CÚCUTA.- Trascurrido el primer mes del secuestro de Jesús Emilio Ayala los captores enviaron una prueba de supervivencia. En el video el ex alcalde de Salazar tiene aspecto acongojado y triste. Les pedía a los familiares que dialogaran con los plagiarios para permitir la pronta liberación. Después, se perdió el contacto.
Han pasado otros dos meses y en casa no saben nada sobre quiénes se lo llevaron. Solo hay especulaciones en torno a los secuestradores. Unos, apuntan a la guerrilla; otros, a la delincuencia común. Lo cierto es que van 90 días y este hombre sigue separado de la esposa, los hijos, los hermanos y demás allegados.
Edgar Ayala es hermano de Jesús Emilio. El 9 de junio, llegó con una pancarta al parque Cúcuta 300 años para participar en la concentración convocada con motivo de la liberación de la niña Daniela Mora. ‘Lo queremos libre’, es el reclamo de quienes añoran la presencia de este hombre.
“Sería más alegría si hubieran liberado a mi hermano”, dijo y las primeras lágrimas comenzaron a escurrírsele por las mejillas. La impotencia se refleja en la mirada y se hace evidente al quebrársele la voz cuando reclama a las autoridades judiciales, por qué no han puesto “el mismo empeño, el mismo entusiasmo y la misma dedicación” para permitir el regreso de Jesús Emilio al hogar.
También, tuvo palabras para instar a los colombianos y pedirles que no esperen hasta que les toquen las fibras familiares para protestar por el secuestro. El dolor que arrastra hace tres meses hizo que llamara a la solidaridad nacional, para evitar futuros casos como el que afronta.
Jesús Emilio no es un tipo adinerado, tiene una finca normal con la que gana el sustento de la familia y la que produce los recursos para la educación de los cuatro hijos. Por eso, en primera instancia, descartan que el secuestro sea por motivos económicos.
Otra hipótesis lleva a cuestiones políticas. En una ocasión manejó los destinos del municipio. Cuando quiso repetir, un fallo de la Procuraduría se lo impidió. O de pronto para entregarlo con ocasión de los diálogos de paz. “Queremos que se manifiesten y digan quiénes lo tienen. Así quedaremos contentos y paramos este sufrimiento diario”.
Recordar a Jesús Emilio como es en la casa hace que otras lágrimas rueden por el rostro de Edgar Ayala. No levanta la mirada para evitar que lo vean llorar. La pancarta es movida por el viento y arruga el ceño en la foto del exalcalde. Los asistentes a la jornada para decirle ‘No al secuestro’ ni se inmutan con la presencia de los Ayala en el parque.
“Es buen padre, gran hermano, sin envidia, sin odios”, es la mejor definición que tiene Edgar. “Siempre piensa en el bienestar de los demás por sobre el de él. Hace favores al que puede con lo poco que tiene”. Por estas cualidades es que no comprende por qué lo mantienen retenido. Hoy, ese amigo y confidente, al que le confiaba esos momentos especiales no está a su lado. “Por eso para mí ha sido duro” el secuestro.
Pensar en un desenlace fatal no está descartado por los Ayala. Edgar piensa antes de reconocerlo. Baja la mirada y la tercera tanda de lágrimas desciende despacio. Las deja escurrir, no las limpia. “En estas circunstancias todo es posible”. Las palabras salieron con tirabuzón. “Nadie está exento de eso”. Y “eso” a lo que se refiere es a la muerte.
Lo han pensado, es cierto, pero mantienen la fe en que está con vida. A las probabilidades de vida le dan entre el 70 y el 80 por ciento. El restante corresponde a que le sucedió algo. “Porque es un secuestro, y en los secuestros se corre ese riesgo”. Y las causas del 20 por ciento del pesimismo son por culpa de los captores, por desesperación de Jesús Emilio, por una crisis cardiaca o por una enfermedad. Vive enfermo del colon y requiere tratamiento, acababa salir del chicungunya y las articulaciones le dolían.
“En concreto los captores no se han manifestado en los últimos días”. La espera continúa, aunque la incertidumbre se mantiene latiente. Adelante, al lado de la tarima, quieren tener a los Ayala. Edgar y las acompañantes desfilan por entre los estudiantes que se divierten con los chorros de agua del parque. Pasan inadvertidos. Los jóvenes no notan que esos adultos van en procesión porque tienen a un familiar secuestrado. Sin embargo, las franelas blancas de los muchachos tienen una frase de protesta “No al secuestro”.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.contraluzcucuta.co
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