CÚCUTA.- 2:30 de la tarde, el sol brilla más que todos los días. Es domingo. No es una tarde cualquiera. Entre brisas, ruidos y risas se envuelve la tristeza de mujeres, hombres y niños que sacan un momento de su valioso tiempo para visitar y dejar flores a los seres que en vida fueron importantes para ellos.
Los vallenatos nostálgicos de los hermanos Zuleta llegan con el viento combinados con notas melódicas de guitarras y la trompeta de un mariachi que resuena canciones mexicanas.
Una mujer de mal aspecto físico y desaseada grita disparates a los hombres, mientras que a las mujeres les pide dinero o ropa. Ríe a carcajadas por las incoherencias imaginadas. Su vida aparece fuera del contexto real en que está. Cuatro gatos la acorralan.
Los niños corren y saltan, inocentes. Madres, jóvenes y ancianos caminan en familia. Llevan velas y escobas en las manos. Antes de entrar al campo santo compran ramos de flores para adornar la tumba. Yeni Rodríguez, de 45 años, visita a su padre, muerto hace 5 años. Los domingos o el lunes acostumbra a venir acompañada del hijo Marcos, encargado de los elementos de limpieza.
A un lado de la entrada, están los puestos de venta de las flores. Dan alegría al lugar por los colores, tipos y tamaños. Algunas están descoloridas; otras, resplandecientes, pero siempre cumplen la misión de llamar la atención. Aquí, son utilizadas para adornar tumbas, en otras ocasiones son intermediarias de reconciliación entre parejas, de adorno en el hogar, como decoración en fiestas. Hay una flor para cada ocasión. Paradójicamente, pueden ser sinónimo de alegría o tristeza.
Son las 5:00 de la tarde. Se nota preocupación entre los vendedores de flores. José Martínez, de 45 años, lleva 20 años en este oficio. Pasea lento de un extremo a otro con un ramo de rosas en la mano derecha y otro de claveles en la izquierda. Los pasos demuestran desespero por no regresar a sin nada de plata. Hay días en los que se va temprano, porque vende lo suficiente. “No tengo mujer, ni hijos, vivo solo. Lo que gano todo es para mí”.
Es raro ver a un hombre como vendedor de flores. Ríe y dice que aprendió el oficio de su madre, quien siempre ha trabajado en esto. “Gracias a la venta de flores comíamos”. Pasan varios minutos y el rostro se alegra. No volverá a casa con los bolsillos vacíos. Apareció la clienta fiel, la que cada semana le compra $ 15.000. Le presta el balde y las tijeras. José se sienta y hace más ramos de flores.
Son las 6:15 de la tarde. Después de la tarde soleada el lugar queda solo. Los vendedores que por años trabajan aquí viven calmados, sentados en bancos y sillas. Tocan con sutileza cada ramo a la espera de los clientes que cada semana recuerdan a los seres queridos.
Sin importar la llegada del crepúsculo y la soledad del silencio, Gladys de Rendón permanece serena. Ha trabajado durante 36 años, el cabello es blanco como la nieve, las manos muestran el cansancio del tiempo trascurrido y los ojos caídos reflejan tristeza. Tiene 75 años y vive con la esperanza de despertar cada mañana para volver a este sitio.
Vender flores la hace feliz y nunca ha habido un día que no quiera cumplir con este oficio. Cada mañana, antes de comenzar la venta, escoge las más grandes y bonitas para llevarlas al hijo y al esposo que hace años partieron de este mundo. La casa de Gladys está frente al cementerio, lo que le facilita mover el material de trabajo de un lugar a otro.
En el pequeño puesto prepara con amor cada ramo de rosas, claveles, hortensias, begoñas y demás clases de flores. Las vende a la entrada del campo santo entre $ 500 y $2000, depende de la cantidad y de la flor que el cliente lleve. Cada vez que arregla un manojo la embarga la nostalgia, porque recuerda al hijo.
El arte de vender flores es una actividad que cumplen hombres y mujeres de bajos recursos. La falta de oportunidades de empleo los lleva a optar por esta ocupación digna y con la que levantan el sustento para la familia
Algunos padres y madres han sacado profesionales a los hijos con las ganancias que dejan las flores. El lunes venden más, porque es el día de las ánimas. Familiares y amigos van de visita al cementerio a dejar flores en las tumbas.
Marina, hace 20 años, trabaja en el lugar. Lo gana el lunes no se lo gana de martes a domingo. Esta mujer de estatura media, de pocos dientes, usa gorra y camisa para cubrirse del sol. En ningún instante dejó de sonreír. Las flores se las traen de Medellín. “Pedimos lo que necesitamos y lo traen. Las venden baratas, por eso nosotros las vendemos a bajo costo”.
El gusto por las flores ha hecho que Marina tenga en casa montones de plantas a las que les habla, las riega cada mañana y les pone abono mensual. El momento que más le gusta es cuando brotan las flores.
Tiene el deseo de morir en la venta de flores. Rectifica el pensamiento. “Estoy que me pensiono. Me siento cansada, enferma, es mejor que tome vacaciones. Me voy y vendrá otro, porque a nadie de mi familia le gusta este arte. Lástima, porque es bonito lidiar con flores”.
Entre los hechos destacados que recuerda están los entierros de bandidos. Los acompañantes hacen disparos al aire y los vendedores deben correr para protegerse. “Una vez un gamín estaba acostado en una banca durmiendo y allí llegaron los sicarios y lo mataron. Aquí han pasado muchas cosas, pero debemos seguir trabajando para comer”. El Cementerio Central es aquel pequeño rincón que sirve para recordar con melancolía a los seres queridos.
ELIANA SIERRA ÁLVAREZ
Estudiante de Comunicación Social
Universidad de Pamplona
Campus de Villa del Rosario
Foto: youtube.com
Contraluz.CO Sólo Periodismo