CÚCUTA.- “No. No es suficiente, para mí no es suficiente”, de esta manera Leonor Caicedo Quintero expresó con la angustia reflejada en el rostro cómo vive en la Perla del Norte, que solo ofrece su atractivo remoquete, pero escasas oportunidades laborales. Trabaja en un taller de calzado, es la limpiadora de la mercancía y entrega el producto finalizado para venderlo en otras ciudades. El horario es de casi 12 horas y a la semana solo gana entre $ 100.000 y $ 150.000, insuficientes para cumplir con las obligaciones en el hogar.
La ciudad fronteriza está abandonada por la falta de apoyo de los venezolanos, que con facilidad pagaban muy bien por los servicios ofrecidos por los cucuteños. Debido a este problema, ocasionado por el cierre del paso por los puentes internacionales, la crisis financiera ha llevado a hombres y mujeres a regalar el trabajo por unos cuantos pesos.
Aun sabiendo que Cúcuta es una de las ciudades con la mayor tasa de desempleo en Colombia, el Gobierno no gestiona estrategias para mejorar la calidad de vida de los habitantes, que en medio del trance toman como última instancia el rebusque y el trabajo informal.
El Dane reveló que el desempleo aumentó, en el 2016, al 11,9 por ciento, superior al 2015 de 10,8 por ciento. Cúcuta tiene 15,3 por ciento de desempleo en la tasa anual. Los problemas económicos y sociales que viven los cucuteños vienen de años atrás y no recae toda la culpa en el Gobierno, sino también en la falta de motivación de los cucuteños para acceder a una buena educación.
Entre los trabajadores mal pagados de la región están carpinteros, albañiles, cocineros, meseros, vendedores ambulantes, celadores y comerciantes informales. La necesidad ha llevado a que se ejerzan estos oficios por precios bajos, ocasionando que se desvaloricen estas ocupaciones que reflejan riesgo, dificultad, inseguridad y peligro permanentes.
La economista Carolina Marín indicó que el Gobierno no ha generado una política integral que brinde oportunidades y acciones serias y encaminadas a superar la crisis. “No es un tema fronterizo”, dijo y responsabilizó al Gobierno. “El estado en el que se encuentra la economía de Cúcuta es el punto de partida para generar empresas propias de la región”.
Yolanda Rozo, tiene 45 años, curso hasta cuarto grado de primaria, es oriunda de Tibú. Creció en una familia de escasos recursos y afrontó la situación de violencia de los años 80 en El Catatumbo. No pudo continuar los estudios por temor a ser reclutada por las bandas criminales que operaban en ese territorio. La abuela la enseñó a cocinar y a tener amor por la cocina. Desde joven prepara deliciosos platos y con el paso de los años empezó a ejercer la labor. Inició en un restaurante popular de la ciudad, ganaba $ 5000 por día, insuficientes para los gastos personales. Consideró que este oficio ha sido uno de los más desagradecidos y mal pagos.
“Uno se quema las pestañas cocinando todo el día y no tiene la gratificación de un buen sueldo. Siempre somos tratadas como las ‘quecas’ de la casa”. Sigue como cocinera, nunca ha recibido prestaciones, seguros y mucho menos ARP. Está insatisfecha por la desvalorización del oficio.
En los diferentes centros comerciales las jornadas de los empleados se extienden hasta la noche y el pago es el mismo. Erika Contreras ha trabajando seis años en El Oiti, tiene horario de receso para el almuerzo y solo dos oportunidades para ir al baño, con tiempo establecido. Mantienen 12 horas o más de pie y con el compromiso de generar buen servicio.
Así como estos trabajadores, muchos más llevan una rutina diaria, a veces aburrida y otras veces motivada para ganar el pan diario sin importar los riesgos. Están dispuestos a continuar en el trabajo a pesar de la poca paga que reciben.
ANGIE PINTO – LEIDY RODRÍGUEZ – KARLA GARCÍA – VÍCTOR ZÚÑIGA
Estudiantes de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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