Próspero Granda no conoció el mar, tampoco el llano o la gran ciudad. Nació entre los densos humos del incienso parroquial, en la era en que la cruz y la espada regían los destinos provinciales de la Cordillera de los Andes en los irredimibles tiempos de la conquista y la colonia asentados por siglos, donde envuelto en heladas mañanas, colgaba su pueblo gris como una enorme maceta suspendida en los delirios del viento prisionero del valle, entre murallas de neblina y cuentos de espanto, y realidades que se trasmitían de boca en boca, alrededor de las viejas estufas de leña y carbón que salían por las chimeneas jugando como una ronda de fantasmas.
Su juventud, como la de sus contemporáneos, se fue entre los estudios y el trabajo, entre los amores intrincados y el ejercicio de la enseñanza a la que dedicó gran parte de sus actividades productivas, entre otras que sumaba a las labores menos duras del campo y a la lectura de algunos clásicos de santos y de mártires, de glorias de su partido político y algunos de los pocos poetas y narradores que la limitada difusión literaria de la región le permitía.
Entre días y sueños particulares fue amasando una pequeña fortuna, producto de su total austeridad, que sin menguar el básico modelo de vida estándar, lo llevó a ser, junto a su mujer, el propietario de lo que años más tarde sería un criollo centro de negocios donde el dinero crecía mucho más que los geranios y las rosas, absolutamente más que las delicias mundanas e ilimitadamente mucho más que la comodidad o el lujo. Convencido, como los antiguos griegos sobre la planitud del mundo, nunca pensó en la incomparable sensación que se siente cuando descendido de la sierra, un mortal ve por primera vez el mar y quiere beberlo de un solo trago, o sumergirse en él como buscando bajo la claridad de sus colores el camino que en tierra nunca ha conducido a la libertad. Su interés de conocer el mundo, no fue más allá del amor por su pueblo, del que llegó a poseer un gran número de hectáreas, que reemplazaron cualquier otra vocación que por curiosidad, negocio o inspiración, hubiera podido motivar su salida del terruño.
Como a todos los habitantes de su pueblo, la educación terminó por convertirlo en un ejemplo de ahorrador, convencido de que gran parte del sentido del paso del hombre por el mundo, debe su razón al dinero y a los bienes que se logren acumular y con ellos asegurar el futuro personal y el de la descendencia, así que seguido al pie de letra, este código de subsistencia tuvo como resultado una familia numerosa, muchas hectáreas, casas y vacas, estas últimas con el objeto de que en los ríos de leche producida a lo largo de los años, se pudiera navegar hacia la prosperidad y con ella obtener el respeto y la importancia que las gentes creen adquirir cuando arriban a la riqueza como barcos anclados a un puerto que navega.
Pero el tiempo llegó con su factura de cobro y se llevó a su mujer, y con ella gran parte de su éxito, y como si con ella se hubiera llevado el secreto de su vida, Próspero estuvo muy pronto rodeado de preguntas y de soledades y su cuerpo se derrumbó casi al punto de la inmovilidad, no así los principios con los que había llegado a su ancianidad. Una noche entre el laberinto de sus soledades y los intensos dolores que habitaban el cuerpo que lo había llevado por el mundo soportando esa monotonía que produce al espíritu el sedentarismo radical de habitar por casi un siglo los mismos paisajes y el frio del invierno, la negación voluntaria de nuevos horizontes y la absoluta fe en la recompensa por el deber cumplido, experimentó una inusual somnolencia y un aroma de años idos que lo doblegó suavemente hasta sumergirlo en un valle de cipreses y eucaliptos, abrillantados pastos y luminosas esferas que giraban como barriletes sobre los que flotaba experimentando la sensación de estar cabalgando en su caballo Marlboro, por ente las nubes que le decían adiós y bienvenido.
De repente su cabalgadura se detuvo frente a un hermoso portón cifrado con figuras de arcángeles y estrellas que fue abierto lentamente por su mujer. Próspero experimentó una indescifrable emoción que lo transportó a un estado de levitación, ella lo condujo a un balcón desde donde se podía divisar claramente el escenario de su pueblo y observar todas y cada una de sus propiedades, a sus hijas y a sus hijos, nietos, amigos y conocidos, y ella le explicó que para quedarse en el lugar donde se hallaban debería renunciar a cualquier apego material y sentimental, porque allí todo era trascendental, todo estaba más allá de lo terreno. Él le explicó que ya había repartido su fortuna entre sus herederos, y le recordó que ella sabía con exactitud sobre este asunto, y entonces de nuevo su mujer le repitió, que debía renunciar al apego, pero el hombre no logró entender y decidió regresar a su pueblo Cuando despertó tuvo la sensación de caer al vacío, llamó a voces a su mujer, a sus hijos, a sus nietos, pero nadie respondió, recorrió con su mirada uno a uno los espacios, pero no reconoció ninguno.
A su alrededor un desolado mundo lo rodeaba, Experimentó un hondo sentimiento de desapego, pensó que ya no valía la pena vivir pues había entregado su fortuna y ya nada le quedaba por hacer, su cuerpo cansado no respondía, por ello comprendió que su tarea en el mundo había terminado; . Lentamente fue cerrando los ojos mientras se abría paso por entre los cipreses y eucaliptos y lo que comenzó con pasos lentos y torpes se volvió una carrera hacia el portón cifrado, que encontró abierto de par en par, donde su mujer lo esperaba en el balcón del sueño y que emocionada le habló : – bien venido a la paz eterna- pero Don Próspero Granda, no detuvo su carrera, pasó de largo y con una enorme sonrisa y un bullicioso adiós le respondió: -aún no vengo a quedarme, he resuelto que antes, quiero conocer el mar, para ahogar en él todos mis apegos-. En la radio sonaba la Sonora Matancera y en la voz de Israel Vitenszteim Vurm, conocido artísticamente como Carlos “Argentino” Torres, se escuchaba el bolero son de Oswaldo Farrés, “En El Mar”…
“En el mar la vida es más sabrosa,
en el mar te quiero mucho más,
con el sol la luna y estrellas,
en el mar todo es felicidad”
El tibio sol de la sierra, filtrado por entre los grises de la fría mañana, jugaba a colarse por la persiana de su cuarto iluminando de manera intermitente.
Desde la cresta de las olas de sus sueños sintió una sensación de libertad que describió con un enorme y prolongado suspiro.
Su rostro reflejaba la calma de los atardeceres en la playa, mientras contaba con voz clara y segura, lo que estaba viendo en sueños y tarareaba la canción. Entonces, todos sus apegos quedaron flotando como náufragos en la memoria de quienes fueron llegando a su lado; entre tanto, Don Próspero emprendía, sereno, su largo viaje hacia el mar del silencio.
CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
LOROSAURIO
Foto: www.carloslmarco.com
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