preste para acá ese pelo y le ponemos chipolo.
Así, Chipolo inició la fructífera profesión en el arte del diseño, limpieza y corte de la cabellera. Sin mayor instrucción y menos educación en ese campo, nació con manos de artista. Bajo la experiencia de los reconocidos peluqueros Pedro Herrera, Antonio Contreras y Medina se adiestró como profesional.
El corto, pero significativo conocimiento adquirido en aquellos claustros de peluquería, le permite conocer amistades para la vida. El reducido número de barberías con que contaba Cúcuta a finales del siglo XX, hizo que los conocidos fueran amigos de todos. Llega a usar la ingeniosidad del arte en las cabelleras de Eustorgio Colmenares y los dos hijos, y Cicerón Flórez, sin dejar atrás el compinche con dos cantantes, fieles compañeros de cerveza.
Las ingeniosas manos con que Dios lo ha provisto, le dan la idea de forjar el éxito por camino propio. El agraciado y singular Chipolo abrió las alas, o, mejor dicho, las tijeras, y dio inicio a un sueño con el que se ha sentido a gusto por mucho tiempo.
Un sector del centro de la ciudad, en donde todo giraba en torno al comercio, pasó a ser el objetivo de aterrizaje para ese sueño de Chipolo. A las cortas dos décadas de edad que le respaldaban en ese momento, alquiló un local. En la avenida tercera entre las calles 12 y 13 está el edificio Berti. En el primer nivel, Ildefonso materializó el propósito que lo mantuvo inquieto. La que ahora es la morada del singular peluquero se llama ‘Rosetal Chipolo’.
La parranda será leal a Chipolo hasta la muerte. Cuando los compinches lo visitaban se parqueaban en los llamativos carros, en la avenida tercera, y esperaban impacientes que apareciera el pequeño afro. En compañía de los aclamados autores de boleros Tito Cortés y Olimpo Cárdenas disfrutaban de buena cerveza y preciosas amigas en las riberas del Zulia.
Cuando se es criado en tiempos de familia, trabajo y lucha, se ignoran vicios y se aman otras ocupaciones. Ildefonso se enamoró perdidamente de un ser que le arrebató noches y le ocupó pensamientos. En bulliciosos lugares, en los que la ley de las alas y el pico les da riqueza a unos y desaires a otros, Chipolo lleva los copetudos hijos de adopción.
Ademanes de imponentes picotazos, se arman en un baile mortal del que violentos pequeñuelos son protagonistas. Chipolo se distrae con el arte de mutilar y la divide con ferviente pasión de avivar instintos galleros. Sin darse cuenta se ve inmerso en este mundo y pasa de ser espectador a entrenador.
Adopta a los pequeños luchadores ‘Veneco’, ‘Maquinista’, ‘Tractor’ y ‘Liso’ para ser los protagonistas de vehementes triunfadores. La pasión que le brindan esas singulares criaturas, le recuerdan el espíritu que lo movió para sacar a los hermanos adelante. El alma de los gallos se asemeja a la propia, inquieto por triunfar, sediento de lograr lo propuesto y hambre de triunfo.
La vida empezó a otorgarle efusivas razones para continuar la parranda. Es considerado enamorado de la vida, los gallos y las mujeres. Disfrutó de lo que hacía y se tomaba la vida como constante celebración.
En alguna de aquellas embriagantes amanecidas de fiesta, se golpeó el corazón contra la vida de una fémina. Aquella mujer se enamoró de la apasionante personalidad de Chipolo. Los oscuros ojos del hombre le parecen profundos. El desorden del cabello afro le enciende el corazón y la familiaridad del ser, le completa el paquete.
Mercedes Ojeda considera como un gozo y una desgracia el amor del minúsculo Chipolo. Este hombre tiene la capacidad de amar a todas igual que a una, y aunque solo ha querido con sinceridad a Ildefonso, esta mujer no perdona los ademanes de conquistador. Afirmó que maneja el amor con la maestría que las diestras manos mutilan la melena.
En el legado que siembra, casi completa una ‘catorcera’, pues ha dejado a ocho descendientes de catre y cinco de feria.
Transitar por el andén de la avenida tercera amerita un saludo al tierno y singular Chipolo. Verle los saltones ojos da la impresión de calidad. Es amigo de todos, alberga la afabilidad del mundo en el pequeño cuerpo y asevera la gracia de la sonrisa en pro de la conquista.
El septuagenario Chipolo, lleno de experiencia y regocijo, continúa el sueño que lo llevó a abrir las puertas del salón. La peluquería unisex sigue en el sitio que nació, con el nombre del fundador y marca la historia como una de las mejores y antiguas de la ciudad.
Ildefonso Rincón, bautizado Chipolo por la cabellera de juventud, hoy no sirve como mutilador. El cuerpo le ha fallado, pero el espíritu sigue ardiente. Si se pasea por la zona del Rosetal, se saluda a Chipolo, el gallero, peluquero y conquistador.
VANESSA PÉREZ
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Contraluz.CO Sólo Periodismo