CÚCUTA.- Wilson Eduardo Montes Peñalosa está próximo a ser ordenado diácono. Ha pasado los últimos ocho años metido en el seminario mayor, al que llegó para estudiar filosofía y del que luego se retiraría para seguir la carrera militar en la Policía, el Ejército o la Marina. No contaba con que la vida en medio de sacerdotes, oraciones, biblias, santos y vírgenes le gustaría y optaría por quedarse para servirle a Dios.
La palabra diácono, según el contexto evangélico, significa servidor. En la antigüedad era el que acompañaba a los presbíteros y obispos en las labores religiosas. Hoy, hay dos clases de diaconía, el permanente y el transeúnte. Al primer grupo pertenecen laicos que se consagran al servicio de Dios desde la vocación común. Son casados, tienen hijos, llevan una vida profesional definida, son mayores de 45 años y son maduros en la fe. Los segundos, son aspirantes al sacerdocio. El diaconado es la preparación para el servicio sacerdotal.
El diácono se prepara nueve años en las dimensiones humana, espiritual, comunitaria e intelectual para ser presbítero. En la Diócesis de Cúcuta estudian tres años de filosofía, tres años de teología, un año de pastoral, otro año de teología y un año en el diaconado, que sería el proceso normal, pero pueden durar otros años.
– Estuve muchas veces por fuera del Seminario. Los sacerdotes, en confianza, me dicen ‘huy, loco, no sé cómo logró llegar’.
Muchas experiencias lo marcaron en la vida. En el pueblo natal, Sardinata, hizo la preparación para asumir luego la responsabilidad de vestir sotana, impartir los sacramentos y ser el guía espiritual de la comunidad que le asignen. Por la mente discurren los recuerdos. Retrocede a la juventud y se ve como monaguillo, sacristán, agente de pastoral y colaborador en las parroquias.
Al principio, no quería ni tenía muchas ganas de ser sacerdote. Hubo tres personas que incidieron en la decisión. Los sacerdotes José Alejo Vega, párroco de la comunidad San Martín de Porres (Sardinata), lo envió a un encuentro vocacional. De 120 inscritos aceptaron a 26 muchachos. Le fue bien en el proceso. Vino la encrucijada de decidir el camino. Tenía 15 años. Las actividades con el padre José Agustín García lo cautivaron. Llevaban alimentos a los pobres y lo impresionaba la alegría de la gente al recibirlos. El padre David Caña le puso tareas pastorales que comenzaron a despertarle el espíritu celebrativo.
La parte afectiva también aparece en ese baúl que abre para repasar el pasado. Al comienzo del proceso de formación tuvo una novia a la que amaba. Con Diana Rocío Bohórquez compartió el último año de colegio y el primero de seminario. Llegó el tiempo en el que debía decidir, se va o se queda. De pronto, fruto de las cavilaciones, tomó la determinación de alejarse de ese ser que le había robado el corazón.
Esteban Robles, seminarista, lo escuchó en un ambiente de confianza acerca de lo que le sucedía en la mente y de lo aburrido que estaba en el seminario. Solo habían trascurrido tres meses. Le dijo una palabra fuerte (madrazo) y enseguida lo invitó a reflexionar. “¿Cómo se le ocurre que se va a tirar esto que es más grande que una mujer? No sea bobo, despierte”.
Quedó aporreado. Regresó a la habitación y entró en crisis. La noche no fue la mejor. Al día siguiente se levantó con una actitud diferente. Las palabras del compañero hicieron eco y golpearon el pensamiento.
– Cuando uno llega a una comunidad lo hacen tambalear, vibrar. La muchacha bonita del grupo juvenil, la agente de pastoral, lo enamoran con la belleza y con la relación humana. Las familias toman confianza y no faltan las invitaciones. Y llega el momento en el que surge la pregunta ¿bueno, usted dónde está hermano? Póngase firme, porque si no va a terminar mal parado.
Esa fue una constante en los años de formación. Fueron los tiempos difíciles. Otros momentos duros son los vividos por circunstancias materiales, especialmente las económicas. Un muchacho, si se mete al sacerdocio por dinero “está jodido”. Los emolumentos eclesiásticos suman $ 700.000, de los que debe sacar para pagar el estudio complementario, los viajes que quiera hacer, la compra de útiles de aseo y los demás gastos. Al final, en realidad, queda poquita plata.
El mayor tesoro del sacerdocio está en el cariño que la gente o el publico de Dios le brinda. La recompensa está en que el sacerdote llega al alma de muchas personas, hasta donde no puede llegar otro profesional. El sacerdote puede compartir la celebración de un bautizo, la primera comunión o la fiesta patronal. Un rato después, está en la sepultura de un ser querido o en compañía de una familia en el dolor, en el momento de una tragedia, en el lecho de los enfermos. Tiene que compartir el gozo con la tragedia en un instante.
– No me sentía ni digno ni elegido para ser sacerdote. Durante los años, Dios me hizo apto para el ministerio. “El Señor no llama a los mejores, ni a los más preparados, sino que a los que llama los hace los mejores y los más preparados”.
Al inicio del proceso de formación entraron 26 estudiantes. En el grupo había compañeros con habilidades para escribir, inteligentes, hábiles en el trabajo, tenían propuestas buenas y prometían mucho para la Iglesia. Al final de la carrera no llegaron todos. Unos abandonaron el barco al poco tiempo de zarpar. Otros, desistieron años más tarde. Los demás, tomaron otro rumbo. Wilson también creía que no llegaría a puerto seguro. Creía que estaba en la embarcación equivocada.
Después del diagnóstico de los siete años de estudios comprende algo del designio de Dios para su vida. Esos dotados duraron un año, dos años, y por el camino se fue cerniendo el grupo.
– Aquí parece que hubieran quedado los peores, o los que no éramos los mejores. En el caminar se descubre que es Dios el que construye la historia humana con muchas manos de hombres y mujeres que aportaron y que ayudaron a la vocación.
En el seminario aparecieron ángeles protectores para conducirlo por el sendero correcto y no dejarlo torcer a pesar de las tentaciones puestas por el mundo. El padre Esteban lo ayudó a abrir los ojos para seguir en el camino. Al terminar filosofía recordaba que había llegado para estudiar tres años y retirarse. El padre Israel Bravo Cortés lo ayudó a aterrizar y decidió continuar. A los padres Juan Carlos Lemus, José del Carmen Chaustre, Carlos Vega, Carlos Escalante y Diego Fonseca los lleva en la mente por el apoyo brindado. Y al padre Alberto Echeverry lo tiene como referente desde el inicio de la carrera por los encontronazos protagonizados y por los reproches mutuos que compartieron, pero al final de cuentas todo lo fortaleció en su camino.
En 2013, trajo a su vida algunas crisis que le robaban la calma al saber que el proceso de formación, cuantitativamente, se hacía más largo. No serían siete años, sino nueve. La crisis llegaba al saber que los compañeros de colegio eran oficiales de la Policía, del Ejército y la Marina; eran abogados, médicos y profesionales en otras áreas. ¿Uno, siete años en el seminario, y no es nada? Lo retiran del seminario y al otro día no sale con nada. Esto refiriéndose a una certificación profesional.
Esa reflexión lo sumió en otra crisis que lo llevó a pensar en que había tomado el camino equivocado, en que eso del sacerdocio no era lo que quería para su vida. La espinita que le quedó clavada solo pudo sacársela con otro pensamiento, ‘cuando las cosas son de Dios, solo Dios sabe a dónde van a parar’.
Hoy, trabaja en el Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta, asiste al Centro de Evangelización Divino Niño y estudia comunicación social. Su pecado confesado es no creer en los políticos.
– Ojalá Dios no me tenga para ser Obispo, porque mucha gente busca ‘joder’ a la Iglesia y el Obispo debe responder por lo que ocurre en contra de la institución.
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DEFINICIONES
Wilson Montes define así:
Monseñor Julio César Vidal. Figura paterna. Paciente, prudente.
Papa Francisco. No necesita privilegios para vivir como viven los obispos. Es ejemplo de sencillez y humanidad. Enseña sin necesidad de muchas palabras.
Políticos. No me gusta la política, pero elijo. Soy un ciudadano oculto. Elijo secretamente, no me cundo las manos con ninguno de ellos, ni me matriculo con ninguno. No tengo inclinación por la política.
Santo de la devoción. San Juan María Vianey, patrono de los sacerdotes. Me ha iluminado para llevar un estilo de vida humilde y sencilla.
La Virgen que lo acompaña. Nuestra señora del Carmen, patrona de mi pueblo.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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