Una mujer vestida elegante, con el cabello tinturado, lentes de marco dorado y uñas arregladas apareció en la sala de la casa. La sonrisa nerviosa la delató. De inmediato, a manera de escuderos, salieron tres hijos, luego se unieron otros dos.
En el salón de entrada hay jarrones con flores artificiales, un par de juegos de muebles y dos mecedoras. Un cuadro adorna la pared del frente y contrasta con el retrato del matrimonio, al otro lado. El ambiente es familiar.
Ahí, en ese espacio, ha vivido las últimas tres décadas Modesta García de Rodríguez. A uno de los 10 hijos, el narrador deportivo, le dio por llamarla ‘La Niña Mode’. No le molesta. La casa forma parte de la comunidad del barrio Colpet. Llegaron luego de pasar años en el vecino Sevilla. Tal vez, nunca han pensado en buscar techo en otro lugar de Cúcuta.
Por la sala desfilan otros parientes que llegan no solo a saludar sino a cumplir obligaciones preestablecidas. Cada uno sabe qué hacer en esa vivienda. A pesar del paso de los meses, aún se respira la ausencia del esposo y padre José Ángel. El recuerdo es constante y la remembranza va ligada con cada frase, con cada momento, con cada enseñanza.
−Era matarife.
Y la explicación llegó al instante para evitar confusiones. Arreglaba reses en el matadero municipal. No faltaron los halagos para el ausente por la templanza de carácter, el ejemplo de vida y la fuerza para ordenar.
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En otro ambiente distinto, diferente, se mueve Modesta García a diario, de 5:00 de la tarde a 9:00 de la noche. No pasa más horas, así lo quiera, por razones de salud.
El cenadero ‘Aquí me quedo’, en el matadero, es su segundo hogar. En ese negocio de venta de comida ha pasado medio siglo. Y no piensa abandonar el delantal por nada del mundo.
De niña, quedó huérfana de padre. La situación familiar la llevó a tomar la decisión de abandonar la escuela y buscar cómo ayudar con el sustento de los hermanos. Cursó solo primer año.
−Mi mamá no me mandó a estudiar por falta de recursos.
El deseo por aprender y por colaborar con las responsabilidades maternas la llevó al restaurante de ‘La Turra’ Petra, en cercanías al Cementerio Central. En las tardes se volaba de casa para cumplir las tareas en la cocina del negocio, que había ganado nombre entre buena parte de los cucuteños.
−Restregaba las ollas y dejaba la cocina fina. Si quedaba comida la llevaba para los hermanos.
Un día, la madre llegó para llevarla a casa. Iba furiosa por la desobediencia de la niña y porque no quería que permaneciera en ese lugar. Petra intercedió para que no le pegara y, por el contrario, le pidió que la dejara para que aprendiera sobre la preparación de comida.
La enseñó a estirar el bistec de cochino, a hacer el mute para los domingos y a cocinar el hervido de gallina.
−Preparaba muchas cosas buenas. Yo era fina para hacer los pasteles.
En agradecimiento a la maestra Petra, los lunes va al cementerio y le pone flores a la tumba. Desde entonces ha sido cuidadosa con el aspecto personal y siempre va bien vestida para que los clientes le tomen mayor confianza.
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En la narración de los recuerdos parece ventrílocua. Modesta, sentada tranquila en una silla, piensa y los hijos hablan, relatan en detalle la vida de la progenitora. Le quitan la palabra y la dejan con las frases a flor de labios.
A los 17 años dejó el restaurante de ‘La Turra’. Cambió de vida. Se enamoró de José Ángel Rodríguez, se casaron y les sobrevivieron 10 hijos. De los que murieron prefiere no hablar, por respeto a la memoria.
La vida pintaba dificultades. La pobreza se insinuaba y hacía duro levantar a la prole. No hubo desespero. Tuvo una idea y la puso en marcha con el consentimiento del marido, que trabajaba en el matadero.
El sindicato la llamó para que les preparara los alimentos a los trabajadores de la Pesa. Accedió y así comenzó el largo recorrido por el negocio que conserva. Sin embargo, hubo un contratiempo. No recibía la paga que merecía por el esfuerzo diario y el billete que ingresaba a las arcas familiares no era abundante.
Humberto Montañez, funcionario del municipio, le dio permiso para abrir la puerta que diera a la calle para que atendiera al público. La situación económica mejoró. No así la parte personal, porque despertó envidia entre otras mujeres que también buscaban el sustento mediante este oficio.
Vendió el sitio y armó una caseta metros abajo. Le puso nombre, ‘Aquí me quedo’, y consiguió más clientes.
−Llegaron los taxistas a comer sancocho y arepas. Era una fila de 30 choferes que llegaban a la media noche.
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Hay momentos en los que no se sabe quién de los hijos tiene la palabra. Uno hace una remembranza, otro contraataca con más recuerdos y la respuesta del tercero llega con una fecha. Modesta García sigue sentada tranquila. Los nervios la han abandonado y quiere continuar el relato. A la usanza de las mujeres de su edad, lleva el monedero en el seno. Ahí está protegido el dinero.
Los problemas no faltaron en el inicio de la nueva etapa del cenadero. De cualquier parte le tiraban piedras al techo o le arrojaban arena con sangre. La intención era intimidarla, pero no lo consiguieron. Tampoco causaron mayores daños los que pedían un calentado y se llevaban el plato, los que no devolvían los envases y los que se volaban sin pagar la cuenta.
Cincuenta años después, cada hijo tiene una función por cumplir en el restaurante. Alfonso es el chef; Alirio y Eduardo se encargan de la preparación de las venas; Nelson y Yomaris tienen por su cuenta la administración; Gerardo y German pican la carne y el hueso; Hilda y Blanca llevan los recipientes para empacar la comida.
Todos, sin la excepción que puede otorgar un título universitario, deben pelar y picar la yuca y la papa. Y sin protestar, porque así lo instituyó el papá. La madre, por experiencia, se acerca a las ollas y les da el toque final. Le pone la sazón a la comida para que no pierda el sabor ni la calidad.
La especialidad de la casa es el caldo de venas, el pichón y la lengua. En los últimos tiempos ha surgido un plato, producto del conocimiento del oficio. −Es el Vigoroso. Lleva venas, lagarto, raíz, cepa y criadillas. Todo lo más lo buscan para el ambiente.
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No le da vergüenza repetir el lema que tiene para promover el consumo del vigoroso. Lo repite con naturalidad. Seguro, años atrás, no se atrevería ni siquiera a pensarlo.
− Con el vigoroso se acuestan dos y amanecen tres.
La jornada laboral comienza a las 5:00 de la mañana. A esa hora hay que ir al mercado a comprar los productos para tenerlos listos, porque 12 horas después se abre el cenadero. Los lunes son para descansar.
En un principio el negocio permanecía abierto hasta las 5:00 de la mañana. Era la buena época de la Ínsula. Ahora, cierran tres horas después de la media noche.
A Modesta los hijos, en estos días fríos, no la dejan trasnochar. La llevan, la dejan que les eche los polvos mágicos a los alimentos y pruebe la sazón. A las 9:00 de la noche, regresa a casa. En épocas de calor, es la que lleva el delantal puesto y recibe el billete de los comensales.
Por el mesón han pasado clientes de renombre, otros menos famosos y los corrientes que van en busca del cabrito, la sobre barriga, el plato mixto y el calentado.
Nombres sobran, los hay de artistas, deportistas, políticos, periodistas, cantantes. Y entre tantos conocidos, una queja.
−El único que no vino fue Vicente Fernández.
Modesta García nació, el 23 de enero de 1935, en el barrio Cundinamarca. A los 74 años, una cualidad es que conserva intacta la memoria.
−Me acuerdo del primer beso que me dio mi marido. Fue boca a boca.
Después, se casaron en la iglesia del Perpetuo Socorro. Enviudó hace un año.
−Novio no voy a volver a buscar.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Nota publicada en el suplemento Imágenes (La Opinión), el 22 de marzo de 2009
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