CÚCUTA.- Martín Manzano, director de la fundación El Camino, es un hombre humanitario, dedicado a la labor social, con carácter y autoridad. Es respetado por el liderazgo y la preocupación por las comunidades de las calles. La organización se dirige a jóvenes y adultos que participan en la rehabilitación y quieren dejar a un lado las sustancias psicoactivas y el alcohol.
Con 15 días de anterioridad preparó, junto a Nancy Ramírez, su mano derecha, la actividad que se llevó a cabo, el 30 de marzo, en el Parque Lineal de Cúcuta. Esta labor social la hacen tres veces al año en diferentes sectores de la ciudad. Asistieron representantes de la Cruz Roja Colombiana, Cuerpo de Bomberos Voluntarios y Defensa Civil, y estilistas invitados por la fundación. “Hubo colaboración de algunas entidades o personas que sabían del evento”, dijo Nancy Ramírez.
La jornada inició a las 7:30 de la mañana y finalizó a la 1:00 de la tarde. Estas obras las hacen por gusto y no por compromiso. “Esto es una bomba de tiempo. Ellos no tienen una condición de vida digna y nosotros, tristemente, no tenemos el espacio suficiente para albergarlos”, dijo con tristeza. Levantó la mirada llena de esperanza y continuó, “aunque no podamos albergarlos a todos, hacemos un esfuerzo para darles becas a al menos tres o cuatro personas a las que les veamos interés y compromiso para rehabilitarse y abrirles nuestras puertas”.
Entre las historias que escondían los rostros de los habitantes del parque está la de José Hernández. Tiene familia y casa, pero le gusta llegar todos los días al lugar, porque ahí encuentra comprensión y tranquilidad. “Mi familia no viene a buscarme, no les intereso”, dijo resignado y bajó la mirada.
Juan Carlos tuvo una vida en desorden. A los 8 años empezó a consumir marihuana, porque en la escuela se manejaban las drogas. “Los profesores están pendientes de que no se peleen, pero no se preocupan qué hacen en los ratos libres”, dijo con tono hilarante. “Empecé a matar por dinero. En el momento uno no piensa en ‘pobrecito, se va a morir…’ ¡No! Uno piensa es en matarlo rápido para reclamar pronto el dinero”.
El cuerpo lleno de cicatrices refleja cada historia vivida. Decidió cambiar y entró a la Fundación El Camino, con la que se siente profundamente agradecido, porque le brindaron apoyo sicológico y moral. Ahora, dice ser un hombre nuevo.
Otra historia es la de Reinaldo Morales. Es tierno, tiene una sonrisa coqueta y es respetuoso. Llegó tarde, porque estaba de parranda tomando Caponera. “Mi mamá me dijo: ¡Reinaldo, o se corta el pelo o se va de la casa! Y acá estoy”, dijo mientras señalaba las calles y el cabello largo. Aunque no dudó en ponerle la cabeza a una estilista para que le cortara el cabello, porque estaba “muy guapa”.
Entre tantas historias se ve gente a la que le falta cariño y comprensión. Muchos parecen niños y están esperanzados en que se les solucionen sus inconvenientes. Muestran raspaduras, manchas, cortadas y explican la clase de enfermedad que padecen. Así buscan que los consientan, los cuiden y les solventen el problema que arrastran.
Los delegados de la Cruz Roja Colombiana los tratan de manera amable y cuidadosa en la carpa de valoración. El mayor momento de diversión, con seguridad, fue el del baño. El Cuerpo de Bomberos alistó la manguera. Martín Manzano con jabón líquido en la mano ayudó a bañarlos para que quedaran limpios.
Sin escrúpulos, sin prejuicios y sin rechazo refregó las partes más sucias a uno por uno, de manera ágil. La alegría manifiesta mientras disfrutaban el agua era inmensa, hacían bromas, reían. Unos mostraron vergüenza, otros pasaron desinhibidos. Al final, todos quedaron impecables.
Después del baño hicieron fila para reclamar ropa y vestirse. Aprovecharon el momento para mostrar el gusto por cierto color. Buscaron la talla precisa y se aseguraron que les quedara a la medida.
Hubo danzas, evangelización, música, tiempo para agradecerles a la fundación El Camino, a Martín Manzano y a Nancy Ramírez. Para finalizar la jornada, compartieron el almuerzo. Quedó la satisfacción de ver rostros nuevos, llenos de alegría y agradecidos.
MILDRED MOLINA
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