CÚCUTA.- El aviso pintado en la pared no guarda relación con la valla gigante que saludó por muchos años a quienes llegaban a Cúcuta por la autopista internacional. En azul se lee ‘Se vende’. Otrora, las luces anunciaban el espectáculo ofrecido por chicas y un cuadro gigante de mujeres a medio vestir acompañaban la invitación a no pasar de largo.
En la pared de piedra, sobre la misma que muchos borrachos descargaron la ira por no conquistar el amor de esa damisela que los encantaba con el baile sensual, están las letras grandes que anuncian el final de un ícono de la lujuria fronteriza. Rumichaca ha muerto.
La entrada estrecha no está custodiada por esos hombres fastidiosos que impedían el ingreso ligero y detenían al cliente para esculcarlo y pasarle la mano ruda por los costados y las partes nobles en busca del arma que nunca se lleva a un sitio de esos. La figura de esos toscos vigilantes tampoco aparece ahora que ha caído la puerta.
Una perra recién parida permanece echada en el piso de la que oficiara como sala de estar. Ahí, por ese espacio que ocupa la canina, caminaron miles de hombres en busca de ese placer momentáneo que ofrece la prostitución y por el que se pagaba caro. Cada chica tenía su precio y el que quería tenerla como dama de compañía por un rato debía pagar la suma exigida.
Al pasar ese salón, que sirvió para fraguar múltiples negocios de cualquier índole menos santos, aparece la que en su esplendor fuera la pista multicolor. El pequeño cuadrado con tableta de cerámica permitió el bamboneo de los cuerpos al son de la música despachada por los bafles y tocada en vivo.
No había una especialidad. El merengue, la cumbia, la bachata, la salsa y hasta el reguetón sonaron para animar esas horas de escape a la realidad en procura de olvidar la verdad que quedaba afuera, autopista arriba o puente internacional abajo. El tiempo medido se gastaba en el disfrute pagano, porque para eso se había acudido a ese lugar lleno de luces.
A un lado, donde el cantinero era rey y mandaba a las súbditas, queda el olor a desprecio por lo espiritual. Aquí no había por qué hablar de divinidades si el dinero era el dios adorado y el que bendecía a los habitantes del lugar. Unos, porque lo llevaban en cantidades para ordenar trago, cigarrillo y diversión, y otros, por proporcionar vicio, degeneración y perdición.
Al frente, en completa ruina, a medio llenar, mugrosa y descompuesta está la piscina. Ese rectángulo no será más símbolo de depravación, desvío, inmoralidad y sinvergonzonería. Los espectáculos propios de estas casas de lenocinio terminaron por esfumarse luego de tantos años de permanencia y de fama.
Los pasillos, por donde se caminaba hacia las habitaciones para consumar el placer buscado, están tapizados por pedazos de cartón piedra caídos del techo, trozos de icopor desprendidos del cielorraso y mugre. Palos partidos y puntillas amenazantes impiden el caminar despacioso como en aquel entonces, cuando se iba detrás de la doncella contratada para hacerle honor a la infidelidad.
Los 16 cuartos, que en aquellas épocas de bonanza sexual se asemejaban a palacetes y por los que no se medían precios, hoy son cuartuchos destruidos, acabados y malolientes. Las camas de piedra no aparecen como lechos disponibles para un rato de amor, sino como una piltra en la que los animales rastreros hacen nido.
No hay sábanas blancas, ni colchones ortopédicos; no hay mesas de noche, ni guardarropas; no hay cortinas, ni lavamanos; no hay puertas, ni escusados; no hay espejos, ni duchas. Quizás nunca hubo esos elementos, porque pocos clientes los necesitarían.
El mobiliario desapareció. Las sillas en las que las muchachas pasaban minutos acaballadas con los amantes ocasionales no están. Las mesas, en las que los sujetos apoyaban los brazos mientras fingían poder económico, no están. Los sillones, en los que los furtivos querendones se adoraban momentáneamente, se perdieron.
Mirar hacia el techo aumenta la tristeza por la caída de este símbolo del reino del gozo nocturno, del deleite pasajero, de la dicha de estar fugado del hogar, del gusto por lo mundano, de la diversión malsana, del entretenimiento costoso, del regocijo corporal, de la complacencia humana y de la satisfacción sexual.
Ahora, solo se ven las vigas metálicas que en una ocasión sostuvieron las tejas. Y de ahí hacia arriba el cielo azul que no dejó de mirar hacia abajo para proteger a esos seres que disfrutaron cuanto quisieron y que hoy no se sabe dónde están, porque Rumichaca “se vende”, y como las chicas que lo promocionaron en el aviso luminoso de la autopista internacional, al mejor postor.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo