CÚCUTA.- Vivir en el campo es una experiencia que en estos momentos es para algunos afortunados. Otros, en cambio, piensan que sería aburrido, porque las redes sociales no funcionan allá. Domingo Cañas, es campesino y conoce las hectáreas verdes como a las palmas de sus manos. Así como conoció cada rincón del ferrocarril de Cúcuta.
Haber nacido en 1936 lo acredita ser tan viejo y conservado como el samán que se levanta en el parque central de Agua Clara. De los recuerdos de niño están el balón que nunca tuvo y el partido que jamás pudo jugar, imaginarios de lo que nunca ocurrió. Aún puede escuchar entre las arroceras y el polvo que se levanta al paso de maquinaria pesada, el pito del ferrocarril.
A los 81 años, conserva el color negro en el cabello, aunque el blanco en el bigote le desmiente los años. Las arrugas en la frente cuentan los acontecimientos difíciles por los que tuvo que pasar. Cuando levanta las manos se nota el trabajo de toda una vida, forjado entre la tierra, la siembra, la pica y el amor por el agro.
Recuerda, como si fuera ayer, la década de los 40, los niños que llegan a poblar el pequeño caserío y las cuatro veces que pasaba el ferrocarril. Unos solo podían correr al paso de la locomotora y otros, con mejor suerte y dinero, acompañaban a los padres a hacer las compras en Cúcuta o llevar los productos para comercializarlos en la capital de Norte de Santander.
Para Domingo lo mejor que puedo presenciar en la vida, fue viajar en locomotora y arremedar los sonidos ‘chu, chu, chu’, mientras sostenía los bultos encargados por su papá. Acompañaba al padre a vender las cosechas de arroz, plátano, yuca y maíz. Y una que otra vez ganado.
En la actualidad muchos carros y tracto mulas pasan por Agua Clara, pero ninguno llena el vacío que dejó el gigante de hierro. Su padre lo alzaba e inmediatamente tomaba las manecillas del ferrocarril, hierro puro, tan rústico como para recordarlo toda la vida.
Haber nacido en Chinácota, pasar por Bochalema y Durania no le quitó la oportunidad de conocer al otro gigante de Agua Clara, el samán. Esto ocurrió cuando el árbol medida entre 60 y 80 centímetros. Hoy, es el símbolo y orgullo del corregimiento. Generó tanta identidad cultural que los aguaclareños empezaron a sembrar las semillas. En este momento es el territorio nacional con mayor número de samanes.
Ocupar el puesto que se le apareciera en la vida también hace parte de la carta de presentación. Arriero, agricultor, recolector, jornalero, albañil y hasta trabajó en el aserrío “volando machete”. Cuando cumplió la mayoría de edad viajó a Caracas, Barinas y San Fernando de Apure, en Venezuela. Aunque ganaba buen dinero y tenía una vida estable, su alma se quedó al otro lado del país, específicamente en el campo aguaclarence, entre el sol fuerte, los zancudos y el olor a miel.
Haber recorrido ciudades y conocer tanta gente le demostró que su lugar de felicidad en el mundo estaba donde el agua es clara y fría. Volvió al campo para ver morir a los padres en la mejor tierra.
Contribuyó al desarrollo de esa pequeña cantidad de chozas. Los habitantes no peleaban por la fila para la recolección de agua, porque el acueducto llegó a cada hogar. Dirigió el comité de deportes y aún juega futbol, en la categoría de veteranos. Es nazareno de hábito morado, lo único que le faltó fue ser el líder de la junta de acción comunal y, tal vez, alcalde de Cúcuta.
Hoy, descansa en su casa, donde espera que la muerte le arrebate la vida, aunque puede arrebatarle la vida, pero no a Agua Clara. Morirá y será parte de sus siembras, en el lugar de sus padres, por donde pasaba el ferrocarril y donde, seguramente, habrá un samán contando una nueva historia.
Texto y foto: ISMAEL GAMBOA
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