{"id":35165,"date":"2020-02-01T19:14:01","date_gmt":"2020-02-02T00:14:01","guid":{"rendered":"http:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=35165"},"modified":"2020-02-01T19:14:01","modified_gmt":"2020-02-02T00:14:01","slug":"comentario-de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-venezuela","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=35165","title":{"rendered":"COMENTARIO. \u00bfDe qu\u00e9 hablamos cuando hablamos de Venezuela?"},"content":{"rendered":"<ul>\n<li style=\"list-style-type: none;\">\n<ul>\n<li style=\"text-align: right;\"><span style=\"color: #ff9900;\"><em>La fuerza de la palabra Venezuela en el debate pol\u00edtico tiene ya veinte a\u00f1os, desde que el comandante Hugo Ch\u00e1vez Fr\u00edas apareci\u00f3 como un parteaguas. Pero cada ideolog\u00eda intenta sacar provecho de ella como puede, a despecho de la tragedia de los venezolanos.<\/em><\/span><\/li>\n<\/ul>\n<\/li>\n<\/ul>\n<p><em>\u00a0<\/em><strong>MADRID<\/strong> \u2014 Era un ministro menor; se meti\u00f3 con Venezuela y se meti\u00f3 en problemas. En estos d\u00edas, acosado por medios y rivales, el ministro espa\u00f1ol de Transportes, un se\u00f1or \u00c1balos, debi\u00f3 explicar que es cierto que esa noche estuvo en el avi\u00f3n de la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodr\u00edguez, aparcado en Barajas pero que fue porque quer\u00eda ver a otro ministro venezolano amigo suyo que ven\u00eda en ese avi\u00f3n y que no se reuni\u00f3 con la se\u00f1ora Rodr\u00edguez sino que, al contrario, le impidi\u00f3 que pisara suelo espa\u00f1ol \u2014porque ella tiene prohibida la entrada en la Comunidad Europea\u2014 y algunos medios le dicen que miente, que s\u00ed que se reuni\u00f3 con ella, y algunos partidos piden su renuncia y su presidente, Pedro S\u00e1nchez, prefiere no recibir a Juan Guaid\u00f3 de paso por Madrid, y el expresidente socialista Gonz\u00e1lez se lo reprocha y el expresidente socialista Rodr\u00edguez se lo encomia y en cambio el alcalde derechista de Madrid le entrega a Guaid\u00f3 las llaves de la capital y se lo lleva a ver al jefe de Vox, y el sainete ya lleva d\u00edas y contin\u00faa con br\u00edos. Es Venezuela: el nombre de los dimes y diretes, esa forma de la confusi\u00f3n contempor\u00e1nea, esa manera de hablar sin saber muy bien de qu\u00e9: siempre de otra cosa. Venezuela.<\/p>\n<p>Un cable de EFE parece un buen ejemplo: \u201cPolic\u00edas venezolanos rodean la oficina personal de Juan Guaid\u00f3 en Caracas\u201d, titulaba hace unos d\u00edas la agencia de prensa estatal espa\u00f1ola. Nos repitieron tantas veces aquello de que la noticia es que un hombre muerda a un perro; del mismo modo, noticia ser\u00eda que los polic\u00edas que rodean una oficina en Caracas fuesen colombianos, camboyanos o zul\u00faes. Pero no que en la capital de Venezuela act\u00fae la polic\u00eda venezolana. Y sin embargo el gentilicio estaba en ese t\u00edtulo: algo m\u00e1s que un error, poco menos que un s\u00edntoma. El sustantivo Venezuela, el adjetivo venezolano se han transformado, \u00faltimamente, en mucho m\u00e1s que una mera descripci\u00f3n. Han perdido, de muchas formas, el sentido, y han ganado otros: la condena, la descalificaci\u00f3n, el miedo.<\/p>\n<p>Por supuesto, como pasa con tantas palabras castellanas, estas tampoco significan lo mismo en distintos pa\u00edses o regiones del idioma. En Am\u00e9rica Latina la fuerza de la palabra Venezuela en el debate pol\u00edtico tiene ya veinte a\u00f1os, desde que el comandante Hugo Ch\u00e1vez Fr\u00edas apareci\u00f3 como un parteaguas y las parti\u00f3 a golpes de discursos y dineros.<\/p>\n<p>Entonces la dizque izquierda latinoamericana se recost\u00f3 en Venezuela, recibi\u00f3 su sost\u00e9n, defendi\u00f3 sus gobiernos, la exalt\u00f3 en sus proclamas. Y la derecha latinoamericana la us\u00f3 como su cuco: ya agotado el fantasma de la Revoluci\u00f3n cubana, necesitaban uno nuevo y el de Ch\u00e1vez les result\u00f3 \u00fatil, el de Maduro inmejorable. Fueron las dos etapas del uso de Venezuela: cuando le iba mejor, hasta la muerte de Ch\u00e1vez, la amenaza era que quisieran \u201cexportar su revoluci\u00f3n\u201d a otros pa\u00edses; cuando le empez\u00f3 a ir muy mal, la amenaza era que les exportaran el desastre.<\/p>\n<p>As\u00ed que, tras diez o doce a\u00f1os de temer a Venezuela, la gran derecha latinoamericana empez\u00f3 a agradecerla: era la muestra viva del fracaso de esas tentativas que, supuestamente, quer\u00edan evitar en sus pa\u00edses. Todos lo usaron; es probable que nadie lo haya usado tan bien como el expresidente colombiano \u00c1lvaro Uribe V\u00e9lez, que se invent\u00f3 la amenaza del \u201ccastrochavismo\u201d para transformar a sus m\u00f3dicos rivales electorales en lobos feroces, manadas ululantes.<\/p>\n<p>A Espa\u00f1a, en cambio, Venezuela tard\u00f3 m\u00e1s en llegar. Hasta 2014 era un tema que interesaba a casi nadie; fue entonces cuando surgi\u00f3, como desde la nada, Podemos. Su aparici\u00f3n fue fulgurante y el establecimiento espa\u00f1ol se sinti\u00f3 curiosamente amenazado.<\/p>\n<p>Podemos no entraba en las categor\u00edas conocidas, romp\u00eda con el orden pol\u00edtico habitual, lo cuestionaba con fuerza y, sobre todo, era tan nuevo y tan juvenil y tan agreste que sus enemigos no sab\u00edan c\u00f3mo acosarlo. Cundi\u00f3 el p\u00e1nico, hasta que alguien \u2014esos periodistas, esos polic\u00edas\u2014 \u201cdescubri\u00f3\u201d que algunos de sus socios fundadores hab\u00edan recibido dinero del Estado venezolano.<\/p>\n<p>De pronto, todo entraba en la norma: esos muchachos impolutos impetuosos inimputables tambi\u00e9n ten\u00edan sus trapos sucios; se los pod\u00eda atacar como ellos atacaban a \u201cla Casta\u201d, el club de los ricos y los pol\u00edticos espa\u00f1oles. Ese dinero venezolano, se transform\u00f3 en la versi\u00f3n renovada del Oro de Mosc\u00fa: la \u201cinjerencia extranjera\u201d que explicaba y descalificaba la participaci\u00f3n de un sector nuevo en la pol\u00edtica espa\u00f1ola. Y entonces Venezuela, que nunca hab\u00eda sido un tema relevante, lleg\u00f3 al centro del debate.<\/p>\n<p>Corr\u00eda 2016; los medios serios que siempre lo hab\u00edan mirado de reojo de pronto publicaban editoriales y reportajes y columnas sobre las carencias y violencias de aquel pa\u00eds lejano. Y programas de la televisi\u00f3n m\u00e1s masiva, tan rellenos de sangre y siliconas, despachaban heroicos enviados para mostrarnos aquel frente de batalla llamado Caracas. En unos meses, Venezuela se transform\u00f3, en Espa\u00f1a, en sin\u00f3nimo de todos los males. Y, como en el resto del mundo hispanoparlante, se volvi\u00f3 tambi\u00e9n un eje de la definici\u00f3n de los pol\u00edticos \u2014aunque, por supuesto, nunca de las pol\u00edticas\u2014.<\/p>\n<p>Ahora, todav\u00eda, los pol\u00edticos de la derecha espa\u00f1ola, que evitan hablar del resto del mundo como si lo cubriera una lepra rara, blanden Venezuela. En los debates electorales espa\u00f1oles nadie nunca pronuncia los nombres de Colombia, M\u00e9xico, Argentina, Francia, China; Venezuela siempre sale de alg\u00fan labio derech\u00f3n. Y, en respuesta, los pol\u00edticos de la dizque izquierda espa\u00f1ola se apuran a desmentir que sus ideas tengan ninguna relaci\u00f3n con las que se aplican \u2014o no se aplican\u2014 en aquel pa\u00eds.<\/p>\n<p>El caso es curioso: est\u00e1 claro que, para la derecha hispanoamericana, Venezuela \u2014el fracaso estrepitoso de Venezuela\u2014 es una bendici\u00f3n, un arma que usan con abundancia y alegr\u00eda. Pero, a diferencia de lo que suele pasar en estos casos, no hay otro sector \u2014no hay una izquierda, una centroizquierda\u2014 que quiera defenderla. A lo sumo, les molesta no poder condenarla como a veces querr\u00edan.<\/p>\n<p>Venezuela les resulta un engorro: les complica la vida. Por historias, por ciertas lealtades, por tozudez, algunos querr\u00edan reivindicarla; es dif\u00edcil cuando los informes m\u00e1s serios hablan de la peor violencia, de un Estado que ha torturado y matado a miles de personas; es dif\u00edcil cuando millones huyen corridos por el hambre. Lo intentan, igual, a su manera. A principios de enero, por ejemplo, cuando el gobierno de Maduro impidi\u00f3 que los parlamentarios entraran a la Asamblea Nacional, el nuevo canciller peronista argentino emiti\u00f3 un comunicado duro, que dec\u00eda que esos actos \u201cresultan inadmisibles para la convivencia democr\u00e1tica\u201d y que era necesario \u201cfacilitar ese proceso de di\u00e1logo para que Venezuela pueda recuperar a la brevedad la normalidad democr\u00e1tica que hist\u00f3ricamente ha caracterizado a ese pa\u00eds\u201d. Si no hay normalidad democr\u00e1tica, le preguntaron al presidente Fern\u00e1ndez, ser\u00e1 que hay una dictadura; \u00e9l lo neg\u00f3. Quiz\u00e1 su lealtad a su exjefa, Cristina Fern\u00e1ndez, le impida definir as\u00ed al r\u00e9gimen de Maduro; quiz\u00e1 crea que un Estado que mata menos de 10.000 personas al a\u00f1o no califica para dictadura; por las razones que sean, no lo hace.<\/p>\n<p>Y entonces se arman esas discusiones l\u00e9xicas que, a primera vista, parecen caprichosas, vanas: si lo que pas\u00f3 en Bolivia en noviembre fue o no un \u201cgolpe de Estado\u201d; si Venezuela es o no \u201cuna dictadura\u201d. Se ve nimio, pero no lo es. El fantasma de la \u201cpalabra eficaz\u201d \u2014la que produce efectos en la realidad\u2014, tan caro a las viejas religiones, reaparece en estos debates: muchas cosas dependen de que se use una palabra u otra. Si hay un \u201cgolpe de Estado\u201d o una \u201cdictadura\u201d, los organismos internacionales y los pa\u00edses ponen en marcha una serie de medidas que no ponen si no los hay. De all\u00ed tanto debate l\u00e9xico: el peso de las palabras, en este caso, puede hundir construcciones relevantes.<\/p>\n<p>Venezuela, entonces, la palabra Venezuela, la palabra venezolano, han cobrado en nuestros pa\u00edses una fuerza que nunca tuvieron. Nadie habla de ellos y de ella cuando habla de ellos y de ella; a la mayor\u00eda de los que la nombran les dan igual sus 32 millones de ciudadanos, sus cuatro o cinco millones de desterrados, sus b\u00fasquedas, sus penas. Venezuela, la palabra Venezuela, se ha vuelto un arma de la gran derecha, un lastre de las pocas izquierdas, una incomodidad constante, una palabra que dice lo que no debiera. Es extra\u00f1o. Todo un pa\u00eds tendr\u00eda que cambiar para que esa palabra, por fin, recupere el sentido. O, qui\u00e9n sabe, todo un continente.<\/p>\n<p><strong>MART\u00cdN CAPARR\u00d3S<\/strong><\/p>\n<p><strong>@martin_caparros<\/strong><\/p>\n<p><strong>Colaborador regular de The New York Times. <\/strong><strong>Su ensayo m\u00e1s reciente, Ahorita, acaba de aparecer. Su pr\u00f3xima novela, Sinf\u00edn, que se publicar\u00e1 en marzo de 2020, transcurre en 2070.<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La fuerza de la palabra Venezuela en el debate pol\u00edtico tiene ya veinte a\u00f1os, desde que el comandante Hugo Ch\u00e1vez Fr\u00edas apareci\u00f3 como un parteaguas. 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