CÚCUTA.
- “Para que la justicia social incida, debe basarse en la educación de la población. Educación escolar, tecnológica, educación en todos los niveles, porque la educación es la que cambia”.
A las 10:00 de la mañana de un martes común, en un sector de Los Patios, me encontré con una versión más madura del poder. No era una cita solemne, la conversación estaba pautada entre la experiencia acumulada y el proceso recién vivido. Un diálogo en el que Cúcuta aparecía como territorio, memoria y pregunta abierta.
Llegué a su morada. Me recibió en el estudio, lugar que emana historia, intelectualidad y creación. Vestía camisa tipo polo y pantalón sobrio. En el bolsillo del pecho llevaba un estilógrafo, señal discreta de quien aún cree en la palabra escrita. El cabello blanco, lejos de ocultarse, hablaba de años de gestión pública. En la mano izquierda, el reloj marcaba el tiempo con precisión.
Sergio Entrena López habla sin prisa. Cucuteño, empresario, economista y banquero, gobernador de Norte de Santander entre 1995 y 1997. También, ex cónsul de Colombia en Valencia (España), ex presidente de la Sociedad de Economistas y columnista de La Opinión. La trayectoria pesa más que los cargos.
Habla de un departamento golpeado por la violencia, el desorden administrativo y la fragilidad institucional. En ese contexto, la planeación se convirtió en herramienta de supervivencia. Renegociar deudas, organizar archivos, controlar contratos. Gobernar, explica, también es anticiparse a los errores y proteger la gestión.
Antes de asumir la Gobernación, recuerda su paso como director regional del SENA, periodo que marcó la manera de entender el desarrollo. Allí, la educación técnica y tecnológica no era el complemento, era el eje para responder al desempleo y articular al Estado con el sector productivo. Esa experiencia atraviesa su lectura de Cúcuta y de Norte de Santander.
La conversación se fue haciendo amena con el paso de los minutos. Café y jugo de tomate de árbol para acompañar el diálogo en el balcón de la casa. Desde allí, el azul del cielo abre el panorama, como si la ciudad, por un instante, ofreciera silencio para pensarla
Habla de la Cúcuta en la que creció con una nostalgia que no idealiza. Una ciudad más cercana, menos fragmentada, donde el sentido de pertenencia aún tejía comunidad. Al compararla con Medellín, Bucaramanga y otras ciudades que conoció después, admite que se perdieron la continuidad, la visión compartida, la idea de futuro común.
Tras terminar el periodo de gobernanza, el contexto no le permitió apreciar un poco más la estadía en su tierra. La salida de Cúcuta no fue planeada. Las amenazas del ELN lo obligaron a abandonar el departamento, aunque nunca a desprenderse. Vivió durante años en el Distrito Capital y regresó tiempo después, con la mirada crítica intacta y el vínculo que el exilio no logró romper.
Cuando habla de Cúcuta no hay complacencia. Señala una economía diversificada, altos costos de la energía y la débil infraestructura que frena la industria. El rezago no es casualidad, es consecuencia de decisiones aplazadas y liderazgos sin proyecto común de largo plazo.
Lo que empezó como un espacio para un trabajo académico, se convirtió en el cruce generacional. De un lado, la experiencia de quien gobernó; del otro, la mirada de quien empieza a preguntar. Entre ambos, la ciudad aparece como posibilidad contenida, atrapada en ciclos repetidos en los que cada administración comienza como si nada existiera antes.
Entrena López insiste en que el desarrollo regional exige articulación entre política, gremios y academia. Sin acuerdos mínimos, advierte, no hay futuro posible. Cúcuta necesita dejar de pensarse desde la coyuntura y asumir la planeación como responsabilidad que trascienda gobiernos.
El lugar acompaña la conversación sin imponerse. La biblioteca amplia, fotografías que registran distintos momentos de la vida pública y familiar, y el orden que no es rígido, sino pensado. Todo sugiere la relación constante con la memoria, entendida como parte del oficio de pensar la ciudad y la historia.
Se detiene en cada imagen. Explica quién aparece, en qué año fue tomada y qué momento representa. Habla con especial cuidado de los tres hijos y de los nietos. Allí, lejos del discurso público, el poder cede espacio a la memoria personal y al afecto que también construye legado.
Pese al diagnóstico crítico, mantiene la mirada optimista sobre el futuro. Considera que la juventud cucuteña tiene capacidades y talento, y que el crecimiento de las universidades y la formación profesional puede convertirse en oportunidad real. El reto no es la falta de jóvenes preparados, es la ausencia de condiciones para que se queden y construyan ciudad.
Al final, el reloj sigue marcando la hora. Afuera, la ciudad continúa la rutina. Queda la sensación de que esta, más que una charla, fue la manifestación del conocimiento. El desarrollo no llega solo, se construye con memoria, planeación y decisiones firmes que resistan el paso del tiempo.
YERLY ORTIZ MALDONADO
Comunicadora Social en formación
Contraluz.CO Sólo Periodismo


