CÚCUTA.- La cara de felicidad que llevaron a casa, anoche, los seguidores del Cúcuta Deportivo reflejó el mayor de los sentimientos para un aficionado del fútbol. El cuadro motilón ganó (2-1) a Millonarios, equipo que necesitaba los tres puntos para meterse en el grupo selecto de los que disputan la final del torneo profesional colombiano.
El partido, al principio, no fue bueno para los locales. La visita comenzó con dominio territorial y mostró las ganas que tenía de regresar a Bogotá con el triunfo. Y no demoró mucho para hacer realidad ese sueño con el que llegó a la capital de Norte de Santander.
Los albiazules estuvieron comandados en la cancha por el sempiterno Mayer. El 10 capitalino asumió la responsabilidad y acercó, poco a poco, a sus compañeros al arco rojinegro. La intención era aprovechar la ausencia de Buenaños, expulsado en Manizales.
En el décimo minuto se cumplió el anhelo de los bogotanos. La defensa cucuteña descuidó a Moreno y abrió el marcador para alegría de los 200 hinchas que vinieron desde el centro del país, y de uno que otro que con timidez se mezcla entre los fronterizos.
De ahí en adelante se sintió el aliento desesperado en los graderíos. Los aficionados tienen el mismo aguante que un taxista cuando el semáforo cambia a verde. No dejan que el jugador pare el balón para increparlo para que lo entregue. Así son los choferes de los carros amarillos, no ha pasado un segundo y comienzan la pitadera.
La noche no estuvo benévola con los visitantes. El calor los acompañó a lo largo de los 95 minutos jugados. El cansancio se notó en varios, que bajaron el rendimiento y quedaron a expensas de los cucuteños. El ritmo cambió.
La primera parte no dejó más que carreras de los embajadores que los motilones supieron detener. Empujones rojinegros que los albiazules soportaron. Intenciones rolas que los toches despejaron. Pases cortos, largos, cruzados, de frente y al costado. Descanso de 15 minutos.
La charla de Oscar Héctor Quintabani en el camerino surtió efecto. Las instrucciones de Richard Páez sirvieron para salir a cuidar el marcador. El Cúcuta Deportivo atacó con rabia la portería contraria y en el minuto siete alcanzó el objetivo primario, empatar. El zuliano Víctor Uribe, que malogró una oportunidad en el primer tiempo, rompió el hechizo del uno a cero en el General Santander. Empató 1-1.
Los 41 minutos restantes se hicieron intensos. Los hinchas de Oriente y Occidente, Norte y Sur olvidaron los insultos para los ídolos del momento y sacaron del reportorio de gritos el ‘sí se puede, sí se puede’ que tenían olvidado. Aplaudieron, alentaron, chiflaron y la pasaron bien.
Esa algarabía, por poco la tira al bote de la basura el árbitro Adrián Vélez. No quiso sentenciar tres claras manos dentro del área millonaria para penal. Pasó de agache en las jugadas ante el desespero de hombres y mujeres vestidos de rojo y negro. Increíble. Esos dos ojos no vieron lo que sí observaron los 10.000 ojos que pagaron o entraron gratis al estadio.
Los comandos azules se retiraron del General Santander rumiando el sabor del empate. No irían en la Diagonal Santander cuando el juez, avergonzado por tanta ceguera, marcó penal a favor de los motilones. Otra mano, la cuarta, y en esta ocasión Vélez sí sopló el silbato.
Giovanni García, el encardado de cobrar este tipo de faltas, clavó el balón en el rincón izquierdo, lejos del alcance del portero visitante. 2-1. Así comienza la era positiva de Quintabani en Cúcuta. Hoy, los aficionados, seguro, amanecieron con otro semblante.
Quedan pocos partidos y se necesita sumar puntos, de a tres, para salir del hueco. Pasto y Medellín serán recibidos en el General Santander, que luego pasará a reparación para los Juegos Nacionales, en noviembre.
RAFAEL ANTONIO PABÓN
Contraluz.CO Sólo Periodismo


