CÚCUTA.- Cinco músicos extranjeros ‘profanaron’ la Plaza de Banderas. Llegaron en grupo, montaron los instrumentos, prendieron los micrófonos y se lanzaron a cantar. Las luces de colores les hicieron el juego para que desde la tarima lucieran como artistas y deleitaran a los que pagaron la boleta de entrada.
Afuera, uno que otro revendedor, uno que otro que quería gorrear concierto, uno que otro vendedor de alimentos, uno que otro agente de la policía y uno que otro desprevenido que no sabía del acto organizado por la Diócesis de Cúcuta.
La noche del 27 de junio, no hubo trago. Las botellas de aguardiente, whisky, ron y cerveza no tenían entrada al espectáculo. Las cajetillas de cigarrillos nacionales o de contrabando no estaban convidadas a la actividad musical. Las bolsas de hielo no fueron invitadas.
El encuentro solo aceptaba a fervientes católicos que quisieran cantar alabanzas a Dios. Por eso, los comerciantes de discos piratas no llegaron hasta el lugar para promover la mercancía. Ni se arrimaron carros con potentes equipos en el baúl para amplificar vallenatos, corridos, rancheras, reguetones o merengues.
Arriba, en la tarima, Martín Valverde y su tropa. Abajo, en cómodas sillas blancas o de pie, millares de hombres y mujeres, jóvenes y adultos. Unos y otros pasaron tres horas conectados por los sonidos de las guitarras, el teclado y la batería.
Así comenzó la gira del grupo para celebrar los 30 años que ha pasado el costarricense cantautor agradeciendo al Padre, al Hijo y a la Madre por la vida, la familia y el don para pararse en un escenario y contar sus experiencias.
El humor sazonado con apuntes bíblicos, y revuelto con gracia, no permite que el cansancio y el aburrimiento dominen a los espectadores. Las citas familiares enriquecen el verbo del predicador, y hacen que el público conozca parte de la privacidad del artista.
Contó que décadas atrás, una joven de 16 años quedó embarazada y por temor al rechazo social se presentó al Santísimo, le contó el problema y lo nombró padre de la criatura. Si era niña el nombre estaba escogido. Para el varón no. Miró alrededor y vio al santo que le encomendaría al hijo.
Esta anécdota real sirvió para hablarles a los jóvenes acerca del valor de la vida, de la sexualidad y del cuidado que deben tener en el momento de sostener una relación de pareja. El mensaje quedó claro, no al aborto, ni a la irresponsabilidad de procrear sin gusto.
Cada asunto que abordó lo matizó con una enseñanza. “Aprende del pasado, por el futuro ni te preocupes”, dijo a la hora de predicar acerca de los temores que el hombre tiene por predicciones sobre el fin del mundo. “Si el mundo se acaba el 21 de diciembre, nos vamos a ahorrar los regalos” de Navidad, dijo para caricaturizar la predicción maya.
De las debilidades humanas citó el enojo. “Cuando te enojes no peques, no metas a nadie en ese pleito”. Pidió tampoco salpicar a los que estén cerca. Así como no hacer promesas en estado de felicidad, porque no se cumplirán. “Vive cada día y nada más”.
A los católicos vergonzantes los tildó de ‘descafeinados’ y ‘dietéticos’. “Hay hasta ladroncitos que se persignan” cuando van a cometer las fechorías. Recordó que “el mejor lugar para persignarse es el avión”, por el susto que se siente al iniciar el vuelo.
Martín Valverde se declaró creyente de la resurrección y contrario a la reencarnación. “La biblia no dice acepta a Jesús y gánate un carro”. Enseguida tocó el espinoso asunto de la pederastia en la Iglesia y empleó otro ejemplo casero para matizar el asunto.
“Esconder debajo de la alfombra lo que ocurre con los sacerdotes es podrirnos”. A los ministros católicos los despertó y les dijo que “los buenos curas no salen de buenos seminarios, sino de buenas familias”.
Recordó a uno de los cardenales de la época de Napoleón, cuando el emperador le dijo que destruiría a la Iglesia. El hombre de Dios le respondió “si los que están adentro de la Iglesia no han podido destruirla, menos lo harán los que están afuera”.
A las familias las llamó a no llenar las casas de religión, con altares de santos y cuadros pegados a la pared, sino con espiritualidad, porque “nadie te ama como Él”.
En 1997, Martín Valverde estuvo en Cúcuta. Junto con monseñor Julio César Vidal recordaron el momento del encuentro que sostuvieron en Montelíbano. El concierto terminó con “un minuto para tú y Dios”, el abrazo entre los fieles y el Gloria.
En esta ocasión no hubo necesidad de pedirle otra canción. A la llegada, un niño lo hizo y lo complació. Para despedirse cantó ‘La barriguita’. Otro mensaje y el adiós.
Ese hombre que estuvo en la Plaza de Banderas, acompañado por la guitarra y de agradable verbo, no es otro que la criatura que la joven costarricense de 16 años le encomendó al Santísimo. El santo de al lado del altar era San Martín de Porres, por eso su nombre.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
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