{"id":36550,"date":"2020-12-15T18:45:23","date_gmt":"2020-12-15T23:45:23","guid":{"rendered":"http:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=36550"},"modified":"2020-12-15T18:45:23","modified_gmt":"2020-12-15T23:45:23","slug":"no-podemos-volver-la-travesia-de-2400-kilometros-de-una-familia-venezolana-que-no-tiene-hogar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=36550","title":{"rendered":"\u2018NO PODEMOS VOLVER\u2019. La traves\u00eda de 2400 kil\u00f3metros de una familia venezolana que no tiene hogar"},"content":{"rendered":"<ul>\n<li style=\"list-style-type: none;\">\n<ul>\n<li style=\"text-align: right;\"><strong><span style=\"color: #ff9900;\"><em>Una madre y su hijo caminaron hasta que se les entumecieron los pies, durmieron en el bosque y se escondieron de la polic\u00eda. Millones de personas fueron desplazadas por la pandemia. Pero muchos, como ellos, a\u00fan no han encontrado un hogar.<\/em><\/span><\/strong><\/li>\n<\/ul>\n<\/li>\n<\/ul>\n<p><strong>BOGOT\u00c1<\/strong>.- Un ni\u00f1o peque\u00f1o corre por la carretera, sus zapatos rojos de pl\u00e1stico brillan en el crep\u00fasculo. La maleta que empuja pesa casi tanto como \u00e9l. Un cami\u00f3n acelera y amenaza con empujarlo fuera de la v\u00eda. Pero Sebasti\u00e1n Ventura, quien a sus 6 a\u00f1os ha asumido el papel de animador familiar, impulsa a su familia para seguir adelante.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201c\u00a1A Venezuela!\u201d, grita.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Su madre, embarazada de cuatro meses, se apresura para seguirle el paso. Esa noche hay cientos de personas en la carretera, todos son venezolanos que antes de la pandemia huyeron del colapso de su pa\u00eds y encontraron refugio en Colombia. Ahora, despu\u00e9s de perder sus trabajos en medio de la crisis econ\u00f3mica generada por el virus, tratan desesperadamente de regresar a casa, donde al menos pueden confiar en sus familiares.<\/p>\n<p>La crisis mundial de salud provocada por el coronavirus se ha manifestado de manera m\u00e1s visible en hospitales y cementerios con un devastador n\u00famero de casos y muertes; sus secuelas son evidentes en la p\u00e9rdida de empleos y el cierre de negocios.<\/p>\n<p>Pero un aspecto menos visible de la cat\u00e1strofe se ha desarrollado en las carreteras del mundo, porque millones de migrantes (afganos, et\u00edopes, nicarag\u00fcenses, ucranianos y otros) se han quedado desempleados en sus pa\u00edses de adopci\u00f3n y est\u00e1n regresando a casa.<\/p>\n<p>Los m\u00e1s afortunados han encontrado un refugio al regresar. Pero muchos se quedaron sin dinero en el camino, son rechazados en los cruces fronterizos o llegaron a pa\u00edses devastados por la guerra donde ven que sus vidas pasadas ya no existen.<\/p>\n<p>Y as\u00ed siguen movi\u00e9ndose.<\/p>\n<p>Las organizaciones internacionales de ayuda definen a estas personas como los \u201cmigrantes varados\u201d del virus: hombres, mujeres y ni\u00f1os que han tratado de regresar a casa desde que comenz\u00f3 la pandemia. Recientemente, la Organizaci\u00f3n Internacional para las Migraciones dijo que hay al menos 2,75 millones de personas en esa situaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Entre los m\u00e1s afectados se encuentran los venezolanos, quienes antes de la pandemia hab\u00edan generado una de las olas migratorias m\u00e1s grandes del mundo. A medida que la otrora naci\u00f3n rica en petr\u00f3leo se derrumbaba en manos de su l\u00edder autoritario, Nicol\u00e1s Maduro, la hambruna se generaliz\u00f3 y casi cinco millones de personas huyeron.<\/p>\n<p>Pero cuando lleg\u00f3 el virus, los venezolanos que viv\u00edan en el extranjero fueron los primeros en quedar desempleados en sus pa\u00edses de adopci\u00f3n, y comenzaron a ser desalojados de los departamentos que rentaban por d\u00edas en ciudades como Lima, Quito y Bogot\u00e1, la capital de Colombia.<\/p>\n<p>En los primeros meses de la pandemia, m\u00e1s de 100.000 venezolanos abandonaron Colombia, seg\u00fan las autoridades migratorias. Otros comenzaron a salir de los pa\u00edses vecinos.<\/p>\n<p>Durante seis meses, Sebasti\u00e1n y su madre, Jessika Loaiza, viajaron m\u00e1s de 2400 kil\u00f3metros, casi todos a pie, primero de Colombia a Venezuela y luego, al no encontrar un puerto seguro, regresaron a Colombia.<\/p>\n<p>A principios de mayo, comenzaron su viaje en Bogot\u00e1 con la idea de llegar a la peque\u00f1a casa que ten\u00edan en el norte de Venezuela.<\/p>\n<p>Jessika, de 23 a\u00f1os, dijo que el a\u00f1o anterior dej\u00f3 Venezuela escapando de la violencia en la que su barrio estaba sumido. Los delincuentes locales asesinaron a su marido, dej\u00e1ndola viuda a los 22 a\u00f1os.<\/p>\n<p>En Bogot\u00e1, encontr\u00f3 trabajo en una florister\u00eda donde hac\u00eda ramos de flores para bodas y fiestas. Ella amaba su oficio.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201cTuve un excelente trabajo\u201d, dijo. \u201cAhora digo que de aqu\u00ed adelante quiero que sea mi arte\u201d.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Sebasti\u00e1n comenz\u00f3 la escuela y empez\u00f3 a aprender a leer. Pero cuando lleg\u00f3 la pandemia, la tienda cerr\u00f3 y ella perdi\u00f3 su trabajo. Empezaron a dormir en la calle.<\/p>\n<p>Jessika no quer\u00eda irse de Colombia. Pero su esperanza era que, al regresar a su casa, pudiera vivir sin pagar alquiler, depender de la ayuda del gobierno y dejar atr\u00e1s los efectos de la pandemia en expansi\u00f3n.<\/p>\n<p>En una de sus primeras noches en la carretera, se detiene al lado de la autopista, su mirada se enfoca en la creciente oscuridad y luego en su hijo.<\/p>\n<p>Est\u00e1 preocupada por d\u00f3nde dormir\u00e1n. \u201cCaminamos\u201d, dijo. Su familia la sigue. La acompa\u00f1an Sebasti\u00e1n y Javier, su nueva pareja; su madre, Peggy; su hermano Jes\u00fas y su cu\u00f1ada, Grelymar, tambi\u00e9n embarazada.<\/p>\n<p>Los veh\u00edculos pasan rugiendo y la maleta de Sebasti\u00e1n raspa el pavimento irregular, esa es la banda sonora de su nueva vida.<\/p>\n<p>Est\u00e1n en la carretera desde el amanecer, pero el ni\u00f1o se muestra optimista. Corre por el camino como un <em>boyscout<\/em> durante su primera aventura, ansioso por demostrar lo que sabe, y preguntando todo lo que desconoce.<\/p>\n<p>\u201cPor aqu\u00ed pasa el tren\u201d, dice deteni\u00e9ndose en un puente sobre las v\u00edas, inclin\u00e1ndose peligrosamente sobre el borde y tratando de entender de d\u00f3nde ven\u00eda el tren y hacia d\u00f3nde se dirige. Sabe que est\u00e1n escapando de algo malo. \u201cEl virus\u201d, dice, \u201cmata a la gente\u201d.<\/p>\n<p>Deben estar en camino a un lugar mejor, razona. \u00bfVerdad? Cada d\u00eda, caminan hasta que se les entumecen los pies, piden comida, acampan al borde de la carretera y se esconden de la polic\u00eda que patrulla en busca de las personas que no cumplen la cuarentena.<\/p>\n<p>Y cada noche, Jessika mira el horizonte en busca de un lugar seguro para dormir \u2014un porche cubierto o un matorral en el bosque\u2014 y no se detiene hasta que lo encuentran.<\/p>\n<ul>\n<li>\u2018Hasta aqu\u00ed llegamos\u2019<\/li>\n<\/ul>\n<p>En junio, pasados 32 d\u00edas y 400 kil\u00f3metros desde que empezaron la traves\u00eda, la camiseta de Jessika estira sobre su vientre como un globo. Sebasti\u00e1n est\u00e1 m\u00e1s delgado, bronceado por el sol.<\/p>\n<p>Est\u00e1n en Bucaramanga, a 190 kil\u00f3metros de la frontera con Venezuela. Cientos de familias, todas compuestas por migrantes pand\u00e9micos, se amontonan al borde de un parque, ansiosas por llegar a casa. Los contrabandistas ofrecen transporte hasta la frontera a cambio de tel\u00e9fonos o ropa.<\/p>\n<p>La madre de Jessika, Peggy, hace una llamada y se entera de que su casa en Venezuela ha sido tomada por los mismos delincuentes que los expulsaron el a\u00f1o anterior. Y comienza a llorar.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201cNosotros no podemos volver\u201d, dice.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Atrapados entre dos pa\u00edses, y despu\u00e9s de perder sus dos hogares, deciden seguir adelante y le entregan el dinero que les quedaba, 30 d\u00f3lares, a un contrabandista. Cuando les dice que no es suficiente, el hermano de Jessika, Jes\u00fas, se quita los zapatos. Los entrega y se sube descalzo, con los dem\u00e1s, a un cami\u00f3n de carga lleno de personas.<\/p>\n<p>Pasada la medianoche, el cami\u00f3n comienza su ascenso hacia las monta\u00f1as. Acelera sobre una zona muy fr\u00eda y los pasajeros vomitan. Al amanecer, se detienen junto a un r\u00edo, a seis horas de caminata hasta la frontera.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201cB\u00e1jense que hasta aqu\u00ed llegamos\u201d, grita el contrabandista.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Sebasti\u00e1n estira sus piernas peque\u00f1as. Han vuelto a la carretera.<\/p>\n<p>Las esperanzas de Jessika aumentan a medida que se acercan a la frontera \u2014\u00a1es su pa\u00eds!\u2014, pero luego se rompen cuando cruza a territorio venezolano.<\/p>\n<p>En Venezuela, se entera de que el gobierno ha comenzado a usar su aparato de seguridad represivo para tratar de controlar el virus. En la ciudad fronteriza de San Antonio del T\u00e1chira, los funcionarios la confinan con su familia en un centro de detenci\u00f3n. Les hacen pruebas de coronavirus y tienen que quedarse en una tienda de campa\u00f1a con otras 600 personas. Durante d\u00edas, all\u00ed duermen bajo vigilancia militar.<\/p>\n<p>Cada ma\u00f1ana, la preocupaci\u00f3n de Sebasti\u00e1n es qu\u00e9 van a comer. Las filas son largas y nunca hay suficientes alimentos. Tampoco tienen tenedores ni cuchillos, por lo que se alimentan con sus c\u00e9dulas de identidad: cortan con el lado afilado y usan la parte plana como cuchara.<\/p>\n<p>En ese momento, la ansiedad de Sebasti\u00e1n alcanza un punto cr\u00edtico. Le pregunta a su abuela constantemente d\u00f3nde vivir\u00e1n, qu\u00e9 comer\u00e1n y cu\u00e1ndo regresar\u00e1 a su sal\u00f3n de clases.<\/p>\n<p>El d\u00eda 17 de la detenci\u00f3n, unos hombres vestidos de blanco comienzan a insultar a los repatriados que han dado positivo por el virus. \u201c\u00a1Jes\u00fas Loaiza!\u201d, grita uno. Luego los hombres se llevan a su t\u00edo Jes\u00fas, y Sebasti\u00e1n comienza a gritar.<\/p>\n<p><strong>El problema con el regreso a casa<\/strong><\/p>\n<p>Despu\u00e9s de un mes, el gobierno venezolano deja que se vayan. Jes\u00fas se reencuentra con su familia y se van a la casa de la abuela de Grelymar, con sus paredes rosas y cortinas con estampado de flores, en la ciudad de San Felipe.<\/p>\n<p>Pronto descubren una Venezuela en mucho peor estado que la que dejaron. Con las cuarentenas en vigor, los trabajos son escasos y la gasolina es casi imposible de encontrar. Maduro consolid\u00f3 su poder en los \u00faltimos meses y la perspectiva de una transici\u00f3n pol\u00edtica, o cualquier tipo de cambio, parece m\u00e1s lejana que nunca.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana, el refrigerador solo tiene dos huevos, un trozo de queso y un poco de arroz. Desesperados, Jessika, Javier y Sebasti\u00e1n se mudan con la madre de Javier a una peque\u00f1a finca en el pueblo de Sabaneta, el lugar de nacimiento de Hugo Ch\u00e1vez, el padre de la revoluci\u00f3n socialista de Venezuela. Son 15, incluidos los hermanos de Javier, sus esposas e hijos.<\/p>\n<p>Las piernas de Sebasti\u00e1n parecen palos. Intenta jugar con los otros ni\u00f1os, pero se separa para suplicarle a su madre.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201cMam\u00e1, tengo hambre\u201d, le dice. \u201cMam\u00e1, aqu\u00ed no hay nada\u201d.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Jessika comienza a recordar los eventos de los \u00faltimos meses. Toda esa caminata, todos esos d\u00edas bajo la lluvia y el fr\u00edo, no sirvieron para nada. Venezuela est\u00e1 en ca\u00edda libre.<\/p>\n<p>Al menos en Colombia existe la posibilidad de una recuperaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Jessika est\u00e1 embarazada de ocho meses y medio. Y llama a su madre para decirle que caminar\u00e1 los 960 kil\u00f3metros de regreso a Bogot\u00e1.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201c\u00bfCon esa barriga?\u201d, le pregunta su madre.<\/li>\n<li>\u201cSi me vine as\u00ed, me voy as\u00ed\u201d, le responde.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Es septiembre. En el camino, Sebasti\u00e1n recupera algo de su antiguo optimismo. Y, una vez m\u00e1s, la carretera se llena de venezolanos.<\/p>\n<p>La econom\u00eda colombiana est\u00e1 al l\u00edmite, los casos de coronavirus aumentan y el desempleo tambi\u00e9n. Oficialmente, la frontera entre los dos pa\u00edses est\u00e1 cerrada. Pero, luego de ver las condiciones en casa, miles de venezolanos regresan a Colombia por los caminos ilegales y esperan, contra todo pron\u00f3stico, encontrar trabajo en las ciudades que dejaron atr\u00e1s.<\/p>\n<p>Los funcionarios colombianos dicen que esperan que regrese el 80 por ciento de los que se fueron al comienzo de la pandemia. Cuando se vuelva a abrir la frontera, predicen que 200.000 venezolanos ingresar\u00e1n a Colombia en los primeros tres meses.<\/p>\n<p>\u201cLo que nosotros estamos haciendo es buscando un futuro\u201d, dice Javier.<\/p>\n<p><strong>Una familia en crecimiento<\/strong><\/p>\n<p>Est\u00e1n de nuevo en Bucaramanga, a 400 kil\u00f3metros de Bogot\u00e1, en donde comparten una habitaci\u00f3n de paredes de ladrillo con una cama individual, cuando Jessika rompe la fuente y comienza a sangrar. Javier la lleva por una colina empinada hasta llegar a un hospital. Despu\u00e9s de demostrar su valent\u00eda durante semanas, Jessika est\u00e1 aterrorizada.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 hab\u00eda tanta sangre? \u00bfQu\u00e9 le ha hecho esa caminata a su hijo?<\/p>\n<p>Los m\u00e9dicos la llevan a la sala de operaciones y, poco despu\u00e9s de la medianoche, da a luz a su beb\u00e9. Josnaiber Xavier Morillo Loaiza nace debajo del peso ideal, apenas 2,2 kilos, pero est\u00e1 sano.<\/p>\n<p>Afuera del hospital, Javier est\u00e1 preocupado. No tienen casa, ni trabajo, ni siquiera dinero para el alcohol que Jessika necesita para limpiar la incisi\u00f3n de la ces\u00e1rea en su vientre.<\/p>\n<ul>\n<li>\u201cA veces me pregunto: \u2018\u00bfSer\u00e1 que nunca voy a tener una casa, nunca voy a descansar?\u2019\u201d, dice Javier.<\/li>\n<\/ul>\n<p>Pero Jessika es inquebrantable. Horas despu\u00e9s de dar a luz, dice que planea esperar hasta que el m\u00e9dico le quite los puntos. \u201cY ya voy a arrancar caminando\u201d.<\/p>\n<p><strong>La esperanza contra la esperanza<\/strong><\/p>\n<p>Seis meses despu\u00e9s de salir de Bogot\u00e1, Jessika, Javier y Sebasti\u00e1n se bajan de un autob\u00fas en la terminal Salitre de la ciudad. El conductor, al ver al beb\u00e9, les hab\u00eda dado un avent\u00f3n.<\/p>\n<p>A pocos d\u00edas de cumplir 24 a\u00f1os, Jessika abraza a Josnaiber contra su pecho. El bolso de Javier est\u00e1 tan roto que lo llevaba amarrado por una cuerda. Los zapatos de Sebasti\u00e1n est\u00e1n tan desgastados que casi se acaba las suelas de pl\u00e1stico.<\/p>\n<p>Pero corre por la terminal, electrizado por su regreso.<\/p>\n<p>La econom\u00eda colombiana ha comenzado a reabrirse. Por la ma\u00f1ana, Jessika va a mandar un mensaje a la florista para pedirle trabajo. Pero esa noche, sin ning\u00fan otro lugar adonde ir, dormir\u00e1n bajo un puente peatonal, a cent\u00edmetros de una carretera de ocho carriles. Una noche m\u00e1s sin hogar.<\/p>\n<p>Julie Turkewitz report\u00f3 desde Colombia e Isayen Herrera desde Venezuela.<\/p>\n<p>Federico Rios y Sof\u00eda Villamil colaboraron en este reportaje.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Una madre y su hijo caminaron hasta que se les entumecieron los pies, durmieron en el bosque y se escondieron de la polic\u00eda. Millones de personas fueron desplazadas por la pandemia. Pero muchos, como ellos, a\u00fan no han encontrado un hogar. 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