{"id":34912,"date":"2019-11-25T21:08:41","date_gmt":"2019-11-26T02:08:41","guid":{"rendered":"http:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=34912"},"modified":"2019-11-25T21:08:41","modified_gmt":"2019-11-26T02:08:41","slug":"cronica-vitrinas-a-cielo-abierto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=34912","title":{"rendered":"CR\u00d3NICA. Vitrinas a cielo abierto"},"content":{"rendered":"<p style=\"padding-left: 40px; text-align: right;\"><span style=\"color: #ff9900;\"><strong>C\u00daCUTA.-<\/strong> Al llegar a las tierras que, el 17 de junio de 1733, Juana Rangel de Cu\u00e9llar donara para la construcci\u00f3n de la ciudad, muchos encuentran en C\u00facuta que las ventas ambulantes son la primera ventana de salida para solventar los gastos que demanda estar en otro pa\u00eds. Las polvorosas y ruidosas calles de la capital de Norte de Santander y de la zona de frontera se trasforman en vitrinas a cielo abierto.<\/span><\/p>\n<p>Una mujer mayor, de piel morena, con mirada cargada de nostalgia y vestida con ropa desgastada, dice venir de Barquisimeto (estado Lara \u2013 Venezuela). Parti\u00f3 junto a su hijo Kevin, de 13 a\u00f1os, quien ha sido su compa\u00f1\u00eda incondicional y la gu\u00eda en busca de lo que le permita tener mejor condici\u00f3n de vida. \u201cTenemos m\u00e1s de un a\u00f1o en C\u00facuta\u201d, coment\u00f3.<\/p>\n<p>Todos los d\u00edas amanece con el mismo prop\u00f3sito, salir a ganarse la vida. Reci\u00e9n llegaron no sab\u00edan que ser\u00edan producto del desconocimiento de la ciudad y de los habitantes. Sin familiares, ni amigos, impulsaron lo que comenz\u00f3 en una caja de cart\u00f3n y dos cordones sobre las laterales, que asemejan una chaza de madera, esencial para los vendedores ambulantes y la indicada para exhibir los productos.<\/p>\n<p>\u201cCon unos ahorros que me quedaban, compr\u00e9 una tira de cigarrillos, un paquete de dulces y pagu\u00e9 dos d\u00edas en una habitaci\u00f3n que nos arrendaron\u201d, coment\u00f3 Susana Arocha. La jornada diaria comienza a las 7:00 de la ma\u00f1ana. La odisea de vender en las calles de La Parada, corregimiento de Villa del Rosario, los espera.<\/p>\n<p>Provienen de una tierra igual de calurosa y trajeron la maleta cargada de sue\u00f1os y el coraz\u00f3n arrugado por abandonar lo que por a\u00f1os fue el hogar. Las aceras de asfalto, bajo el extenuante sol, preparan lo que para ellos es la oportunidad de encontrar alternativas de soluci\u00f3n al desamparo.<\/p>\n<p>Caminaron horas y horas enteras, que solo eran recompensadas con una botella de agua que renovaban en donde se les acabara. Com\u00edan a deshoras, de manera desproporcionada. En ocasiones \u201cno pod\u00edamos reunir lo de la habitaci\u00f3n, lo que me llevaba a reponer con mi mercanc\u00eda a la due\u00f1a de la posada en donde dorm\u00edamos\u201d.<\/p>\n<p>Ubicados en puntos neur\u00e1lgicos de movilidad en la ciudad, a diario deambulaba junto al hijo para ofertar los productos. \u201cLo que para muchos es inc\u00f3modo, a nosotros nos ayuda much\u00edsimo\u201d, indic\u00f3 Susana mientras vende dos panes de bocadillo a un cliente que la llama desde un carro. Los se\u00f1alamientos de algunos la desaniman en la lucha por alcanzar el sustento.<\/p>\n<p>Pasaron alrededor de seis meses desde la llegada y los tiempos empezaron a mejorar m\u00ednimamente. Las ventas aumentaron y los ingresos crecieron. Las ganas de superaci\u00f3n la llevaron a pensar en otra idea.<\/p>\n<p>En esos d\u00edas de bonanza pudieron ahorrar algo de dinero y con ayuda de una vecina, que los present\u00f3 en la panader\u00eda del sector, compraron una mesa y una silla pl\u00e1sticas, que se convertir\u00edan en el nuevo negocio: vender pan.<\/p>\n<p>El plante alcanz\u00f3 para 50 panes de bocadillo, leche y az\u00facar. Se acicala en las ma\u00f1anas con la mejor energ\u00eda para salir adelante. En una esquina del barrio La Merced, a un costado del monumento de quien don\u00f3 las tierras para levantar la ciudad, toma posesi\u00f3n con el hijo, un chico que deslumbra la inocencia de no saber con certeza qu\u00e9 sucede.<\/p>\n<p>El sem\u00e1foro marca 65 segundos en rojo, calcula cada grito para ofrecer los panes, empacados en bolsa pl\u00e1stica. Kevin vocifera los precios, que no superan los dos mil pesos, y se mueve entre carros y motos. As\u00ed es la cotidianidad de la informalidad.<\/p>\n<p>Ah\u00ed, se codea con vendedores de mandarinas, limones y aguacates, y uno que otro malabarista que flota por el lugar. El pan de venta callejera pas\u00f3 a ser uno de los productos de mayor comercializaci\u00f3n ambulante por la presencia de venezolanos en C\u00facuta. Lo que antes era un lujo de las panader\u00edas, ahora es s\u00edmbolo de resistencia para estos migrantes que venden en las ventanas del transporte p\u00fablico o en las calles cucute\u00f1as.<\/p>\n<p>Lo que no se vende en las v\u00edas no se vende en ning\u00fan lado, se repiten a diario estos barquisimetanos que proporcionan con placer y agrado las onces de algunas familias. \u201cS\u00ed hay pan a dos mil\u201d, son los gritos frecuentes en las calles aleda\u00f1as al centro.<\/p>\n<p>La competencia agrega otras maneras de ganarse la vida. \u201cMientras uno ofrece chocolates, galletas o dulces en promoci\u00f3n, es f\u00e1cil que ingrese el eco del precio del pan, del agua con gas o del ayudante que se rompe la garganta con el estallido de \u2018San Antonio, La Parada, Villa del Rosario directo\u2026\u2019, mientras va colgando de la puerta o corre a la par de la buseta\u201d, manifest\u00f3 Susana.<\/p>\n<p>El d\u00eda bueno puede representar el reunir con qu\u00e9 alimentarse, pagar la habitaci\u00f3n en la avenida cuarta, a la que se traslad\u00f3 luego de reconocer el espacio como potencial para vender m\u00e1s y uno que otro peso para guardar.<\/p>\n<p>Esta econom\u00eda reducida, le alcanza para lo necesario y le queda para enviar una que otra ayuda a los hermanos en Barquisimeto. En las ma\u00f1anas organiza el puesto de venta, que suele guardar en un parqueadero de la zona y se prepara para lo que ser\u00e1 la nueva jornada.<\/p>\n<p>Sin el desgaste de caminar sin rumbo y con la tranquilidad de manejar el tiempo, comienza el d\u00eda despu\u00e9s de las 8:00 de la ma\u00f1ana y lo finaliza, con la cantidad de productos destinados para el d\u00eda siguiente. \u201cPodemos vender de 40 a 50 panes diarios. Nos va muy bien, porque a la gente que compra le gusta\u201d, agreg\u00f3 Susana, al momento que prepara el porta comida en el que trae el almuerzo para ella y el hijo.<\/p>\n<p>Al igual que esta mujer, cientos de migrantes deambulan por las ajetreadas calles de C\u00facuta y se sujetan de la chaza de madera con divisiones para dulces, gomitas y cigarrillos; una cava con agua y jugos, un palo atravesado sobre los hombros, con verduras, o una mesa con pan fresco para conseguir el diario.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n, hay ventas de minutos, gaseosa, malta, pastillas para el dolor de cabeza o alimentos de tradici\u00f3n venezolana, como la chicha. Todos bajo el mismo prop\u00f3sito que no los deja despabilar y los somete al ajetreo de una ciudad perdida en la informalidad.<\/p>\n<p>Las calles de la casa de duendes pasaron a ser vitrinas a cielo abierto con mayor intensidad y la plataforma para el sustento de cientos de familias cucute\u00f1as y venezolanas, que luchan por sobrevivir a este fen\u00f3meno en el que se encuentran.<\/p>\n<p>PAOLA OICAT\u00c1<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>C\u00daCUTA.- Al llegar a las tierras que, el 17 de junio de 1733, Juana Rangel de Cu\u00e9llar donara para la construcci\u00f3n de la ciudad, muchos encuentran en C\u00facuta que las ventas ambulantes son la primera ventana de salida para solventar los gastos que demanda estar en otro pa\u00eds. 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