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BANQUETE. 120 ancianos necesitan muchas manos amigas

CÚCUTA.- Rosario tiene 70 años, hace 16 meses tomó una dura decisión para su vida. “No quiero ser estorbo para nadie”, pensó. Arregló la maleta y pidió cupo en el Asilo de Ancianos Rudesindo Soto, en Cúcuta. Ahí, ha encontrado sosiego para sus días, aunque en algunos momentos se siente sola y triste.

Nació en Salazar de las Palmas, vivió en Sardinata y Tibú, hasta que llegó a la capital de Norte de Santander. En el municipio petrolero trabajó como locutora, oficio que hoy dice tiene olvidado. Detrás del micrófono también fue feliz.

Esta mujer de piel maltratada por el sufrimiento, elegante al vestir, cabello tinturado y corto, palabras sinceras, sonrisa melancólica y muchos recuerdos de la casa, es una más entre 120 inquilinos del asilo. La lengua, quizás, le cobró que algún día, en una visita al lugar, les dijo a los hijos que cuando envejeciera no la internaran allí. No hubo necesidad de llevarla, ella llegó por sus medios.

Ciento veinte ancianos, cada uno con su historia, arrastran el pasado lejano en el calendario. Aquí, es poco lo que hay para hacer. La rutina se repite a diario hasta el cansancio. Levantada temprano, con el alba. No pierden la costumbre de madrugar, como lo hicieron en aquellos tiempos en los que el cuerpo resistía desmanes y abusos. Toman el baño, los que quieren, y reciben el primer tinto de la mañana.

Sigue la eucaristía, en la que encomiendan a Dios las actividades cotidianas. Pasan al desayuno, que se compone de caldo, arepa, huevo, café con leche. “Bien trancado”, dijo Rosario. Dejan el comedor y van al salón a jugar, los que pueden. Los demás, permanecen apegados a la silla de ruedas y silenciados en el mundo al que ingresaron por deterioro de la mente y por el desgaste físico. Algunos tienen la oportunidad de salir a la calle, acompañan a las monjas a hacer diligencias, van al mercado, cambian de ambiente, respiran otro aire. Sienten vida.

A las 11:00 de la mañana, todavía están llenos por el desayuno completo que recibieron y dejan parte del almuerzo. Les sirven pechuga asada, ensalada, sopa y jugo. “Bien trancado”, repitió Rosario. Y toman el descanso del medio día. En la tarde, los que quieran ayudan con los oficios del asilo. No es obligación. A las 5:00 comen, porque a las 7:00 se apagan las luces y comienza el silencio de la noche.

Los equipos de la cocina donde preparan esos alimentos están obsoletos. Las autoridades sanitarias han advertido a la directora, Sor Aura María Tarazona, sobre la urgente necesidad de renovarlos, porque han cumplido el ciclo de servicio. Hace 80 años funcionan de manera ininterrumpida.  Cambiarlos cuesta entre $ 50 millones y $ 80 millones y las monjas no los tienen.

La solución que saltó a la vista fue la organización del ‘Banquete de la solidaridad’, el 22 de agosto, en la biblioteca pública Julio Pérez Ferrero, a las 7:00 de la noche. “Yo sé que nos va a ir bien, como el año pasado con la rifita”, dijo Rosario, con la fe puesta en que los cucuteños atenderán el llamado para asistir a la actividad y pagar los $ 20.000, $ 50.000 o $ 100.000 que cuestan los bonos.

Además de esa necesidad apremiante, el asilo tiene otras urgencias que se calman con la buena voluntad de los habitantes de la capital nortesantandereana, aunque la hermana Tarazona está convencida de que en la ciudad hay “poca solidaridad para con el adulto mayor”.

El sostenimiento de la casa tiene como base la generosidad expresada por los fieles católicos que asisten a la eucaristía de los martes, en honor a Santa Marta, y que depositan en el momento de recoger la limosna. También, hay donaciones voluntarias y recolección, puerta a puerta, por parte de las religiosas.

Rosario, hace pocos años, no tenía carencias económicas. Era propietaria de una bodega en La Sexta, vivía en Quinta Oriental y tenía una familia normal. El destino la puso a prueba, perdió la casa por las deudas, el esposo abandonó el hogar y quedó en la calle, con los brazos cruzados. El único camino que le quedaba al frente era buscar refugio en aquel asilo al que nunca pensó llegar.

“Yo sé que algún día me voy de aquí”, lo dijo convencida de que esas palabras se le harán realidad, como las que pronunció cuando les pidió a los hijos que nunca la recluyeran en un sitio como este, en el que ahora pasa los días bien vestida, maquillada y peinada a la moda.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: MARCO SÚA

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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