A John Jairo Cortez los objetos femeninos lo atrajeron desde cuando empezó a tener uso de razón. A temprana edad descubrió que los gustos varoniles no eran de su agrado, no se sentía bien, veía que era distinto. Su comportamiento era afeminado y le surgió la duda por saber si lo que hacía era correcto.
Un amigo, a los 12 años, lo indujo a la primera vez en el placer carnal. Accedió a tener relaciones sexuales con un joven cuatro años mayor. Esto hizo que todas las dudas sobre su sexualidad se esclarecieran. A los 16 años, empezó a trabajar en una droguería para ayudar con el sustento de la casa. El mayor tiempo se la pasaba fuera del hogar por lo que decidió hacer un curso de belleza a escondidas de su familia.
A los tres meses llegó el rumor a oídos de Edilma, su madre. Al notar el comportamiento del hijo y los comentarios generados en el barrio donde viven, lo enfrentó frente a sus hermanos Raquel y Luis Ángel y le preguntó que si era cierto lo que decían.
John Jairo sintió vergüenza, miró a la madre y confirmó que desde pequeño se sintió mujer. La mujer se soltó en llanto y el hermano mayor salió de casa “como alma que lleva el diablo”, recordó. A partir de ese día la situación cambió en el hogar. Edilma sufría de depresión y aparecieron los problemas con los hermano. Decidió marcharse y tomar las riendas de su vida.
Pasó hambre y aguantó frio, pero nunca se dio por vencido. Consiguió trabajo en peluquerías, adquirió experiencia en la labor y los ingresos mejoraron por el buen desempeño y la agilidad para cortar cabello. Era la oportunidad que aguardaba para cumplir su sueño de convertirse y tener atributos de mujer. Los amigos lo asesoraron para ser transexual. Empezó a transformar el cuerpo aplicándose hormonas femeninas, liquido biopolímero para las piernas, sesiones de rayos X para eliminar los vellos.
Después de un tiempo, la madre lo buscó y aceptó el cambio de sexo, le pidió que volviera a casa y le recomendó que si vestía como mujer lo hiciera de manera decente. No quería burlas ni problemas en la calle.
A los 21 años, se operó las nalgas y el cuerpo agarró forma. Dos años más tarde, volvió al quirófano para el implante de senos y la liposucción. Así, se completaba la figura moldeada de una mujer de revista. Esta apariencia le abrió las puertas para participar en tres reinados gay. En el primero, quedó quinta; en el segundo, primera princesa, y en el tercero, en Santa Marta, en el 2007, representó a Norte de Santander y fue elegida virreina.
En ese concurso de belleza nacional pasó a ser Sandra Ponce. Hoy, está orgullosa de lo que es y de lo que hace. La relación con la familia mejoró desde cuando volvió a la casa, su madre la trata como una mujer, los hermanos la aceptan los sobrinos la llaman tía Sandra.
Nunca conoció a su padre, porque falleció cuando tenía 11 años. Se fue a la tumba sin conocer la verdad del hijo que se convirtió en hija. Sandra relata la historia mientras permanece sentada. Tiene las piernas cruzadas, mira al pasado y recuerda cada momento de la vida. Acaricia la cabellera a cada instante. Luce el uniforme azul con el que va al trabajo. Sonríe para recibir al próximo cliente en el salón de belleza. Tranquila continúa su jornada laboral.
YORDY MEDINA NORIEGA
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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