CÚCUTA.- El centro comercial ‘A Cielo abierto’ comienza en la avenida cero y se extiende a lo largo de la calle 10 hasta la avenida octava. El objetivo de acondicionar este espacio es darles a los visitantes una imagen agradable y que sientan la amplitud de las vías cucuteñas. Esa finalidad, por siempre, no se cumple y los turistas regresan a casa con otra visión de la capital de Norte de Santander.
Las ventas ambulantes, el eterno problema que no ha podido resolver la secretaría de Gobierno Municipal, y el estacionamiento alocado de motocicletas, inconveniente de difícil resolución para la secretaría de Tránsito, permiten que quienes llegan a la ciudad no se impresionen por el orden, sino por el desorden.
Recorrer la vía arteria por cualquiera de los sardineles es complicado para los transeúntes. Si van despacio tropiezan con vendedores ambulantes, mendigos, pintores callejeros y letreros que ofrecen mercancía variada.
Si el trayecto se hace en carro, a lado y lado de la carretera encuentran motos parqueadas que impiden el paso a velocidad promedio. Los propietarios de estos vehículos los dejan en la calle sin la menor preocupación.
En ese recorrido, caminantes y conductores pueden observar a los agentes de la policía, tranquilos, despreocupados, sin mayores afanes. Pareciera que están ahí para cuidar a los ciudadanos, no para preservar el espacio público, ni para organizar la circulación vehicular.
Incluso, algunos uniformados son clientes de los comerciantes informales y les compran dulces, cigarrillos, agua en bolsa o en tarro, frutas, minutos para teléfono celular, tinto, masato, jugo de mandarina, naranjada y gaseosas en botella o en lata.
Quizás les da vergüenza adquirir, pero ven con parsimonia cómo los vendedores de gafas, aguacates, correas, sombreros, mercancía llegada de Venezuela a pesar de los controles de la guardia al contrabando y artesanías ofrecen estos productos con la total libertad que da la falta de autoridad policial.
Cada cuadra cambia de decorado a medida que se acerca o se aleja del parque Santander, corazón de Cúcuta. Igual, el número de vendedores crece o decrece. Depende del ritmo de la ciudad. El inventario hecho a pie por la calle 10, en la mañana de cualquier día, arroja resultados para analizar.
1.- Entre las avenidas cero y primera. Abren dos ventas de dulces, que comparten espacio con loteros y chanceros. Siguen la venta de solteritas y los muñecos de las peluquerías. Las motos están frente al banco. A mitad de cuadra hay dos estacionamientos.
2.- Entre las avenidas primera y segunda. Venta de minutos. Una exposición de matas, perteneciente a un almacén. Cierra la cuadra el vendedor de frutas en vasitos. También hay motos estacionadas.
3.- Entre las avenidas segunda y tercera. Aparecen los nuevos arrastradores cucuteños, son los que con una tablita llaman la atención de los venezolanos para ofrecerles los servicios de internet. Cadivi es la palabra clase en los miniavisos. Varios motorizados hacen diligencias en cualquier negocio.
4.- Entre las avenidas tercera y cuarta. Se acerca el parque Santander. El pintor ambulante cambia de acera para despistar a los clientes, no a la policía. Los tinteros arrastran los carritos con cualquier cantidad de termos. Los fruteros ofrecen en carretas lechosa, patilla y mango. Los dueños de las motos no aparecen.
5.- Entre las avenidas cuarta y quinta. Hay 27 ventas ambulantes. Los acompañan los vendedores de planes para teléfonos celulares. Los repartidores de volantes visten de rojo y blanco. Y más motocicletas.
6.- Entre las avenidas quinta y sexta. Los vendedores solo están por un costado. Respetan la orilla del parque. Diecisiete se reparten el espacio. Hay expendedores de diferentes productos. Las motos están pegadas al andén, pero estorban.
7.- Entre las avenidas sexta y séptima. El desorden comienza en la esquina. Paraguas de playa, gritos, amontonamiento de puestos de venta, vendedores pagos por los almacenes, letrero de descuentos, avisos llamativos, vendedoras elegantes, vendedoras vestidas a la ligera, vendedores en manga sisa, más desorden. Sesenta puestos de venta sin faltar los de comida rápida atraídos por el centro comercial Oití. Y las motos ahí.
8.- Entre las avenidas séptima y octava. Fin del tramo del centro comercial ‘A Cielo abierto’. El parque Santander ha quedado atrás. Baja la intensidad del caos. Quince hombres y mujeres buscan el sustento familiar en los andenes. Las motos no desamparan a estos vendedores.
En esas ocho cuadras bien pueden compartir vivencias 150 comerciantes informales. Algunos, van y vienen, son ambulantes de verdad; otros, se volvieron estacionarios, tienden la manta, arman el catre, acomodan el cajón, instalan la caja o estiran el plástico y convierten ese pedazo de sardinel en el puesto de trabajo. Muchos llevan años, no llegaron en esta semana.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Foto: www.contraluzcucuta.co
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