Tiene 68 años, nació en Pesca (Boyacá), el 18 de octubre de 1947. La niñez de María Alba Barras fue bonita, tuvo papá, mamá y siete hermanos. “Mi papá fue una persona maravillosa nos amó, pero era exigente”. Con los hermanos la relación siempre ha sido buena. “Somos unidos a pesar de que no estamos en la misma ciudad”. Uno, es rector de la Escuela Normal en Pereira otro trabaja independiente, otro administra su finca, una es secretaria. Dos murieron.
María tuvo mamá hasta los 9 años. Falleció de un infarto y dejó a la familia triste e inconsolable. “Todos tomamos un receso. Mi papá se echó a la pena, hizo un paro en la vida, lloraba, no quería comer, no salía”. Pasaron dos años y retornaron a los deberes, aunque todo no era igual, faltaba el calor materno, la voz consejera y amorosa.
La primaria la hizo en el pueblo donde nació y la secundaria en Bogotá. No la termino, quedó en séptimo grado. El comportamiento en el aula era normal y el padre siempre era felicitado por las buenas calificaciones de María Alba. La materia favorita era biología, porque las clases eran alegres, en cambio no le gustaba inglés.
Por fin llegó la fecha anhelada por toda joven, los 15 años. La celebración de María fue normal. “No me hicieron fiesta, como las que hacen aquí en Cúcuta. Un almuerzo familiar y hasta ahí. Como no estaba mi mamá, no era relevante”.
La adolescencia se desarrolló como la de cualquier chica, centrada en los estudios, no pensaba en los chicos, la enamoraban y hacia caso omiso, porque tenía en la cabeza otros pensamientos. “Mi papá era sobreprotector y exigente. No podíamos ocultarle nada. Por las noches, a las cuatro mujeres, nos preguntaba ‘¿en el colegio que les dicen sus compañeros?’”.
Nunca las dejó salir a fiestas, cine y paseos con amigos. “Me gustaba el baile”. La casa tenía un patio grande y ahí hacían las fiestas de matrimonio y bautizos que se celebraban en el pueblo.
María Alba no sabía que era la vida religiosa pero sentía que el matrimonio no era su fuerte, decía que se veía “casada o religiosa, casada o religiosa”. Explica la diferencia entre religiosa y monja. La primera, lleva una vida mixta de contemplación y apostolado. La segunda, es la que vive retirada y desconectada del mundo.
“A la edad de 18 años entré a la comunidad (convento)”. Le preguntó al papá que si una de las hijas tenía vocación para ser religiosa respetaría esa decisión. “Me le metí así, sin decir que era yo. Me dijo, ‘hija lo que cada uno de ustedes decida hacer está bien, porque no me voy a quedar con ustedes toda la vida’”. Hasta ahí todo iba bien. Al año siguiente le dijo que ella la que quería entrar a la vida religiosa. Al principio, entristeció; luego, la llevó al internado.
Comenzó el postulantado, novicial y junioral. La formación duró 6 años; después, continuó la secundaria, se graduó y empezó la universidad. En 1994, término la carrera profesional de pedagogía en reeducación con énfasis en español.
“Viajé a roma y a España. Fue una bendición de Dios, porque nunca pensé que viajaría a esos países”. Trabajó en Ecuador dos años y recibió una llamada de la provincial para decirle que la necesitaba en Cúcuta. No puso objeción y acudió al llamado. Aquí, lleva 6 años y en enero cumplirá 50 años de vida religiosa.
Siempre viste con el hábito, no le estorba. En Navidad visitan bares y sitios nocturnos para dar charlas y rezar la novena con las muchachas que trabajan ahí. Vive con cuatro hermanas en el Centro de Capacitación de las Jóvenes. Trabajaron con Bienestar Familiar, pero era un caos. “Los jóvenes eran llevados en contra de la voluntad. La intención de Bienestar era buena. En el fondo les importa la cantidad mas no la calidad de las personas”.
Ahora, se dedican a reeducar, ir a los bares a ofrecer charlas, los miércoles se reúne el Centro de Escucha, tienen talleres de aprendizaje, y muchas de las mujeres ponen en práctica lo que aprendieron y a partir de ahí comienzan el cambio espiritual.
Han presentado tres proyectos a la Alcaldía y no han tenido respuesta. “Este trabajo que hacemos les corresponde a ellos”. Piden ayuda, porque la casa no cuenta con recursos y es difícil trabajar sin dinero.
ELIANA SIERRA
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co
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