{"id":28003,"date":"2016-08-25T22:42:39","date_gmt":"2016-08-26T03:42:39","guid":{"rendered":"http:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=28003"},"modified":"2016-08-25T22:42:39","modified_gmt":"2016-08-26T03:42:39","slug":"crisis-en-venezuela-la-malaria-se-esparce-en-medio-del-colapso-economico","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contraluzcucuta.co\/?p=28003","title":{"rendered":"CRISIS EN VENEZUELA. La malaria se esparce en medio del colapso econ\u00f3mico"},"content":{"rendered":"<p><strong>MINA ALBINO, Venezuela<\/strong> \u2014 Cuando Reinaldo Balocha volvi\u00f3 a enfermarse de malaria por duod\u00e9cima vez, no descans\u00f3 para nada. A\u00fan con la fiebre sacudiendo su cuerpo, se ech\u00f3 el pico al hombro y regres\u00f3 a trabajar en la mina ilegal de oro donde pica piedras.<\/p>\n<p>Balocha, un t\u00e9cnico en computaci\u00f3n, no encajaba en el trabajo de las minas; sus manos suaves sol\u00edan golpear el teclado, no la tierra. Sin embargo, la econom\u00eda de Venezuela colaps\u00f3 a tal grado que la inflaci\u00f3n anul\u00f3 su salario, y con \u00e9l sus esperanzas de conservar una vida de clase media.<\/p>\n<p>Es por eso que Balocha \u2014al igual que decenas de miles de personas de todo el pa\u00eds\u2014 viaj\u00f3 hasta estas pantanosas minas a cielo abierto en busca de un futuro.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed se encuentran meseros, oficinistas, taxistas, profesores universitarios y hasta funcionarios p\u00fablicos que est\u00e1n de vacaciones y salen a cribar oro para el mercado negro, bajo la supervisi\u00f3n de un grupo armado que les impone tarifas y los amenaza con amarrarlos a los postes si desobedecen.<\/p>\n<p>Esta es una sociedad en crisis, un lugar donde la gente educada abandona los c\u00f3modos trabajos que tienen en la ciudad por duros y peligrosos trabajos en canteras lodosas, desesperados por lograr que el dinero les alcance. El costo es elevado: la malaria, durante mucho tiempo contenida en la periferia del pa\u00eds, ha regresado para vengarse.<\/p>\n<p>Venezuela fue el primer pa\u00eds del mundo en acabar con esta enfermedad en sus zonas m\u00e1s pobladas; lo hizo en 1961, mucho antes que Estados Unidos y otros pa\u00edses desarrollados, seg\u00fan la Organizaci\u00f3n Mundial de la Salud (OMS). Fue un gran logro para una peque\u00f1a naci\u00f3n, una acci\u00f3n que allan\u00f3 el camino para el desarrollo de Venezuela como potencia petrolera y aliment\u00f3 las esperanzas de que fuese un modelo que ayudar\u00eda a erradicar la malaria en todo el mundo.<\/p>\n<p>Desde entonces, el mundo ha dedicado enormes cantidades de dinero y de tiempo para erradicar esta enfermedad. En los \u00faltimos a\u00f1os, se ha logrado reducir un 60 por ciento las muertes en los lugares donde la poblaci\u00f3n sufre de malaria, seg\u00fan la OMS.<\/p>\n<p>Pero en Venezuela, el reloj marcha hacia atr\u00e1s.<\/p>\n<p>El colapso econ\u00f3mico del pa\u00eds ha tra\u00eddo de regreso esta enfermedad; la sac\u00f3 de las remotas minas de la selva donde sobreviv\u00eda en silencio, y volvi\u00f3 a diseminarla por todo el pa\u00eds a niveles que no se ve\u00edan desde hac\u00eda 75 a\u00f1os, seg\u00fan los expertos.<\/p>\n<p>Todo comienza en las minas. Por la crisis econ\u00f3mica, al menos 70.000 personas de todos los estratos sociales han visitado esta regi\u00f3n minera desde el a\u00f1o pasado, asegura Jorge Moreno, un m\u00e9dico venezolano experto en mosquitos que actualmente trabaja cerca de las minas. Miles de personas se est\u00e1n infectando a medida que aumenta la explotaci\u00f3n de oro en pozos llenos de agua, que son el caldo de cultivo perfecto para los mosquitos que transmiten malaria.<\/p>\n<p>Luego, cuando ya tienen el par\u00e1sito en la sangre, las personas regresan a sus casas en distintas ciudades de Venezuela. Por la crisis econ\u00f3mica a menudo no hay medicinas y la fumigaci\u00f3n es escasa, entonces la malaria enferma a decenas de miles de personas y causa la desesperaci\u00f3n en ciudades enteras.<\/p>\n<p>\u201cEl oro hizo que este lugar se volviera atractivo; provoc\u00f3 una gran migraci\u00f3n y, en consecuencia, la diseminaci\u00f3n de la malaria\u201d, explic\u00f3 Moreno. \u201cCon la crisis llega esta enfermedad que se agudiza con las malas condiciones\u201d.<\/p>\n<p>Una vez que sale de las minas, la malaria se propaga r\u00e1pidamente. A cinco horas de distancia, en Ciudad Guayana, un antiguo enclave industrial donde hay muchos desempleados que se han dedicado al trabajo en las minas, un grupo de 300 personas llenaba la sala de espera de una cl\u00ednica en mayo. Todos ten\u00edan los s\u00edntomas de la malaria: fiebre, escalofr\u00edos y temblores incontrolables.<\/p>\n<p>No hab\u00eda luz porque el gobierno hab\u00eda racionado la energ\u00eda para ahorrar electricidad. No hab\u00eda medicinas porque el Ministerio de Salud no las hab\u00eda entregado. Los m\u00e9dicos hac\u00edan pruebas de sangre con las manos desprotegidas porque ya no ten\u00edan guantes.<\/p>\n<p>Maribel Supero abrazaba a su hijo de 23 a\u00f1os que temblaba sin poder hablar. Jos\u00e9 Castro sosten\u00eda a su hija de 18 a\u00f1os que gritaba. La doctora Griselda Bello mov\u00eda sus manos con un gesto de impotencia y le dec\u00eda a otro paciente que esperara un poco m\u00e1s. Las pastillas se hab\u00edan acabado y no hab\u00eda nada que pudiera hacer.<\/p>\n<p>\u201cRegrese ma\u00f1ana a las 10 de la ma\u00f1ana\u201d, le sugiri\u00f3 al enfermo.<\/p>\n<p>\u201cAy, Dios\u201d, respondi\u00f3 el paciente. \u201cUno se podr\u00eda morir de aqu\u00ed para all\u00e1\u201d.<\/p>\n<p>\u201cS\u00ed, efectivamente\u201d, confirm\u00f3 la especialista.<\/p>\n<p>En la poblaci\u00f3n vecina de Pozo Verde, los habitantes dijeron que la malaria hab\u00eda llegado despu\u00e9s de que los mineros comenzaran a regresar enfermos a sus casas, y los fumigadores del gobierno desaparecieron hace dos a\u00f1os. Hoy, el colegio secundario p\u00fablico se ha convertido en una incubadora: desde noviembre de 2015, la cuarta parte de sus 400 estudiantes se contagiaron de malaria.<\/p>\n<p>\u201cSe podr\u00eda pensar que \u00edbamos a hacer algo: acordonar la escuela o declarar la cuarentena\u201d, dijo Arebalo Enr\u00edquez, el director de la escuela, quien contrajo malaria junto con su esposa, su madre y siete miembros m\u00e1s de su familia.<\/p>\n<p>Oficialmente, la propagaci\u00f3n de la malaria en Venezuela se ha convertido en un secreto de Estado. El gobierno no ha publicado informes epidemiol\u00f3gicos sobre la enfermedad durante el \u00faltimo a\u00f1o y afirma que no hay crisis.<\/p>\n<p>Sin embargo, el informe m\u00e1s reciente que The New York Times obtuvo de m\u00e9dicos venezolanos confirma que se est\u00e1 produciendo un repunte de la enfermedad. Seg\u00fan ese documento, el a\u00f1o pasado los enfermos de malaria se incrementaron en un 56 por ciento, alcanzando una cifra de 136.000 casos.<\/p>\n<p>Centenares de personas con s\u00edntomas de malaria llenan las salas de espera de una cl\u00ednica en Ciudad Guayana, en mayo. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>La enfermedad se ha expandido r\u00e1pidamente por todo el pa\u00eds; ahora hay casos en m\u00e1s de la mitad de los 23 estados. Entre las cepas presentes se encuentra la Plasmodium falciparum, la forma m\u00e1s letal y grave de la malaria.<\/p>\n<p>\u201cEs una situaci\u00f3n de verg\u00fcenza nacional\u201d, dijo Jos\u00e9 Oletta, exministro de Salud de Venezuela que vive en Caracas, donde los casos de malaria tambi\u00e9n est\u00e1n apareciendo ahora. \u201cYo ve\u00eda este tipo de casos cuando era un estudiante de medicina, hace medio siglo. Esto me duele. Esa enfermedad hab\u00eda desaparecido\u201d.<\/p>\n<p>En El Dique, una poblaci\u00f3n rural donde la malaria no se conoc\u00eda hasta hace dos a\u00f1os, Juana Garc\u00eda, de 66 a\u00f1os, estaba sentada afuera de su casa. Hab\u00eda enviudado recientemente, porque su esposo contrajo la enfermedad y muri\u00f3. Pr\u00e1cticamente no hablaba ni se mov\u00eda de la silla.<\/p>\n<p>\u201cElla va a seguir luchando\u201d, asegur\u00f3 Ana Mar\u00eda Padr\u00f3n, su hija.<\/p>\n<p>En la casa de Padr\u00f3n, sus dos hijos tambi\u00e9n combat\u00edan la malaria. La fiebre comenz\u00f3 en la ma\u00f1ana: a las 8 en el caso de Omar, de 8 a\u00f1os; y a las 11 empez\u00f3 con fiebre Ar\u00edstides, de 7 a\u00f1os. La familia no hab\u00eda encontrado ninguna medicina. Los ni\u00f1os solo hab\u00edan recibido analg\u00e9sicos.<\/p>\n<p>\u201cEstamos rezando\u201d, dijo la madre.<\/p>\n<p><strong>La tentaci\u00f3n del oro<\/strong><\/p>\n<p>Las minas ilegales est\u00e1n desperdigadas a lo largo de decenas de kil\u00f3metros; van dejando un tramo marcado de viruelas en la tierra, donde la selva se abre para dar paso a innumerables cr\u00e1teres y cicatrices.<\/p>\n<p>Algunas operaciones mineras tienen el tama\u00f1o de peque\u00f1as piscinas donde dos hombres tamizan el barro con cacerolas, como si fuese una escena sacada de las explotaciones de yacimientos aur\u00edferos que se realizaban en California hace m\u00e1s de un siglo. Otros drenan anchos pantanos con enmara\u00f1adas redes de tubos y bombas. En otro lugar, cientos de buscadores de oro hurgan la tierra roja y blanca en una excavaci\u00f3n que tiene 15 pisos de profundidad y la longitud de un campo de f\u00fatbol americano. La llaman Cuatro Muertos.<\/p>\n<p>Esto no deber\u00eda suceder. En el pasado las reservas de oro fueron controladas por una empresa canadiense antes de que el presidente Hugo Ch\u00e1vez la expropiara y se comprometiera a utilizar sus recursos para financiar su revoluci\u00f3n socialista.<\/p>\n<p>Pero esa operaci\u00f3n sigui\u00f3 el mismo patr\u00f3n de mala gesti\u00f3n y abandono que muchas otras expropiaciones durante la era de Ch\u00e1vez. Eventualmente el Estado abandon\u00f3 el territorio alrededor de la mina, y sus beneficios potencialmente lucrativos. Los explotadores de oro se apoderaron de la zona, y tambi\u00e9n llegaron los grupos armados que se hacen llamar la ley.<\/p>\n<p><strong>Pero al menos hay comida.<\/strong><\/p>\n<p>Un m\u00e9dico pincha la oreja de Soraya Rodr\u00edguez durante una prueba de sangre para detectar la malaria en una cl\u00ednica de Tumeremo. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>Mientras el pa\u00eds se convulsiona por la escasez de comida y los disturbios, mientras las multitudes hambrientas saquean las tiendas, los restaurantes y las panader\u00edas, el pueblo minero de Las Claritas, a corta distancia de la mina Albino, vive en relativa abundancia.<\/p>\n<p>Los restaurantes ofrecen men\u00fas completos. Los mercados callejeros est\u00e1n llenos de frutas y llegan camionetas cargadas de calabazas. En un pa\u00eds donde escasea el jab\u00f3n, se venden una docena de marcas distintas en una tienda cuyos propietarios son chinos, tambi\u00e9n ofrecen siete modelos de televisores con pantalla plana. Los mineros desembolsan gordos fajos de billetes, producto de sus ganancias por el oro, y los pasan por una m\u00e1quina contadora.<\/p>\n<p>La promesa de una Venezuela diferente, un pa\u00eds donde haya suficiente comida y trabajos bien pagados, llevaron a Yudani Gonz\u00e1lez a abandonar sus estudios en Ciudad Bol\u00edvar, la capital del estado Bol\u00edvar, donde ha aumentado el desempleo. Se march\u00f3 para dirigir un desvencijado campamento en la selva donde cocina para los mineros con una mano y cuida a dos ni\u00f1os peque\u00f1os con la otra.<\/p>\n<p>\u201cAqu\u00ed puedes salir adelante\u201d, dijo Gonz\u00e1lez mientras ba\u00f1aba a su hija de dos a\u00f1os en un balde de pl\u00e1stico al mismo tiempo que cocinaba.<\/p>\n<p>Danneris Flores, una empleada del gobierno que tiene un segundo trabajo como cocinera de un campamento minero, se sent\u00f3 cerca. Flores es asistente administrativa en una cl\u00ednica estatal de salud, pero la moneda venezolana ha ca\u00eddo tanto que su salario es apenas de un d\u00f3lar al d\u00eda, seg\u00fan el valor actual de la divisa en la calle.<\/p>\n<p>As\u00ed que pidi\u00f3 vacaciones y las us\u00f3 para trabajar un par de semanas en las minas.<\/p>\n<p>Su cu\u00f1ado trabaja para PDVSA, la petrolera estatal, y hace lo mismo. Flores cuenta que al trabajar por un corto periodo en las minas gana dos veces su salario mensual. Contaba los d\u00edas que le faltaban para regresar a casa y ver a sus tres hijos.<\/p>\n<p>\u201cNunca imagin\u00e9 que trabajar\u00eda en una mina\u201d, le coment\u00f3 a Gonz\u00e1lez, mientras serv\u00edan la comida. \u201cAntes las personas pensaban en ir a la escuela\u201d.<\/p>\n<p>Un minero entr\u00f3 a saludar a las mujeres y dijo que recientemente hab\u00eda visto a alguien morir de malaria. Gonz\u00e1lez coment\u00f3 que hab\u00eda sufrido la enfermedad en cuatro ocasiones. Su hijo, de cuatro a\u00f1os, ha contra\u00eddo malaria en tres oportunidades.<\/p>\n<p>\u201cTe cobran dos gramos de oro por la medicina\u201d, explic\u00f3. \u201cT\u00fa pagas lo que te pidan\u201d.<\/p>\n<p>No todos pueden encontrar la medicaci\u00f3n, a pesar de las ganancias del oro.<\/p>\n<p>Hace unos d\u00edas, Jos\u00e9 Yoel Castillo se tambaleaba en la entrada de la cl\u00ednica de malaria en Las Claritas; cargaba en sus hombros a dos familiares mientras convulsionaba y no pod\u00eda hablar.<\/p>\n<p>Muestras de sangre de pacientes con s\u00edntomas de malaria en una cl\u00ednica de Ciudad Guayana Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>Castillo se ganaba la vida en la poblaci\u00f3n de Caicara del Orinoco llevando pasajeros en la parte de atr\u00e1s de su motocicleta. Pero un grupo armado le quit\u00f3 la moto y Castillo no pudo comprar una nueva.<\/p>\n<p>As\u00ed que se vino a las minas. R\u00e1pidamente consigui\u00f3 trabajo y dinero, incluso para comprar la medicina contra la malaria la primera vez que se enferm\u00f3. Sin embargo, cuando los s\u00edntomas aparecieron por segunda vez, no pudo encontrar el tratamiento en ninguna parte.<\/p>\n<p>\u201cAlgunas personas pueden seguir trabajando y superarlo\u201d, dijo su cu\u00f1ado, Alejandro L\u00f3pez. \u201cPero otros no\u201d.<\/p>\n<p>Incluso con dinero en los bolsillos, los mineros conocen los peligros de regresar a casa.<\/p>\n<p>Josu\u00e9 Guevara, de 20 a\u00f1os, abandon\u00f3 sus estudios en ingenier\u00eda industrial para venirse a las minas. Alguna vez se imagin\u00f3 como director de Alcasa, la compa\u00f1\u00eda estatal de aluminio. Sin embargo, dijo, sus familiares que trabajan all\u00ed apenas pod\u00edan comprar comida.<\/p>\n<p>\u201cAhora tengo otras metas\u201d, asegur\u00f3, parado sobre el borde del cr\u00e1ter de la mina Cuatro Muertos, donde ahora vive y trabaja.<\/p>\n<p>Usando gasolina y otros qu\u00edmicos para extraer el oro, Guevara gana 500.000 bol\u00edvares (cerca de 500 d\u00f3lares en el mercado negro) durante una buena racha de dos semanas, lo que equivale a 75 veces el salario m\u00ednimo. Sin embargo, cuando este verano contrajo la malaria, hizo lo mismo que otros mineros: regres\u00f3 a casa para recuperarse y llev\u00f3 la enfermedad consigo.<\/p>\n<p>\u201cTodo tiene sus riesgos\u201d, dijo.<\/p>\n<p>Del otro lado de la mina, Pedro P\u00e9rez, de 38 a\u00f1os, se sienta en una estructura hecha con tres postes y un toldo donde duerme con otros diez mineros. En marzo dio positivo de malaria dos veces. La tercera vez ni se molest\u00f3 en que le hicieran la prueba.<\/p>\n<p>\u201cEstaba recostado y sent\u00eda los mismos s\u00edntomas\u201d, relat\u00f3.<\/p>\n<p>\u00c9l tambi\u00e9n regres\u00f3 a su casa en Ciudad Bol\u00edvar, donde su madre se contagi\u00f3 de malaria. \u201cNosotros llevamos la enfermedad\u201d, dijo P\u00e9rez. A veces recuerda su vida antes de llegar a las minas durante el oto\u00f1o pasado: era supervisor en una refiner\u00eda estatal de metal.<\/p>\n<p>Continue reading the main storyPhoto<\/p>\n<p>Maribel Supero sostiene a su hijo, un minero ilegal que llevaba 21 d\u00edas enfermo de malaria. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n era due\u00f1o de una casa con cuatro habitaciones y dos ba\u00f1os, as\u00ed como de un Ford Focus 2005. Junto con su esposa, que es abogada, sol\u00eda viajar a Margarita, una isla tropical en la costa norte de Venezuela.<\/p>\n<p>Sin embargo, antes de que perdiera su trabajo el a\u00f1o pasado, la ca\u00edda de la moneda venezolana hab\u00eda reducido el valor de su salario a unos 26 d\u00f3lares mensuales. Finalmente dej\u00f3 su casa para ir a la mina.<\/p>\n<p>\u201cNo me acostumbro a ba\u00f1arme en un r\u00edo de agua sucia\u201d, dijo. \u201cCreo que antes ten\u00eda una buena vida\u201d.<\/p>\n<p>Hace unas semanas, su esposa vino a Las Claritas para comprar provisiones como comida y jab\u00f3n que no encontraba en Ciudad Bol\u00edvar. La pareja pas\u00f3 tres noches en un hostal de los mineros. Despu\u00e9s de que su esposa se fue, P\u00e9rez sinti\u00f3 las tensiones en su matrimonio.<\/p>\n<p>\u201c\u2019S\u00e9 que es dif\u00edcil para ti\u2019, le dije, \u2018pero tenemos que aceptar esta nueva realidad\u2019\u201d, cont\u00f3 P\u00e9rez.<\/p>\n<p>En Las Claritas, sentada en la mesa de un oscuro burdel que ol\u00eda a alcohol, estaba Ang\u00e9lica, una joven de pelo negro cuyos padres no saben que es prostituta. Hace tres meses dej\u00f3 la ciudad de Matur\u00edn, cuando comenzaron a estallar los disturbios por la escasez de comida.<\/p>\n<p>\u201cAntes ten\u00edas que hacer fila durante horas, pero algo consegu\u00edas\u201d, relat\u00f3 Ang\u00e9lica, que no quiso dar su apellido. \u201cPero ahora ya no queda nada all\u00e1\u201d.<\/p>\n<p>Hoy gana el equivalente a 40 d\u00f3lares cuando un minero quiere pasar la noche con ella. Lo m\u00e1s com\u00fan es que el dinero llegue en cuotas de a ocho d\u00f3lares, que es lo que gana cuando un cliente quiere tener sexo e irse enseguida.<\/p>\n<p>A veces, cuenta, puede llegar un cliente que tiembla de fiebre y no puede hacer nada porque tiene malaria. Otras veces es el due\u00f1o de una de las tiendas chinas. Los hombres vienen de todos los rincones del pa\u00eds.<\/p>\n<p>\u201cLa parte m\u00e1s dif\u00edcil de esta vida es estar con alguien a quien no amas\u201d, dice.<\/p>\n<p><strong>El regreso de la malaria<\/strong><\/p>\n<p>Venezuela solo vivi\u00f3 su auge despu\u00e9s del declive de la malaria.<\/p>\n<p>Era la d\u00e9cada de 1920 cuando se descubrieron los yacimientos masivos de petr\u00f3leo que desencadenaron una bonanza econ\u00f3mica.<\/p>\n<p>Por ese entonces dos tercios de Venezuela estaban muy afectadas por la malaria, una situaci\u00f3n que se interpon\u00eda entre el pa\u00eds y su riqueza. M\u00e1s tarde esas tristes escenas fueron inmortalizadas en Casas muertas, una novela de 1955 escrita por Miguel Otero Silva en la que se cuenta la historia de las muertes provocadas por la malaria entre los trabajadores petroleros que luchaban por sobrevivir.<\/p>\n<p>Liberar a la naci\u00f3n de la malaria se convirti\u00f3 en un tema central para el desarrollo de Venezuela, asegur\u00f3 Oletta, el exministro de Salud.<\/p>\n<p>\u201cSolo despu\u00e9s de que la malaria se fuera pod\u00edan llegar los caminos y la industria\u201d, afirm\u00f3. \u201cEra un pa\u00eds enfermo y, cuando se recuper\u00f3, las cosas cambiaron\u201d.<\/p>\n<p>Esta tarea transformadora fue liderada por Arnoldo Gabald\u00f3n, el exministro de Salud que inici\u00f3 uno de los primeros esfuerzos a gran escala para erradicar la malaria y se convirti\u00f3 en h\u00e9roe nacional.<\/p>\n<p>Varios equipos construyeron canales de irrigaci\u00f3n en las zonas rurales de Venezuela para drenar las pozas de agua estancada y construyeron casas de hormig\u00f3n para que los mosquitos tuvieran menos sitios donde reproducirse. Gabald\u00f3n fund\u00f3 un centro de investigaci\u00f3n en la ciudad de Maracay para ampliar la misi\u00f3n y capacitar a funcionarios de Am\u00e9rica Latina y \u00c1frica, entre otras regiones.<\/p>\n<p>Sin embargo, fue el uso de insecticidas \u2014inicialmente DDT y otras sustancias\u2014 lo que comenz\u00f3 a revertir la situaci\u00f3n. Las paredes de casi todas las casas rurales fueron rociadas, una t\u00e9cnica que mataba a los mosquitos cuando estos se posaban a descansar. Los fumigadores dejaban un sobre con la fecha en que volver\u00edan. Para 1949, las muertes por malaria hab\u00edan descendido dr\u00e1sticamente: de 300 por cada 100.000 personas a solo nueve.<\/p>\n<p>Carlos Freydel dice que le ha dado malaria en 60 ocasiones durante los nueve a\u00f1os que lleva trabajando en las minas ilegales de oro. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>Cuando Hugo Ch\u00e1vez asumi\u00f3 la presidencia, 50 a\u00f1os despu\u00e9s, y comenz\u00f3 a hacer realidad su visi\u00f3n del socialismo para Venezuela, el sistema creado por Gabald\u00f3n se hab\u00eda desvanecido hac\u00eda mucho tiempo, aunque parec\u00eda que la malaria segu\u00eda confinada a algunas zonas rurales. Sin embargo, la reestructuraci\u00f3n de la econom\u00eda durante el gobierno de Ch\u00e1vez y sus seguidores, junto con la creciente dependencia de las ganancias petroleras y la instauraci\u00f3n de un sistema de control sobre las divisas que restring\u00eda los d\u00f3lares, cambiaron esa situaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En 2014 y 2015, cuando los precios del petr\u00f3leo colapsaron y el gobierno batall\u00f3 para conseguir dinero y pagar alimentos, servicios e importaciones, hubo gran escasez de cloroquina y primaquina, dos medicamentos para combatir la Plasmodium vivax, una cepa que produce malaria cr\u00f3nica.<\/p>\n<p>En 2016, los m\u00e9dicos aseguran que hay escasez de casi todos los f\u00e1rmacos para combatir la malaria, sobre todo de un coctel de medicamentos para contrarrestar la Plasmodium falciparum, una cepa mort\u00edfera cuyo remedio apenas cuesta un d\u00f3lar por dosis.<\/p>\n<p>Leopoldo Villegas, un experto internacional en malaria que se encuentra en Bangkok, asegur\u00f3 que el gobierno tambi\u00e9n depend\u00eda de m\u00e9todos poco actualizados, como el roc\u00edo de insecticidas al aire libre, lo que tiene poco efecto en los mosquitos de malaria. Asegur\u00f3 que no sabe por qu\u00e9 usan este procedimiento. Y como no hay informes epidemiol\u00f3gicos de nuevos casos de malaria, no se sabe cu\u00e1nta medicina se necesita.<\/p>\n<p>Gustavo Bretas, un experto brasile\u00f1o en malaria, afirma que en el pasado Venezuela capacit\u00f3 a los expertos de toda la regi\u00f3n en la prevenci\u00f3n de la malaria. Sin embargo, su incapacidad para contener este brote implica que ahora est\u00e1 desempe\u00f1ando el papel contrario: es una amenaza para los pa\u00edses que lo rodean, particularmente Brasil, donde tambi\u00e9n hay minas de oro ilegales.<\/p>\n<p>\u201cEst\u00e1 comenzando a diseminarse por los pa\u00edses vecinos\u201d, dijo, y a\u00f1adi\u00f3 que la falta de estad\u00edsticas oficiales hace que sea dif\u00edcil medir la dimensi\u00f3n del problema.<\/p>\n<p>El Ministerio de Salud de Venezuela no respondi\u00f3 a las peticiones de entrevista, entre ellas una carta que se entreg\u00f3 en sus oficinas.<\/p>\n<p>Oscar Noya ahora trabaja en el viejo laboratorio de Gabald\u00f3n en Caracas debajo de una fotograf\u00eda de su mentor luciendo traje y corbata. En los \u00faltimos d\u00edas los pacientes con malaria volvieron a sentarse en esos escalones; muchos han venido desde las minas. Una ma\u00f1ana hace poco llegaron 15: 12 de ellos dieron resultados positivos en las pruebas de malaria.<\/p>\n<p>Los pozos llenos de agua de las minas son el caldo de cultivo perfecto para los mosquitos que transmiten la malaria a los mineros. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>Noya intenta arregl\u00e1rselas sin medicinas esenciales como el artesunate, que est\u00e1 incluido en la lista de \u201cmedicamentos esenciales\u201d de la OMS para el tratamiento de casos graves de malaria Plasmodium falciparum. Solo le quedaban tres dosis y necesita seis para tratar a un solo paciente que presente un cuadro grave.<\/p>\n<p>Una noche reciente un grupo entr\u00f3 en uno de sus laboratorios de malaria y se rob\u00f3 las computadoras. Es uno de los 20 ataques que este a\u00f1o se perpetraron contra el Instituto de Medicina Tropical, dijo Noya. El m\u00e9dico se pregunta si ser\u00e1n personas alineadas con el gobierno.<\/p>\n<p>\u201cCreemos que esto no es m\u00e1s que intimidaci\u00f3n porque no nos quedamos callados y no vamos a guardar silencio\u201d, dijo, en referencia a las declaraciones p\u00fablicas que ha hecho sobre la malaria y la propagaci\u00f3n de otras enfermedades.<\/p>\n<p>Noya hizo a un lado las dosis de artesunate, mientras los pacientes segu\u00edan llegando. Los miraba con un aire de desesperaci\u00f3n. \u201cGabald\u00f3n habr\u00eda muerto de un paro cardiaco si hubiera visto lo que est\u00e1 pasando\u201d, expres\u00f3.<\/p>\n<p><strong>Un orden fuera de la ley<\/strong><\/p>\n<p>A pesar de la constante rotaci\u00f3n de trabajadores que llegan de toda Venezuela, hay un claro orden en las minas. Lo impone un grupo armado conocido como \u201cel Sindicato\u201d.<\/p>\n<p>Uno de los jefes del Sindicato vino a las minas hace unos a\u00f1os a ejercer su profesi\u00f3n original como dentista. Sigue haci\u00e9ndolo. Sin embargo, los escuadrones de vigilantes que controlan este lugar en sus motocicletas son la verdadera fuente de su riqueza y poder. Lleva cadenas de oro, dos dientes de oro y prendas doradas que le cubren los nudillos.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de que el gobierno abandonara la zona, las minas crecieron de nuevo. Esta vez desplegaron un ritmo ingobernable mientras arrasaban el bosque, generando charcos de agua estancada y una poblaci\u00f3n que es presa f\u00e1cil de los mosquitos, con lo que allanaron el camino para la explosi\u00f3n de la malaria.<\/p>\n<p>El jefe, quien prefiere mantener su anonimato porque podr\u00eda ser arrestado por las autoridades, dice sentirse orgulloso de la capacidad del Sindicato para llenar el vac\u00edo que dej\u00f3 el Estado. Reconoce que los castigos que aplica su grupo pueden ser espantosos, como dispararle en la mano a un hombre por robar, o amarrar a los postes ubicados a la entrada de la poblaci\u00f3n a quienes delinquen, junto a un letrero que detalla la fechor\u00eda cometida.<\/p>\n<p>Sin embargo, argument\u00f3 que la disciplina manten\u00eda bajas las tasas de crimen en los campamentos y permit\u00eda que los mineros hicieran su trabajo en paz, otro aspecto que se ha erosionado mucho en las peligrosas ciudades de Venezuela.<\/p>\n<p>El l\u00edder del &#8220;Sindicato&#8221;, un grupo armado de la regi\u00f3n, luce una prenda de oro. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>\u201cEsperar justicia de la polic\u00eda es un chiste\u201d, afirm\u00f3. \u201cTienes que imponer tu propia justicia\u201d.<\/p>\n<p>Eduardo Medina est\u00e1 de acuerdo. Es un exfarmac\u00e9utico que hace un a\u00f1o dej\u00f3 de trabajar en el estado Zulia para dedicarse a la miner\u00eda porque vio que la crisis econ\u00f3mica se agudizaba.<\/p>\n<p>\u201cPuedes salir a cualquier hora y alguien te puede poner una pistola en la cabeza para que le des tu tel\u00e9fono\u2026 o amenazar a tu madre con un cuchillo\u201d, afirm\u00f3 Medina en su carpa. \u201cAqu\u00ed el crimen est\u00e1 controlado. Nos cobran pero tambi\u00e9n resuelvan los problemas\u201d.<\/p>\n<p>No obstante, la aparente calma es un enga\u00f1o. Los conflictos se levantan en otros lugares donde los rivales se disputan el control de las minas. En marzo, al menos 17 mineros fueron masacrados en lo que las autoridades creen fue una de estas disputas.<\/p>\n<p>Durante un descanso, Eduardo Medina miraba hacia la mina donde sus compa\u00f1eros trabajaban.<\/p>\n<p>\u201cEn cualquier momento te pueden matar en Zulia\u201d, dijo. \u201cPero tambi\u00e9n te pueden matar aqu\u00ed\u201d.<\/p>\n<p>Seg\u00fan el jefe, en comparaci\u00f3n con todos los problemas que hay que enfrentar para mantener el orden, la malaria es el m\u00e1s dif\u00edcil. \u201cCon la malaria estamos jodidos\u201d, dijo.<\/p>\n<p>La tarea de monitorear la enfermedad parece haberle sido delegada a Miguel Mart\u00ednez, un funcionario estatal de Salud que trabaja en una solitaria oficina ubicada a corta distancia del burdel de la mina. All\u00ed examina las muestras de sangre de los mineros: bajo su microscopio, una tintura pinta el par\u00e1sito de malaria de color morado oscuro. El registro que ten\u00eda a su lado mostraba que la mitad de los pacientes que lo hab\u00edan visitado ese d\u00eda hab\u00edan dado positivo.<\/p>\n<p>Como muchos trabajadores venezolanos de la salud, Mart\u00ednez estaba frustrado. \u201cAs\u00ed como no hay arroz ni frijoles, en este pa\u00eds tampoco hay medicinas\u201d, dijo.<\/p>\n<p>En la mina ca\u00eda la noche, ese momento en que el mosquito Anopheles comienza a alimentarse. En la oscuridad se o\u00eda a los feligreses de una iglesia pentecost\u00e9s que hablaban como pose\u00eddos, y m\u00e1s all\u00e1 una ruidosa carpa roja y azul que promet\u00eda alcohol y cuerpos desnudos.<\/p>\n<p>Cinco hombres martillaban una veta de cuarzo bajo un toldo, la pulverizaban y filtraban para separarla del oro. Otros caminaban con el agua hasta los hombros en pozos llenos de metales pesados, como mercurio; met\u00edan tubos para bombear el lodo. P\u00e1jaros tropicales volaban a la distancia.<\/p>\n<p>La mina Cuatro Muertos. Cuando los mineros vuelven a sus hogares para recuperarse de la malaria, a menudo no consiguen las medicinas necesarias. Credit Meridith Kohut para The New York Times<\/p>\n<p>\u201c\u00bfDe verdad la malaria viene de los mineros?\u201d, pregunt\u00f3 An\u00edbal Flores, un minero de 28 a\u00f1os que dorm\u00eda en una hamaca colgada entre dos columnas, al lado de la mina. \u201cPero \u00bfa qu\u00e9 otro lugar podemos ir a buscar dinero? \u00bfA la ciudad? All\u00e1 no hay comida\u201d.<\/p>\n<p>Los venezolanos han tomado el asunto en sus propias manos. A cinco horas de distancia, en El Dique, los residentes recolectaron 100 bol\u00edvares casa por casa para contratar a un fumigador que fuera a rociar las calles.<\/p>\n<p>En la mina, donde muchas veces las pruebas de malaria no est\u00e1n disponibles, los mineros dicen que han desarrollado su propio examen: beber dos botellas de cerveza. Seg\u00fan esta prueba, si sienten un dolor agudo en el ri\u00f1\u00f3n, donde se alojan los par\u00e1sitos, el paciente tiene malaria. Las autoridades sanitarias dicen que eso no sirve.<\/p>\n<p>Sin embargo, Balocha, el t\u00e9cnico de computaci\u00f3n que trabaja en la mina Albino, est\u00e1 vivo gracias a esa prueba. Los mineros la llaman \u201cla prueba artesanal\u201d. Hace poco hab\u00eda enfermado de nuevo y ahora esperaba los medicamentos en una cl\u00ednica.<\/p>\n<p>Balocha recordaba las palabras de su t\u00edo, quien hace un a\u00f1o lo llam\u00f3 justo cuando su salario como t\u00e9cnico en computaci\u00f3n no val\u00eda nada en la ciudad de Valencia. \u201cAqu\u00ed hay plata\u201d, le dijo su t\u00edo, que estaba trabajando como minero. \u201cTienes que saber c\u00f3mo encontrarla\u201d.<\/p>\n<p>Balocha comenz\u00f3 como \u201cpalero\u201d, el trabajo de menor rango, en el que se dedicaba a romper piedras. Ya desde entonces, explica, ganaba m\u00e1s de lo que era su salario en la ciudad despu\u00e9s de que la inflaci\u00f3n lo disminuyera.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n recordaba la primera vez que tuvo malaria: \u201cLos escalofr\u00edos por todo el cuerpo como si estuvieras entre dos bloques de hielo\u201d.<\/p>\n<p>\u201cLa primera vez que contraje malaria fue la peor\u201d, dijo Balocha, parado frente al centro de salud donde las personas esperaban su tratamiento. \u201cNo puedes controlar los temblores. Sientes que te vas a morir. Te sientes como zombi\u201d.<\/p>\n<p>Sin embargo, dice bromeando, aqu\u00ed se har\u00e1 millonario. Cree que alg\u00fan d\u00eda se ir\u00e1 a Europa, lejos de las minas, la malaria y el Sindicato.<\/p>\n<p>Balocha mir\u00f3 al cielo y suspir\u00f3. \u201cEn la mina, la felicidad solo es temporal\u201d.<\/p>\n<p><strong>NICHOLAS CASEY<\/strong><\/p>\n<p><strong>Patricia Torres y Clavel Rangel colaboraron en este reportaje.<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Centenares de personas con s\u00edntomas de malaria llenan las salas de espera de una cl\u00ednica en Ciudad Guayana, en mayo. Credit Meridith Kohut para The New York Times <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MINA ALBINO, Venezuela \u2014 Cuando Reinaldo Balocha volvi\u00f3 a enfermarse de malaria por duod\u00e9cima vez, no descans\u00f3 para nada. A\u00fan con la fiebre sacudiendo su cuerpo, se ech\u00f3 el pico al hombro y regres\u00f3 a trabajar en la mina ilegal de oro donde pica piedras. 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