CÚCUTA.- Altivo, con la mirada fija en el arco, como si estuviera a punto de cazar alguna presa, y con entereza ha estado durante 47 años en la glorieta de la Terminal de Transportes, al costado occidental donde inicia la subida a la Ciudadela Juan Atalaya. La figura del motilón hace honor a los indígenas que habitan en El Catatumbo. Reciben el nombre de motilón, porque los motilaban con una chícora y una piedra, y bari, porque en los años 60, los antropólogos comenzaron a decirles así y tiene una significación.
La representación es obra del maestro Hugo Martínez (1966), proveniente de Bogotá. El padre Rafael García-Herreros presentó la propuesta, en 1962, y tres años después el Concejo de Cúcuta la aprobó, mediante el Acuerdo 06 del 13 de febrero. Por el tamaño del formato, la armó por partes, por bloques. La escultura tiene un problema anatómico. El indígena tiene la mano derecha en el abdomen y la izquierda sostiene el arco, nunca un motilón dispara una flecha de esa manera.
Los escultores César Herrera Rugeles y Rodrigo Durán, se encargaron de mejorar el monumento. Hicieron el estudio del color de la piel de los indígenas para que quedara parecido a la realidad. La restauración incluyó reparaciones para que el agua no perforara la escultura
La historiadora de la biblioteca pública señaló que en la región no hay indígenas motilones, sino barí. La palabra motilón fue dada por los españoles al llegar a estas zonas, porque ciertas características del caballo. En su parecer la escultura no corresponde con las características físicas de los barís. El indígena es de estatura baja, mientras que el representado en la escultura es blanco, de cabello corto y corpulento.
“Si lo que queremos es reivindicar nuestra cultura, tendríamos que empezar a hablar de indígenas barí”, señaló. La comunidad barí habita en la zona de El Catatumbo, son de familias lingüísticas chibcha y los territorios llegaban hasta Pamplona. Como no hay un estudio arqueológico serio no es posible determinar si efectivamente es así. Algunos relatos dan cuenta de que algunos colonos se quejaban por las continuas intromisiones de los indígenas y les quitaron el territorio.
La Ley 80 de 1931, fue otro duro golpe a los indígenas. El Gobierno ordenó la exploración y explotación petrolera en la región y concedió a la Concesión Barco autorización para tomar todo tipo de decisiones en los terrenos para evitar intromisiones de los barís. Las compañías pusieron cercas eléctricas y muchos nativos se electrocutaron. Otros comentarios dan cuenta de que les daban sal envenenada y les quemaron los bohíos.
Cada bohío tenía un significado jerárquico. Era ocupado hasta por 50 indígenas, dormían en hamacas, cuya ubicación respondía a la organización social barí. El cacique se ubicaba en una parte y las mujeres y los niños abajo. Los caciques llegan a ese rango por capacidades y habilidades que resaltan sobre el resto de la comunidad.
El territorio, si lo comparamos con el de principios del siglo XX, ha disminuido en 70 o 80 por ciento. Y quedan solo dos resguardos Motilón Barí y Catalaura. La cultura es de otra cosmovisión. No piensan en lo material, tienen otra manera de ver el día a día y los intereses son distintos.
La escultura será remodelada cada vez que la alcandía así lo vea necesario.
HUGO RODRÍGUEZ
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: www.flickr.com
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