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Esta grave situación nos lleva a preguntarnos ¿Qué hacer frente a la magnitud arrolladora de los hechos y de los acontecimientos? / Foto: Ámbito Jurídico

OPINIÓN. La corrupción ¡qué vergüenza!

Produce verdadera indignación la oleada de corrupción que atraviesa al país  por muchas partes. Llegó a las Altas Cortes, donde residía el capital ético y moral que nos permitió sobrevivir a distintos naufragios políticos en la azarosa existencia constitucional. Penetró  el Congreso de la Republica, donde se elaboran y se aprueban las leyes que diseñan al país, en el que  los colombianos depositamos la esperanza para hacer un tránsito normal y  pacífico a una nueva y justa sociedad humana, más solidaria e  incluyente. Siento la corrupción como un virus que penetra distintos ámbitos de la sociedad. Enlodó al Ejecutivo, jóvenes promesas ministeriales, educadas en sofisticadas y costosas universidades, hacen el indigno y vergonzoso tránsito desde viceministerios a las cárceles La Picota y  La Modelo, a purgar condenas por el inmenso  daño hecho a nuestra sociedad.

Del mismo modo presenciamos el escandaloso caso de Odebrecht, en el que recursos valiosos del Estado fueron esquilmados para llegar a los bolsillos de funcionarios inescrupulosos, los negocios oscuros en Ecopetrol con el caso de Reficar que activó los mecanismos de alerta e investigación de la  Fiscalía, la oprobiosa conducta que obligó a la detención del senador de la república Bernardo Elías Vidal, apodado ‘Ñoño’ Elías, por orden de la Corte Suprema de Justicia, acusado de  lavado de activos, enriquecimiento ilícito, interés indebido en la celebración de contratos, cohecho y concierto para delinquir. Semejante prontuario en todo un “padre de la patria” ¿Dónde quedan la confianza y la esperanza depositadas? ¡Se trasformó en vergüenza como nación ante los ojos del mundo! Y como colofón, el inaceptable escandalo judicial por  anuncio de investigaciones a tres  expresidentes de la Corte Suprema de Justicia, supuestamente, comprometidos en oscuros manejos de expedientes, tráfico de influencias y actos de corrupción. Todo esto ¿no es acaso una crisis institucional profunda que nos tiene al borde del colapso? ¡Por  Dios! Qué vergüenza… Así, se pierde toda esperanza en el modelo político vigente que pide a gritos ser trasformado en algo mejor, antes de que sea demasiado tarde.

Esta grave situación nos lleva a preguntarnos ¿Qué hacer frente a la magnitud arrolladora de los hechos y de los acontecimientos? Si la génesis de los problemas está precisamente en las instituciones que les corresponde el estudio y la búsqueda de elementos correctivos que permitan superarlos para que nunca más se presenten y de este modo, armonizar nuevas relaciones políticas que surgen por la dejación de las armas y la implementación de la Paz.

Bien vale la pena  recordar  que antes del  estallido de la Revolución Francesa (1789), París era un nido de corrupción  que había penetrado los estamentos administrativos de la Monarquía de Luis XVI, permitiendo una serie de desmanes que minaron la autoridad del Rey hasta el momento en  que las mujeres parisinas, cansadas de tanto oprobio  iniciaron la marcha histórica que dio como resultado la famosa toma de La Bastilla. Así comenzó un cruento periodo  que dio al traste con la Monarquía, enterró al feudalismo y dio luz a un régimen, en el que la burguesía apoyada en ocasiones por las masas populares se convirtió en la fuerza política dominante  en el país,  sentó bases de la Democracia y los principios de soberanía popular. Cuenta la Historia que cuando el conserje  de la Monarquía  despertó a Luis XVI diciéndole: “Su Majestad, se han tomado La Bastilla”. Respondió: “¿Se trata de una sublevación?”.  “No, Majestad, de una Revolución”.

Hoy, la historia nos ha enseñado que las revoluciones se hacen desde las instituciones democráticas. Y la pregunta es ¿Quién las hace?  Un grupo de hombres y mujeres éticas, incorruptibles, impregnadas desde su esencia por el sueño de un país justo, equitativo y democrático, con una  formación soportada sobre los principios del respeto, solidaridad, responsabilidad, justicia,  participación y libertad. ¿Cómo lograr que este perfil de ser humano sea el que siempre lidere todas  las instituciones colombianas? Para que con la fuerza del sueño, convicción y ejemplo convoque e involucre  los servidores políticos y públicos a las trasformaciones que la sociedad demanda. En tanto sabemos cómo lograr lo anterior, lo que siempre es vigente, es convocar a la trasformación personal, para que con las personas honestas  que aún subsisten en la vida política colombiana, la trasformación del  medio circundante sea el efecto consecuente.

Se escuchan muchas voces autorizadas que plantean la necesidad de convocar una Constituyente para que en un tiempo prudencial y sobre presupuestos políticos claros entren a estudiar a profundidad la temática y produzca determinaciones jurídicas que bloqueen el crimen y la corrupción galopante que padecemos. Esta propuesta  no deja ser un salto al vacío, que en vez de ayudar a superar  dificultades y problemas, más bien abren el camino a un mayor desbarajuste institucional que es precisamente el deseo de quienes están detrás  de todos estos atropellos a los códigos judiciales y al ordenamiento de la ley.

En todo caso, esta corrupción debe parar inmediatamente, sus responsables deben ser castigados en forma ejemplar y el Estado debe cerrar, de una vez por todas, los caminos y atajos que han permitido  la corrupción que hoy nos avergüenza tanto nacional como internacionalmente.

ALONSO OJEDA AWAD

Vicepresidente del Comité Permanente de Defensa de los  Derechos Humanos.  CPDH.

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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