El reloj marcaba las 4:00 de la tarde, y mi ansiedad se iba despertando en la medida en que los segundos se agotaban. Pues transcurridos los días, las esperanzas de quienes en medio de las balas fueron creciendo, guardaban en silencio la posibilidad de sellar la atroz guerra que siempre fue su visitante sin haber sido invitada.
Pero la sorpresa fue mayor. Una negación inesperada rompió el silencio y los corazones un tanto sanados del dolor, volvieron a irrumpir en llanto al recordar cómo sus ilusiones caían rotas en mil pedazos por decisión de quienes sin vivir la guerra, resolvieron avalarla. ¡Así lo decidieron!
Empezó a caer la noche y la angustia se fue apoderando de mi alma. Regresaron a mi mente los recuerdos de aquellas madrugadas en las que sin caer la oscuridad, sonaban las ráfagas implacables, persiguiendo a los rebeldes escondidos tras las ramas de los viejos troncos que rodeaban la pequeña quebrada compañera fiel de los humildes caminantes que transitaban la comarca. En medio del llanto de mis pequeños retoños y el de mi frágil esposa, compañera y amante, debía recorrer el suelo a hurtadillas para encontrar cómo proteger lo amado, evitando que las balas del inesperado ataque sellara contundentemente la muerte de quienes mi tiempo han alegrado. Luego del tormentoso amanecer, los sollozos sellaban lo que nunca podía convertirse en la pregunta de rigor: buenos días y ¿cómo amaneciste? Ya para la hora de huida de los unos y los otros, el espíritu confundido no sabía qué camino recorrer, pero aun así, las fuerzas que alimentan la lucha por la vida aparecían para continuar por el camino señalado.
Ante lo ocurrido, traté de borrar los recuerdos un instante guardando fuerzas y esperanzas y quise escuchar los informes transmitidos por la radio, guardando fe en que la decisión por acabar la guerra apareciera firme sin frustración alguna, pero lo determinado no tenía reversa. La insensatez había fijado su lapidaria firma y el sueño del camino hacia la paz fue cubierto de voces incendiarias que impidieron sellar de luces blancas los espíritus heridos por la guerra.
Tras los hechos, volvieron a mí los recuerdos del dolor y la película del tiempo regresó para evocar cómo en aquellos días del despertar de las balas, guardábamos el deseo ardiente para evitar la llegada de la noche, pero sabíamos que esto es imposible. Siempre el sol terminaba su faena y las horas de la oscuridad llegaban a anunciar la visita de esos seres que inesperadamente irrumpirían la tranquilidad de niños, adultos y abuelos dedicados a construir desde su humildad a esa patria desvencijada por los horrores del dolor nacido de los odios y afanes de poder que han envenenadosin razón el corazón del hombre para desaparecer al hermano que difiere en pensamiento.
Mi piel sintió frío y el corazón se agitó tras pasar por mi mente ese doloroso 21 de marzo de aquel 2001, día en el que sin haber rayado el sol los militantes de la muerte, llegaron inesperadamente a sonsacar la tranquilidad de quienes dormían el cansancio y con gritos de odio y alevosía arrancaban los senos y los cuellos de indefensas damas, cuyo pecado era ser humildes reclamantes de la igualdad perdida.
Retornaron a mi mente los recuerdos de esa mañana en la que mi amada esposa acurrucada por el temor a una muerte inesperada, abrazó con firmeza a la pequeña nena de la casa, mientras el nene se cuela entre los hombres depredadores de la vida y con dolor ingenuo pregunta a uno de los infames atacantes: ¿y las chanclas de mi papi? Lleno de diabólica sonrisa el agresor fija su mirada en el indefenso niño para responderle: ‘a donde va no necesita chanclas’.
Estos recuerdos han volado hasta mi mente y con dolor de patria me hacen elevar a Dios una pregunta: ¿Cómo un pueblo asediado por la guerra tiene la valentía de decirle SI al perdón, mientras los alejados del dolor siembran el odio?
Hoy, he comprendido que la insensatez ha ganado el pulso por sembrar de odio a una patria asediada por la muerte como medio para subsistir en el poder, pues para quienes juran ser impolutos, los demás somos pecadores que debemos pagar en el infierno la culpa de haber sufrido en medio de la guerra.
FERNANDO CAÑAS CAMARGO
Foto: exekuoinfo.com
Contraluz.CO Sólo Periodismo