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DESDE AFUERA. Científica en ciernes guarda los mejores recuerdos de Cúcuta

Adriana Lucía Ruiz Rizo, nació en Sincelejo, se crió en Cúcuta, se hizo profesional en Medellín y alcanzará el título de doctora en Europa para luego graduarse como científica. Al comienzo quiso ser antropóloga, luego pensó que en la filosofía estaba su futuro, pasó por la historia hasta llegar a la sicología. En este último campo aterrizó hace un par de años y ahora está dedicada a investigar el funcionamiento del cerebro. Ahí va con la maestría aprobada en Holanda y el doctorado iniciado en Alemania.

Llegó chiquita a la capital de Norte de Santander por el traslado de trabajo del padre. Ocurrió en 1991. En esta ciudad la vida trascurrió llena de experiencias, momentos buenos y desafortunados, mucha gente a su alrededor, y la comida que le encanta. En resumen, pasó “una vida bonita”. Los altibajos son constantes para cualquier ser humano.

Desde primero hasta once grados los cursó en el colegio La Presentación, hoy convertido en centro comercial. Muchos recuerdos del plantel recorren la mente y se retrotrae a las izadas de bandera, las jornadas culturales, los profesores, las compañeras de clase, las monjas educadoras. En esos patios, corredores y salones creció. Aún, en las noches, sueña con ese ambiente estudiantil. Ahora, pasado el tiempo, no se atreve a volver, porque le daría duro el saber que sus pasos, juegos y gritos están borrados por el afán de compradores por conseguir el objeto deseado y de vendedores por salir de la mercancía que exhiben.

En esas aulas no tuvo problemas con inglés y filosofía, mientras que entre  las materias complicadas destaca física. Inicialmente, su deseo profesional era ser antropóloga y alcanzó a imaginarse en Egipto, en medio de excavaciones y tumbas. Cuando los cercanos supieron que ese sería el futuro le dijeron que ‘usted no es hija de ricos para que se vaya a morir de hambre y estudie algo con lo que no gana dinero’. La aconsejaron cambiar de ruta.

Obediente, viró hacia la sicología y comenzó la carrera en Pamplona, cursó tres semestres. El corazón la llamó para Medellín y empezó de nuevo. El alejarse de casa y de la ciudad le dio duro. Tras la adaptación a las costumbres paisas disfrutó la carrera como la sincelejana que habla cucuteño. “No soy de aquí, ni soy de allá. Soy de Colombia”.

La inquietud por mejorar en lo intelectual la llevó a buscar oportunidades en el exterior. No lo hizo tan pronto salió de la universidad. Trabajó cuatro años en la capital antioqueña mientras encontraba la manera  de partir. Hace tres años, vislumbró ese panorama deseado y viajó a Holanda. Allí pasó dos años mientras cursaba la maestría en neurociencia clínica y cognitiva. La investigación para aprobar esta fase estuvo direccionada hacia la inhibición comportamental en niños escolares.

Ahora, está en Alemania y va a cumplir 12 meses en tierras teutonas. Complementa los conocimientos con el doctorado en neurociencia sistémica. En el proyecto de grado busca analizar trastornos de la tensión, el envejecimiento normal y el envejecimiento patológico. Lo aprendido al lado de los paisanos de los campeones mundiales de fútbol servirá para mucho en la vida. Primero, para develar los misterios del cerebro y del sistema nervioso de humanos y animales invertebrados y vertebrados. Segundo, para trabajar en asuntos científicos y dedicarse a la investigación, y tercero, para desempeñarse en otro oficio. “Es un proceso lindo. Parece que yo estuviera recibiendo, pero al mismo tiempo estoy aplicando lo que aprendo”.

Alejarse del hogar no ha sido fácil. Lo primero que se extraña es la familia, aunque hay contactos diarios. Luego, están el clima, el calor, las noches tibias, la comida, las ventas callejeras de frutas tropicales, la gente, el ruido, el bullicio y el ambiente. No encuentra punto de comparación entre Múnich y Cúcuta. Ochenta años de desarrollo separan a estas dos ciudades. A pesar de que la gente se muestre con los mismos problemas, discusiones, quereres e ideales, la diferencia está marcada por la cultura.

Si pudiera traspasar algunas características alemanas para los cucuteños no dudaría en enviarles la cultura, el sentido de pertenencia y cómo hacer de la ciudad un sitio mejor para vivir. “A pesar de la fama de bravos, los alemanes no van a la defensiva como los cucuteños. Buscan soluciones. Los gobernantes no se roban los recursos, sino que los invierten”.

Vive sola y no le dan ganas de cocinar. Trata de comer saludable. Por fortuna no hay tentaciones callejeras de pasteles y comidas rápidas. De vez en cuando consigue harina Pan en las tiendas chinas y paga hasta tres euros ($ 9000) por una bolsa. El plátano llega de África y los fríjoles son enlatados. “Me tomó dos años para adaptarme”.

A Holanda la escogió no tanto por el país, sino por el programa ofrecido. Sabía lo que quería estudiar, neurociencia cognitiva y clínica, y casi nunca las conseguía combinadas. Aparecían separadas. En Google encontró el lugar exacto donde las ofrecían. La gente piensa que aplicar a esos programas es difícil o imposible. Todo lo contrario, es sencillo. Es subir los documentos en internet y cumplir con los requisitos exigidos.

Para pasar a Alemania buscaba el doctorado y envió aplicaciones a distintos lugares, hasta que apareció el ideal. La preseleccionaron y recibió invitación a entrevista, que no implica desplazamiento, sino que se hace por skay, gratis, y listo.

El idioma es un problema al principio. Un prerrequisito es el inglés. Alguien sabe hablarlo y así se facilita la comunicación. El inconveniente con el idioma local está para descifrar letreros, avisos, comida, que no están traducidos. “Eso es difícil, parece simple, pero no conocer ese idioma lo hace sentir extraño, como extraterrestre”. Después se dio el aprendizaje y ahora se defiende en inglés, neerlandés y alemán. En el futuro cercano, el idioma de los galos ocupará un espacio en su cerebro. El español queda para la familia, para los paisanos, para los extranjeros que lo dominan. No será posible que lo olvide, porque no dejará de hablarlo ni de pensar en español.

Al principio de sus días de experiencia, tres años atrás, quiso regresarse a casa. Después de las primeras semanas lejos de la mamá y de las hermanas, comenzó a hacer mella la distancia. El tiempo corría lento y al pensar cuándo terminaría esta carrera lloraba a diario. Los recuerdos aparecían frescos y la tristeza afloraba en Navidad y Año Nuevo. Pero no alcanzó a empacar maletas para dar vuelta al proyecto de vida. El compromiso con la institución patrocinadora de los estudios era grande en pesos. Si regresaba los sueños se irían al traste y debía devolver la plata. Entonces, tomó de nuevo una determinación, soportar el sufrimiento. “Uno después se amaña, porque encuentra lo que el país y la ciudad no ofrecen”.

El manejo de la moneda también es difícil. Todo aparece caro, porque se paga en euros. Un almuerzo en la universidad puede costar cinco euros ($15.000), el pasaje en autobús cuesta 2,50 euros ($ 7000). Para ahorrar en vestuario utilizó la ropa que llevó de Colombia, hasta verla convertida en girones y aprovechó las promociones.

También la incomodan los conceptos que tienen los alemanes sobre los colombianos. Todavía guardan el recuerdo de la época de violencia, del narcotráfico, de Pablo Escobar, de inseguridad y de drogas. Otros, que no hacen la mayoría, han estado en Colombia y les ha parecido un país hermoso. “Los jóvenes son interesados en conocer más de coca, marihuana, heroína y se atreven a hacer encargos” relacionados con esos estupefacientes.

Adriana Lucía Ruiz Rizo, tiene 28 años, y entre los planes está seguir el posdoctorado, que será la primera aplicación para optar por el título de científica. La idea es que quizás no vuelva al país, sino de vacaciones.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: ÁLBUM PERSONAL

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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