SAN CRISTÓBAL – Venezuela.- En algunos documentos del episcopado latinoamericano, se suele acudir a la imagen de los “rostros” para hacer mención de quienes sufren, los pobres, los excluidos y los menospreciados. Son aquellos a quienes el Papa trata de defender de manera especial en esta cultura que él denomina del “descarte”. Cuando buscamos alguna imagen bíblica para poder entender quiénes son, una de ellas que sale a nuestro encuentro es la de Lázaro, el pobre despreciado por el Rico Epulón, en la parábola presentada por Lucas (cap. 16).
El evangelista relata la enseñanza del Maestro al presentar la conducta terrena del rico que no quiere darle de comer ni siquiera las migajas de pana caídas de su rica y abundante mesa. Frente a él, el menospreciado Lázaro quien parecía sólo tener el consuelo de los perros que se acercaban para lamerle las llagas.
Mueren ambos, pero el destino no es el mismo. El pobre menospreciado y “descartado” está en el seno de Abraham; mientras que el rico Epulón ha caído en las fosas del infierno. Pide ayuda ante la sequedad de esa experiencia de mal eterno. Abraham le responde diciendo que es imposible, pues hay un abismo de distancia entre ambas situaciones. Y le reclama: no hiciste el bien con Lázaro, quien ahora sí disfruta del auténtico consuelo. Ante esa realidad pide Epulón le mande a los suyos a Lázaro para advertirles y se puedan convertir. Sabemos la respuesta de Abraham: “tienen a Moisés y a los profetas”… Epulón insistirá que a lo mejor Lázaro, quien ya ha muerto, podrá convencerlos. La última respuesta es dura: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.
Esta parábola puede servir para muchas reflexiones. Pero podemos ver tres ideas que nos puedan ayudar a sacar algunas conclusiones. Una primera es el reconocer cómo hoy hay muchos que pasan por la experiencia de Lázaro: con sus rostros marcados por el “descarte” y la exclusión. Hoy nos conseguimos con muchos Lázaros: no sólo entre los pobres por situaciones materiales. Lázaros son los inmigrantes despreciados por quienes se creen dueños del mundo; Lázaros son los enfermos de sida y despreciados por su condición de salud; Lázaros son los que han caído en la drogadicción y han sido convertidos en esclavos; Lázaros son los excluidos de la sociedad por pensar diversamente de los poderosos; Lázaros son todos aquellos que no gozan del bien común y están siendo esclavizados en trabajos dirigidos por mafias: los mineros de tantos sitios que enriquecen a unos pocos, las prostitutas, los niños y jóvenes que son arrastrados hacia la delincuencia sin conocer aún el verdadero sentido de su existencia, los niños y adultos tratados como mercancías baratas en el tráfico de personas… Ellos ni siquiera pueden gozar de las migajas que van cayendo de las mesas de los opulentos negociantes con la vida humana.
Por otro lado nos topamos, a veces hasta con indefensión, con muchos Epulones que se creen dueños de la economía, de la política y de la cultura, así como de la vida de tantos hermanos. Epulones son los traficantes de droga que con su comercio de muerte destruyen ilusiones y esperanzas de tantos jóvenes y familias; Epulones son los que negocian con la prostitución y la pornografía; Epulones son los corruptos, cualquiera que sea su ideología y condición social, pues se consideran “puros” y son opresores de mucha gente; Epulones son quienes promueven las diversas maneras de violencia y hacen de la delincuencia su razón de ser; Epulones, son los mafiosos que se dedican a tantas maldades para su provecho personal: los contrabandistas, los delincuentes de cuello blanco, los que piensan ser amos de la justicia y de la convivencia ciudadana. Son muchos los Epulones que se dan cita en el mundo de hoy: los traficantes de personas, los vendedores de armas, los que promueven las guerras, los que no respetan la dignidad de la familia, los que asesinan a niños en el vientre materno.
Una tercera idea, nacida del texto evangélico, nos orienta a decirles que hoy en medio de ellos hay muchos, al estilo de Moisés y los profetas, dispuestos a anunciarles el verdadero camino. Más aún, uno sólo es el camino: Cristo. Esto tiene una consecuencia clara en el campo evangelizador: por ser discípulos y misioneros de Jesús, nos toca ir hacia esos Epulones y predicarles el Evangelio de la Vida y de la Verdad, buscando mover sus corazones y hacer lo posible para su conversión. No tiene que resucitar ningún muerto, pero sí hay un Resucitado que nos ha enviado a hacer ese trabajo. Y hacerlo con suma insistencia para hacerles ver su situación… eso sí, sin miedo ni timidez, sino con decisión y sabedores de poseer la fuerza del Espíritu. Pero, a la vez, se trata de ir donde tantos Lázaros para hacerles sentir la ternura y la misericordia de un Dios que quiere abrazarlos con nuestra solidaridad y fraternidad. Es una tarea que es mandato a la vez, pues es la manera cómo podremos ser identificados cuales discípulos del Señor
En esto consiste el “noble combate de la fe para conquistar la vida eterna”, recomendado por Pablo a Timoteo. Con ese testimonio, entonces podremos cantar con el salmista, “la misericordia del Señor es grande”.
MONSEÑOR MARIO MORONTA
Obispo de San Cristóbal
Prensa DiócesisSC.-
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