El Joven
Provincia de García Rovira. En aquel tiempo, Carcasí (Santander). Hijo de Purificación Carrillo, soldado en la guerra de los Mil Días, y Romelia Mejía, ama de casa consagrada. Cuarto de seis hermanos. Nació el 26 de febrero de 1918. Es delgado, endeble, ojos marrón claro, rozagante y lleno de vida.
Solo unos meses después y a raíz de una caída, el golpe en la cabeza deja una secuela en su mirada. El ojo izquierdo desvía la dirección natural, hacia el centro de la cara con constante foco en la nariz. Usa el derecho para valerse, para tomar fotografías. “No fue impedimento, tocaba a lo verraco”
Purificación y Romelia viajaron a Floridablanca (Santander) con la descendencia. Los muchachos aprendieron algún oficio. José Purificación Carrillo Mejía se inclinó por las artes, escribe poemas al amor, a la vida y a la bohemia. En cualquier sitio popular declamaba sus creaciones, ganaba así el favor de quien lo escuchara.
A los 18 años, consiguió dinero al trabajar como jornalero, compró una cámara de trípode, las de telón negro para evitar la entrada de luz desde atrás. “Me fue bien”. La fotografía era una rareza, la demanda del producto era alta, al igual que el precio. Los retoques eran análogos, al ser monocromáticas podían colorearse con tintas especiales.
Los gajes del oficio lo llevaron a pasear de pueblo en pueblo. El negocio debía expandir su alcance. En Zaragoza (Antioquia) conoció a Policarpa Rodas, quien tenía un retoño, Alberto. Se enamoraron, vivieron juntos y concibieron tres hijos. Poco tiempo después, lo operaron para alinearle el ojo. Tuvo éxito rotundo.
La Violencia
Godos y cachiporros se disputaban el país. Las masacres en las casas, las calles, los campos dejaron 300.000 muertos entre los bandos y población civil. A José le avisó un amigo que lo esperaban en el techo, frente a la casa, querían dejar su sangre roja como sus ideales, regada en el suelo.
Astuto, logró abandonar la población en canoa, a duras penas sobresalía del agua del río Nechí. Mujer e hijos lo acompañan. Policarpa, Alberto, Rómulo, Jaime y Augusto aún de brazos se escabullen en la oscuridad de la noche. Días después, llegaron a Floridablanca. Abandona la fotografía al ser época con prioridades distintas.
En Girón (Santander) aprendió lo que sería su profesión por 60 años. Alfonso Mantilla le tiende la mano y le abre las puertas del taller. Aprendió rápido, se independizó en Piedecuesta, con dos almacenes a pocos metros del parque, una miscelánea y una sastrería. Policarpa era modista, trabajaron juntos por varios años.
Para la Frontera
La confianza en la solidez del negocio lo llevó a tomar malas decisiones administrativas, con los números en rojo debió abandonar lo que quedaba. La oscuridad de la noche vuelve a ocultarlos, esta vez con dos niñas más, Beatriz Romelia y Yolanda Evenide, rumbo al norte.
En 1968, llegaron a Cúcuta. El barrio La Libertad los recibió y de inmediato buscan clientes, tocan puerta a puerta para ofrecer los servicios. San Antonio del Táchira (Venezuela) les da esperanza al necesitar corbatas y pantalones por docenas. El taller Toscano les recibía el trabajo para enviarlo al centro del país.
Nació la necesidad de estar más cerca de la frontera, arriendan una casa en Villa del Rosario. “Papas cocidas y agua” era el alimento que los acompañaba, en ocasiones solo comían los pequeños. La ganancia era poca, “a Pola le tocó salir también” para ayudar con el ingreso. “Negra verraca, aún la amo”.
La suerte les sonrió gracias al empeño, ganaron reconocimiento debido al trabajo impecable. De a poco tienen que salir menos y trabajar más. Todos los hijos ayudan, no había más sastres.
El último llamado ‘El Sastre’
Al taller llegan ahora de San Cristóbal, de San Antonio, de Cúcuta y de Villa del Rosario a buscar su trabajo. Se sacaban citas, se tenía trabajo en gran cantidad. El seno del hogar se va haciendo más chico, los hijos mayores dejan el nido.
Era más fácil ubicarlo cuando se buscaba al sastre. Por el nombre pocos allegados daban razón. Aun así, era inconfundible, la falta de cabello la tapaba con boinas o sombreros. “Es que el sol quema la calva”. Sacos, camisas, trajes, corbatas, gabanes, vestidos, pijamas, disfraces y uniformes, como el primero usado por la banda de marcha del colegio General Santander (Villa del Rosario), hoy reconocida por el excelente desempeño.
La modistería la aprendieron sus hijos, pero la sastrería es algo más allá y ninguno de ellos recibió este conocimiento. “No aprendieron o no quisieron”, lo cierto es que a los 97 años y con tres de haber dejado la labor, sordo parcial, vista deteriorada y energías menguadas, no recuerda con claridad los pasos para muchos cortes. “Nadie busca al sastre”. En la actualidad, todo es marca o traído de china. Los que no, buscan un diseñador.
JONATHAN RUIZ
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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